Examen calificado de Técnicas de Periodismo Escrito
Premisa:La Licenciada en Ciencias de la Comunicación xxxxxx xxxxxx xxxxxxxx invita a los alumnos de tercer ciclo a relatar de manera suelta su día Viernes 21 de octubre de 2010. Rescata un momento de tu día. El estilo es libre; el reto es hacerlo.
Aproximadamente a las cinco y media de la mañana el cielo empieza a aclarear, y las primeras quejas existenciales se erigen junto al nuevo día. Tengo la certeza de que el 70% de personas en la ciudad capital sienten algo muy parecido a lo que percibo yo. Sueltas y espontáneas nacen mis primeras palabras, las cuales crecen proporcionalmente al avance voraz del amanecer.
- Putamadre ¿ya amaneció?
*Hora - 6:25
- Media hora no le hace mal a nadie, especialmente a mí.
*Hora - 8:15
- Juro que uno de estos días me mato.
*Hora de levantarse: 8:23am.
*Hora de desayunar: Este inciso no ha sido registrado desde hace 2 meses (la última vez que vino mamá).
*Hora de salir de casa: 8:29 am.
*Hora de tomar el carro rumbo a la universidad: 8:30 am.
-¿No se supone que debo despertar mucho antes que la hora de salir a la calle? ¿Cómo rayos se supone que llegaré al paradero en tan solo un minuto, si queda aproximadamente a un kilómetro de mi hogar? La primera conclusión que hago todas las mañanas de mi vida es: me debo levantar un poco más temprano de hoy en adelante. Y no sé porqué la frase "de hoy en adelante" resume mis días a la perfección. Definitivamente, esto es mera casualidad.
*Hora de renegar por el tránsito: Este inciso ha sido percibido más de 40 veces en pocas horas, especificarlo en momentos precisos ocuparía mucho espacio.
*Hora de pagar pasaje: 9:10 (si tengo el tiempo a mi favor). Este es un momento particularmente doloroso en la vida de todo universitario de a pie que trabaja.
*Hora de entrar a clases: 9:28 (previa competencia contra-reloj frente a uno mismo, el reto es superar las marcas anteriores, y con ello ingresar a clases antes de que los vigilantes cierren con pizarrones gigantes el acceso a los salones de clase).
Increíble lo que se puede ver en el asiento de un microbús. Hoy observé dos jóvenes colegiales patear por turnos a un perro, lo cual no hubiera sido muy extraño si es que el perro no hubiera contrarestado el ataque con incomparable gallardía.
*Hora de escuchar cátedra: 9:30 - ??? Nunca se sabe cuándo los profesores andan de humor como para suprimir su cátedra. Por lo general suelen dar intervalos largos de descanso para aquellos que no andan en igualdad de condiciones intelectuales frente al resto de compañeros de clase, que tampoco son muy agraciados en dicho tema que digamos.
Todo ha marchado extrañamente bien. Como es costumbre mía he participado en clase y he prestado atención a las indicaciones dadas en su momento. Al final de la cátedra noté que me sería provechoso traer, la próxima vez, un cuaderno y lapiceros.
*Hora de comer: 11:00 (La comida de la cafetería de la facultad es insoportablemente mala. Mala, también, es la visión de mercado por parte de los encargados: aún no se percatan de que cinco soles no es el precio justo para tallarines fríos)
*Hora de Vida social :) : Permanente, inciso muy importante para un universitario feliz.
*Hora de volver a clases: 13:00
He caído en cuenta de que desde hace dos ciclos vengo profiriendo las mismas excusas, que mi itinerario no ha cambiado, y que la rutina es un peligro para el bienestar psicológico de cualquier persona. Si tuviera que rescatar algún momento de mi día sería ese que no especifiqué, en el cual voy al pupitre del profesor y le cuento qué es lo que hice el día anterior con mi enamorada. No es por vanagloriarme de hazañas sin sentido, pero no es mi culpa que los profesores de la universidad recuerden con cierta nostalgia y orgullo sus años de máxima gloria.
Roger Hernández - Sótano 03
La vulgaridad no siempre es graciosa.
Calificación: 04 (cuatro)
Puede ver los exámenes de aplazados en el muro de información de la Escuela profesional. Éxitos.
viernes, 22 de octubre de 2010
jueves, 21 de octubre de 2010
Si tuviera que elegir
Madre mía, las tres de la madrugada.
No andaré con hipocresías ni con aspavientos ilusos. Este soy yo, aquí estoy, solo espero el insoportable veredicto que dicta la memoria y la consciencia. Esta, muy queridos amigos míos, es una gota al cántaro, un país del mundo, un ápice de la inmensidad, un segundo de la vida, un todo del nada. Puse mis manos al fuego por esto y me quemé. No sé qué significa la tolerancia, tampoco lo quiero saber, nunca me importó. Estoy seguro que todo lo que he hecho ha resultado, no necesariamente como yo quería, pero ha tenido un principio y un fin, y me enorgullezco de eso. Pero hoy, en este momento y en este lugar, he descubierto que me equivoqué. Cuán difícil resulta admitirlo, cuán pesado resulta cargar duras penas y andar cabizbajo ante la adversidad. Estar sentado en la misma banca del parque en la cual pensé en ella incontables veces, en la cual tomé sus manos, nos juramos amor (aunque sea por el resto del día); estar hoy sentado en la misma banca en la cual me dijo que ya no quería nada más, no tiene precio: porque tengo la oportunidad de estar aquí cuantas veces me sea necesario, y porque las bancas del parque son gratuitas. No sobrellevé nuestra relación como debí. Verme derrotado en un territorio ampliamente conocido por mí es caer en cuenta que le despojé atención a quién más lo necesitaba y a quién más lo requería. Estoy triste por amor, quién lo diría, una noche más, una estrella más, una luna más; yo no me contento con haberla perdido. Pero resulté ser un derrotado que se despojó de mucho más que un primer amor: perdí la inocencia, el carisma, la mirada de niño. Me acostumbré a quedar hipnotizado: no estoy muerto, pero tampoco ando vivo.
Esta es una historia sin final, diría mamá.
¿Pero esto, acaso, no había terminado antes? Es cierto. Esto acabó hace mucho: se debilitó, enfermó, marchitó, hirió, perplejó, estancó y ensució. ¿Entonces qué estoy esperando yo? Que las circunstancias cambien a mi favor. Un gol en tiempo suplementario, un atardecer a las 3. Qué ridiculez, digna de análisis psicopático.
Pero soy humano, más que muchos. He tenido el gusto de amar a una mujer bellísima, que no me correspondió al principio y que luego cambió de parecer. No me puedo quejar, Dios: he sido feliz. Talvez temo que el tiempo se lleve los mejores recuerdos que tengo de ella y ella de mí, o que otro y otra reemplacen en su memoria, y la mía, lo que yo hicimos con tanto esfuerzo. Talvez nunca noté que cosas como las que vivimos no se pueden olvidar. Pernocté en sus sueños, di lo que no tuve por ella, puse mis manos al fuego y, reitero, me quemé. Pero qué bien me sienta haberme quemado por y de amor. Desdichados condenados al fracaso aquellos que declinan detalles tan bellos como una nueva oportunidad. Vamos.
Esta vez tengo perdón, pero no por mucho tiempo. Alargar, magullar y manipular algo que ya se consolidó como tal es un pecado que se paga con lágrimas. Si le doy diez minutos más a esta historia, que ya huele a perro muerto (sin exagerar), estaré condenado a la obsesión durante un buen tiempo, mil noches, cienmil estrellas más.
Entonces...
Viviré en su recuerdo: puedo ser un completo desconocido para el mundo, me da igual, pero si me dieran a elegir un refugio, quisiera su recuerdo. Me contentaré: por fin termino con esto. Me convenceré de que una cerveza helada es lo mismo que un whisky on the rocks: no me devolverán ni un segundo de su pelo. Dejaré de romper cosas cuando te recuerde (ahora lo sabes, madre, porque algunos aparatos andan dañados), sonreiré porque nos sienta mejor. Miraré a los ojos, dormiré de noche.
Hay tanto por hacer.
Y madre mía, el reloj se paró; tanto tiempo llevo en esto que el tiempo se cansó de esperar. Si tuviera que elegir, no cambiaría nada. Y yo que creía que no todos merecen una segunda oportunidad.
No andaré con hipocresías ni con aspavientos ilusos. Este soy yo, aquí estoy, solo espero el insoportable veredicto que dicta la memoria y la consciencia. Esta, muy queridos amigos míos, es una gota al cántaro, un país del mundo, un ápice de la inmensidad, un segundo de la vida, un todo del nada. Puse mis manos al fuego por esto y me quemé. No sé qué significa la tolerancia, tampoco lo quiero saber, nunca me importó. Estoy seguro que todo lo que he hecho ha resultado, no necesariamente como yo quería, pero ha tenido un principio y un fin, y me enorgullezco de eso. Pero hoy, en este momento y en este lugar, he descubierto que me equivoqué. Cuán difícil resulta admitirlo, cuán pesado resulta cargar duras penas y andar cabizbajo ante la adversidad. Estar sentado en la misma banca del parque en la cual pensé en ella incontables veces, en la cual tomé sus manos, nos juramos amor (aunque sea por el resto del día); estar hoy sentado en la misma banca en la cual me dijo que ya no quería nada más, no tiene precio: porque tengo la oportunidad de estar aquí cuantas veces me sea necesario, y porque las bancas del parque son gratuitas. No sobrellevé nuestra relación como debí. Verme derrotado en un territorio ampliamente conocido por mí es caer en cuenta que le despojé atención a quién más lo necesitaba y a quién más lo requería. Estoy triste por amor, quién lo diría, una noche más, una estrella más, una luna más; yo no me contento con haberla perdido. Pero resulté ser un derrotado que se despojó de mucho más que un primer amor: perdí la inocencia, el carisma, la mirada de niño. Me acostumbré a quedar hipnotizado: no estoy muerto, pero tampoco ando vivo.
Esta es una historia sin final, diría mamá.
¿Pero esto, acaso, no había terminado antes? Es cierto. Esto acabó hace mucho: se debilitó, enfermó, marchitó, hirió, perplejó, estancó y ensució. ¿Entonces qué estoy esperando yo? Que las circunstancias cambien a mi favor. Un gol en tiempo suplementario, un atardecer a las 3. Qué ridiculez, digna de análisis psicopático.
Pero soy humano, más que muchos. He tenido el gusto de amar a una mujer bellísima, que no me correspondió al principio y que luego cambió de parecer. No me puedo quejar, Dios: he sido feliz. Talvez temo que el tiempo se lleve los mejores recuerdos que tengo de ella y ella de mí, o que otro y otra reemplacen en su memoria, y la mía, lo que yo hicimos con tanto esfuerzo. Talvez nunca noté que cosas como las que vivimos no se pueden olvidar. Pernocté en sus sueños, di lo que no tuve por ella, puse mis manos al fuego y, reitero, me quemé. Pero qué bien me sienta haberme quemado por y de amor. Desdichados condenados al fracaso aquellos que declinan detalles tan bellos como una nueva oportunidad. Vamos.
Esta vez tengo perdón, pero no por mucho tiempo. Alargar, magullar y manipular algo que ya se consolidó como tal es un pecado que se paga con lágrimas. Si le doy diez minutos más a esta historia, que ya huele a perro muerto (sin exagerar), estaré condenado a la obsesión durante un buen tiempo, mil noches, cienmil estrellas más.
Entonces...
Viviré en su recuerdo: puedo ser un completo desconocido para el mundo, me da igual, pero si me dieran a elegir un refugio, quisiera su recuerdo. Me contentaré: por fin termino con esto. Me convenceré de que una cerveza helada es lo mismo que un whisky on the rocks: no me devolverán ni un segundo de su pelo. Dejaré de romper cosas cuando te recuerde (ahora lo sabes, madre, porque algunos aparatos andan dañados), sonreiré porque nos sienta mejor. Miraré a los ojos, dormiré de noche.
Hay tanto por hacer.
Y madre mía, el reloj se paró; tanto tiempo llevo en esto que el tiempo se cansó de esperar. Si tuviera que elegir, no cambiaría nada. Y yo que creía que no todos merecen una segunda oportunidad.
sábado, 31 de julio de 2010
Pseudo filosofía contemporánea
Si el humano notara que acostumbra actuar por instinto y azar, descubriría que la mezcla de su razocinio y naturaleza le otorgan ese halo indescriptibe, que sin lugar a dudas pertenece a aquellas condiciones mortales que hacen de la vida un deleite único en su especie.
-Déjame salir más tarde, quiero vivir.
El tiempo transcurre dejando rezagos no siempre agradables, pero para hablar de tal nos vemos exigidos de aportar mucho sentido común y tacto. Hay veces en las cuales nos encontramos implícitos en situaciones poco frecuentes; idealizamos instantes eternos de catarsis o emoción, que por momentáneos que suelen ser, acostumbran dejar huellas en el baúl del pasado. Existen, también, días nefastos en los cuales vemos interpuesto ese "no sé qué" que apretuja nuestro temperamento y estado emocional. Aún me impresiona la rapidez con la cual una persona puede cambiar de estado de ánimo. Somos seres tan complejos y llenos de "engranajes" que vemos dificultada nuestro funcionamiento al "cien por cien", como diría un análisis de rendimiento.
- Déjame en paz, no quiero hablar, no sé qué me pasa.
Y con respecto al hombre y el tiempo se hallan las relaciones interpersonales inherentes a su personalidad.
- Me llegas al pincho.
Y por último, los vicios sociales.
- Quiero chupar.
Y para concluir, suicidios diarios.
- Ya fue, mañana será.
Achaques diarios y contemporáneos. Hallarlos, analizarlos y hacerles frente nos denotará estar un paso adelante ante el reinante relativismo empírico diario.
-Déjame salir más tarde, quiero vivir.
El tiempo transcurre dejando rezagos no siempre agradables, pero para hablar de tal nos vemos exigidos de aportar mucho sentido común y tacto. Hay veces en las cuales nos encontramos implícitos en situaciones poco frecuentes; idealizamos instantes eternos de catarsis o emoción, que por momentáneos que suelen ser, acostumbran dejar huellas en el baúl del pasado. Existen, también, días nefastos en los cuales vemos interpuesto ese "no sé qué" que apretuja nuestro temperamento y estado emocional. Aún me impresiona la rapidez con la cual una persona puede cambiar de estado de ánimo. Somos seres tan complejos y llenos de "engranajes" que vemos dificultada nuestro funcionamiento al "cien por cien", como diría un análisis de rendimiento.
- Déjame en paz, no quiero hablar, no sé qué me pasa.
Y con respecto al hombre y el tiempo se hallan las relaciones interpersonales inherentes a su personalidad.
- Me llegas al pincho.
Y por último, los vicios sociales.
- Quiero chupar.
Y para concluir, suicidios diarios.
- Ya fue, mañana será.
Achaques diarios y contemporáneos. Hallarlos, analizarlos y hacerles frente nos denotará estar un paso adelante ante el reinante relativismo empírico diario.
lunes, 5 de julio de 2010
Como tú, como yo.
Miradas. Días enteros, tardes completas que sin rumores o presentimientos permiten que el sol figure, delicado, tibiamente terso en el ocaso que muere, son como latidos débiles de un niño, como perder un mundial por penales, como la hambuerguesa, como el dolor, como tú.
Dormido, sin preocupaciones y sin apesumbramientos levanto los párpados, siento que ha trascurrudo mucho tiempo; son las cuatro de la tarde y sigo entre sábanas. Buscar y retroceder, notar en qué punto fue donde perdí los papeles es inútil. Creí que eran bromas, patrañas, locos los que decían que de nada vale la marcha hacia atrás. Acostado y ya despierto, necesito una brújula, me he extraviado entre la colcha y el edredón. Mis manos toscas carecen de la fuerza necesaria para deshacerme del enredo. Es grande el hambre, muy largo mi tedio y nula mi sonrisa.
Un halo de luz se filtra entre las cortinas. Cuando pensé que no volvería a ver el sol durante no sé cuánto tiempo más, aparece sin rumor. Será que las cosas bonitas de la vida aparecen sin necesidad de invitación. Me levanto. Sin saber qué hacer, tomo con avidez como por instinto, las zapatillas para correr, ¿Hasta dónde ire? Hasta donde me lleven mis pies. El polo manga corta, las medias gruesas, el capri, las mismas zapatillas, cabeza en su lugar, brazos duros, piernas listas, bajo las escaleras lo antes posible, quiero ir hasta la playa y comprobar que el sol sí salió.
Correr es maravilloso. Todo el que puede hacerlo y no lo hace, no sabe lo que se pierde. La gente me mira mientras tomo algo de velocidad, subo una vereda, casi choco con un poste, me detengo porque un grupo de perros me ha comenzado a seguir. Calle para arriba las casas nuevas, mucha gente en un gimnasio, tiendas de abarrotes, buses de transporte público, taxis, bicicletas, el colegio, nada extraño ni excesivo porque el barrio donde vivo es sumamente tranquilo. Llegar hasta la playa no es muy complicado, son tan solo dos kilómetros, un poco de barro, y una brisa más húmeda a medida que avanzas. El rostro de la gente tiene diversos tamaños, colores, gestos, formas de expresión. De pronto, llego a la avenida larga que me llevará hasta mi destino. Logro divisar a unos pocos corredores que de la misma forma que yo, han encontrado consuelo a sus días tristes en correr hasta la playa; o tal vez ya tenían la costumbre de salir hacia allí. La competencia, las ganas de ser mejor y superior me invaden, quiero rebasar a todos los corredores cercanos; incremento la velocidad mientras ellos se impresionan silenciosamente de mi ímpetu. Siempre con la nariz apuntando diagonalmente hacia el cielo, ese cielo infinito e imponente, acelero mucho más. Voy rápido, miro hacia el frente y por más amplia que sea la avenida, rozo con personas que llegan en sentido contrario. No concibo que vayan contrarios a donde se esconde y despide el sol. La calle empieza a tornarse sinuosa, la brisa marina ha hecho que la cubierta de las veredas no soporten el poder del tiempo. Calle rota. Sigo rebasando corredores escasos, río para mí mismo en el preciso momento en el que siento que mi pie derecho resbala, mi pierna izquierda se dobla, mi rodilla grita, y el cuerpo cae sin suspiros; así como cuando me creí el más afortunado del mundo, no siempre tengo la razón. La hilaridad del deceso no se hizo esperar, corredores sonrientes pasaron por mi lado tanto de ida y de vuelta y ninguno me ayudó. Tal vez necesite poner la cabeza en el congelador.
Ya es tarde. Continúo con mi marcha y el pecho no resiste, la garganta mucho peor. Un espectáculo triste, el sol estaba cubierto por nubes y nunca supe si es que realmente salió por completo. La playa vociferaba ininteligiblemente, el viento replicaba los achaques, duro es el tiempo y más aún la desesperación. Cuando pienso dar media vuelta, el horizonte me llama. Seguir hacia el frente y llegar hasta la orilla de la playa corriendo no tan enérgicamente como la última vez que me despedí, pero la situación ameritaba tal circunstancia; empiezo a trotar pues tan acostumbrado estoy a agilizar las situaciones, que ya olvidé lo qué significa olvidar. La arena gruesa mojada juguetea con la goma de mi zapatilla, se hunde el pie entero y la mirada sincera y extrañada de los vecinos no se ocultan bajo caretas; así soy (pienso), en el preciso momento en el cual suelto una carcajada al sentir que mi pie es tragado por la incalculable cantidad de granito. Río porque recuerdo algo que nunca pasó. Es maravilloso cerrar los ojos e inventar alegrías de donde solo se podría exigir explicación. Los que llegan hasta lo más alto saben que es sabio reconocer dónde dejaron huellas, cuáles son, qué tan arraigadas han quedado sobre la tierra, y qué tan identificado con ese lugar está su corazón. Tal vez no he llegado lejos, pero me gusta mirar este ocaso sin aspavientos; olas, aves, viento, color. De pronto, como por sorpresa, una pequeña explosión me moja el rostro. A caminar. Resignado a volver igual a como vine, el frío me empuja a regresar, y cuando ya perdía de vista la bahía y su olor, el ambiente se calienta. El sol ha hallado un pequeño rincón justo cuando besa la mar. ¿Cómo estás?.
¿Por qué los golpes?. Días enteros, tardes completas que sin rumores o presentimientos permiten que el sol me salude, feliz, tibiamente duro en el ocaso que me hace renovar compromisos, son como latidos débiles de un niño, son como las hormonas efervecentes de un adolescente, como el abrazo tierno de un padre a un hijo, como las graciosas canas de un anciano y como el recuerdo nostálgico del que se fue. Echado en la cama me acaloraba, pasaban las horas y no llegaba a ningún lugar; parado mirando al sol despedirse me enfrío, pero me hace sentirme humano, pues golpes, son como amistades, como goles a los noventa y tres, como pasteles, como catarsis, como tú, como yo.
Dormido, sin preocupaciones y sin apesumbramientos levanto los párpados, siento que ha trascurrudo mucho tiempo; son las cuatro de la tarde y sigo entre sábanas. Buscar y retroceder, notar en qué punto fue donde perdí los papeles es inútil. Creí que eran bromas, patrañas, locos los que decían que de nada vale la marcha hacia atrás. Acostado y ya despierto, necesito una brújula, me he extraviado entre la colcha y el edredón. Mis manos toscas carecen de la fuerza necesaria para deshacerme del enredo. Es grande el hambre, muy largo mi tedio y nula mi sonrisa.
Un halo de luz se filtra entre las cortinas. Cuando pensé que no volvería a ver el sol durante no sé cuánto tiempo más, aparece sin rumor. Será que las cosas bonitas de la vida aparecen sin necesidad de invitación. Me levanto. Sin saber qué hacer, tomo con avidez como por instinto, las zapatillas para correr, ¿Hasta dónde ire? Hasta donde me lleven mis pies. El polo manga corta, las medias gruesas, el capri, las mismas zapatillas, cabeza en su lugar, brazos duros, piernas listas, bajo las escaleras lo antes posible, quiero ir hasta la playa y comprobar que el sol sí salió.
Correr es maravilloso. Todo el que puede hacerlo y no lo hace, no sabe lo que se pierde. La gente me mira mientras tomo algo de velocidad, subo una vereda, casi choco con un poste, me detengo porque un grupo de perros me ha comenzado a seguir. Calle para arriba las casas nuevas, mucha gente en un gimnasio, tiendas de abarrotes, buses de transporte público, taxis, bicicletas, el colegio, nada extraño ni excesivo porque el barrio donde vivo es sumamente tranquilo. Llegar hasta la playa no es muy complicado, son tan solo dos kilómetros, un poco de barro, y una brisa más húmeda a medida que avanzas. El rostro de la gente tiene diversos tamaños, colores, gestos, formas de expresión. De pronto, llego a la avenida larga que me llevará hasta mi destino. Logro divisar a unos pocos corredores que de la misma forma que yo, han encontrado consuelo a sus días tristes en correr hasta la playa; o tal vez ya tenían la costumbre de salir hacia allí. La competencia, las ganas de ser mejor y superior me invaden, quiero rebasar a todos los corredores cercanos; incremento la velocidad mientras ellos se impresionan silenciosamente de mi ímpetu. Siempre con la nariz apuntando diagonalmente hacia el cielo, ese cielo infinito e imponente, acelero mucho más. Voy rápido, miro hacia el frente y por más amplia que sea la avenida, rozo con personas que llegan en sentido contrario. No concibo que vayan contrarios a donde se esconde y despide el sol. La calle empieza a tornarse sinuosa, la brisa marina ha hecho que la cubierta de las veredas no soporten el poder del tiempo. Calle rota. Sigo rebasando corredores escasos, río para mí mismo en el preciso momento en el que siento que mi pie derecho resbala, mi pierna izquierda se dobla, mi rodilla grita, y el cuerpo cae sin suspiros; así como cuando me creí el más afortunado del mundo, no siempre tengo la razón. La hilaridad del deceso no se hizo esperar, corredores sonrientes pasaron por mi lado tanto de ida y de vuelta y ninguno me ayudó. Tal vez necesite poner la cabeza en el congelador.
Ya es tarde. Continúo con mi marcha y el pecho no resiste, la garganta mucho peor. Un espectáculo triste, el sol estaba cubierto por nubes y nunca supe si es que realmente salió por completo. La playa vociferaba ininteligiblemente, el viento replicaba los achaques, duro es el tiempo y más aún la desesperación. Cuando pienso dar media vuelta, el horizonte me llama. Seguir hacia el frente y llegar hasta la orilla de la playa corriendo no tan enérgicamente como la última vez que me despedí, pero la situación ameritaba tal circunstancia; empiezo a trotar pues tan acostumbrado estoy a agilizar las situaciones, que ya olvidé lo qué significa olvidar. La arena gruesa mojada juguetea con la goma de mi zapatilla, se hunde el pie entero y la mirada sincera y extrañada de los vecinos no se ocultan bajo caretas; así soy (pienso), en el preciso momento en el cual suelto una carcajada al sentir que mi pie es tragado por la incalculable cantidad de granito. Río porque recuerdo algo que nunca pasó. Es maravilloso cerrar los ojos e inventar alegrías de donde solo se podría exigir explicación. Los que llegan hasta lo más alto saben que es sabio reconocer dónde dejaron huellas, cuáles son, qué tan arraigadas han quedado sobre la tierra, y qué tan identificado con ese lugar está su corazón. Tal vez no he llegado lejos, pero me gusta mirar este ocaso sin aspavientos; olas, aves, viento, color. De pronto, como por sorpresa, una pequeña explosión me moja el rostro. A caminar. Resignado a volver igual a como vine, el frío me empuja a regresar, y cuando ya perdía de vista la bahía y su olor, el ambiente se calienta. El sol ha hallado un pequeño rincón justo cuando besa la mar. ¿Cómo estás?.
¿Por qué los golpes?. Días enteros, tardes completas que sin rumores o presentimientos permiten que el sol me salude, feliz, tibiamente duro en el ocaso que me hace renovar compromisos, son como latidos débiles de un niño, son como las hormonas efervecentes de un adolescente, como el abrazo tierno de un padre a un hijo, como las graciosas canas de un anciano y como el recuerdo nostálgico del que se fue. Echado en la cama me acaloraba, pasaban las horas y no llegaba a ningún lugar; parado mirando al sol despedirse me enfrío, pero me hace sentirme humano, pues golpes, son como amistades, como goles a los noventa y tres, como pasteles, como catarsis, como tú, como yo.
sábado, 19 de junio de 2010
Víctima 1
Las sábanas saben de rumores, delatan sueños, pasión, esperanza; te dan resguardo cuando más decaído y solo te puedes encuentrar, y en el epílogo, al final de los días fatídicos y del olvido de Dios, los párpados cerrados y la cabeza en cualquier parte, todo bien porque ha llegado la tranquilidad que nos hizo tanta falta.
Me encuentro parado, algo nervioso y muy cansado, todo esto al frente de la puerta de la facultad. La gente entra, algunos son más rápidos que otros y muestran sus carnés de identidad a los vigilantes que resguardan el ingreso, unos tantos con sonrisas despreocupadas, los demás fingen gestos inexpresivos, parece no importarles lo que pasa alrededor; y yo, a diferencia de ellos, estoy estático a pocos metros del víaducto principal con la mirada perdida y los bolsillos vacíos. Me robaron y no sé cómo.
Cielo gris, un pájaro tieso justo en el medio del jardín derecho, muchachos riendo, otros preocupados, todos abrigados mirando con algo de compasión al inafortunado plumífero plateado. Siento frío, tengo las manos asperas, los ojos tristes mientras le explico al guardia que no tengo documentos que mostrar. Me insisten en ir al edificio administrativo, que al menos, esta tarde él no me permitirá pasar. Sin suerte, cruzo la pista sin mirar a los carros, el semáforo, o la gente que pasa cerca de mí.
Ya adentro de tal recinto más vigilantes de rostros apáticos, más profesores y anfitrionas, atención al universitario; un numeroso grupo de chicas ríe en las inmediaciones de la cafetería mientras yo avanzo con avidez, subo las escaleras metálicas color granate que están en el lado izquierdo del edificio; en el patio central se encuentran un grupo de muchachos requiriendo sus boletas de pago -No se las podemos entregar - Yo no quiero imprimir mis recibos vía internet - No tienen otra alternativa. En resgistros académicos pregunto por la señora Robles, la persona que suele dar información en casos confusos como este. Voy hacia su oficina -¿Qué desea?- Perdí mis documentos y no sé cómo- Cómo no va a saber, ya no está en el colegio, señor- Es que estaba viniendo en mi bus y de pronto cuando palpé mi bolsillo ya no tenía mis carnés de ingreso- Le daré un pase, dícteme su código- 2009216878- Tome, válido por hoy- Muchas gracias, se lo debo infinitamente- Tiene que ver cómo duplicar esos papeles, señor...Hernández.
Un halo turbio, recorro el largo y ancho de la esplendorosa muralla de cemento que es mi facultad, las fuerzas centrifugadas y los pies adoloridos, chicas cantando una canción en inglés sentadas en una de seis bancas del primer pabellón, la biblioteca por allí, yo sigo de frente, por donde vine me iré, las máquinas dispensadoras de café y de gaseosa, todo y absolutamente todo al aire libre ya que las aulas se encuentran finalizando este recorrido. En el patio central hay un sinfín de personas, estudiantes intercambiando separatas, se puede notar un gran incremento de la población común de fumadores. A la izquierda se encuentra un grupo de muchachos de uno de mis ex salones, cada uno de ellos me mira con indiferencia y describen el ademán de no haberme notado. No importa.
Perfecto, como si fuera poco, suena el timbre de entrada justo antes de que ingrese a los salones de clase, corro, corro por esos pasillos amenos, la gente sonríe y encuentra gracia en mi desesperación, les agrada el hecho de que me quede sin recibir la cátedra diaria lo cual puede que resulte satisfactorio para mí también. Ingreso. Las aulas grandes, similares, llenas unas y vacías otras. Está por cerrarse la de mi salón, vuelvo a correr con el corazón en la mano, en la puerta del horno se quema el pan pero mi pie impide que se consume el refrán, ojos contra ojos, el profesor y yo, se hace a un lado, ingreso al salón.
Me encuentro parado, algo nervioso y muy cansado, todo esto al frente de la puerta de la facultad. La gente entra, algunos son más rápidos que otros y muestran sus carnés de identidad a los vigilantes que resguardan el ingreso, unos tantos con sonrisas despreocupadas, los demás fingen gestos inexpresivos, parece no importarles lo que pasa alrededor; y yo, a diferencia de ellos, estoy estático a pocos metros del víaducto principal con la mirada perdida y los bolsillos vacíos. Me robaron y no sé cómo.
Cielo gris, un pájaro tieso justo en el medio del jardín derecho, muchachos riendo, otros preocupados, todos abrigados mirando con algo de compasión al inafortunado plumífero plateado. Siento frío, tengo las manos asperas, los ojos tristes mientras le explico al guardia que no tengo documentos que mostrar. Me insisten en ir al edificio administrativo, que al menos, esta tarde él no me permitirá pasar. Sin suerte, cruzo la pista sin mirar a los carros, el semáforo, o la gente que pasa cerca de mí.
Ya adentro de tal recinto más vigilantes de rostros apáticos, más profesores y anfitrionas, atención al universitario; un numeroso grupo de chicas ríe en las inmediaciones de la cafetería mientras yo avanzo con avidez, subo las escaleras metálicas color granate que están en el lado izquierdo del edificio; en el patio central se encuentran un grupo de muchachos requiriendo sus boletas de pago -No se las podemos entregar - Yo no quiero imprimir mis recibos vía internet - No tienen otra alternativa. En resgistros académicos pregunto por la señora Robles, la persona que suele dar información en casos confusos como este. Voy hacia su oficina -¿Qué desea?- Perdí mis documentos y no sé cómo- Cómo no va a saber, ya no está en el colegio, señor- Es que estaba viniendo en mi bus y de pronto cuando palpé mi bolsillo ya no tenía mis carnés de ingreso- Le daré un pase, dícteme su código- 2009216878- Tome, válido por hoy- Muchas gracias, se lo debo infinitamente- Tiene que ver cómo duplicar esos papeles, señor...Hernández.
Un halo turbio, recorro el largo y ancho de la esplendorosa muralla de cemento que es mi facultad, las fuerzas centrifugadas y los pies adoloridos, chicas cantando una canción en inglés sentadas en una de seis bancas del primer pabellón, la biblioteca por allí, yo sigo de frente, por donde vine me iré, las máquinas dispensadoras de café y de gaseosa, todo y absolutamente todo al aire libre ya que las aulas se encuentran finalizando este recorrido. En el patio central hay un sinfín de personas, estudiantes intercambiando separatas, se puede notar un gran incremento de la población común de fumadores. A la izquierda se encuentra un grupo de muchachos de uno de mis ex salones, cada uno de ellos me mira con indiferencia y describen el ademán de no haberme notado. No importa.
Perfecto, como si fuera poco, suena el timbre de entrada justo antes de que ingrese a los salones de clase, corro, corro por esos pasillos amenos, la gente sonríe y encuentra gracia en mi desesperación, les agrada el hecho de que me quede sin recibir la cátedra diaria lo cual puede que resulte satisfactorio para mí también. Ingreso. Las aulas grandes, similares, llenas unas y vacías otras. Está por cerrarse la de mi salón, vuelvo a correr con el corazón en la mano, en la puerta del horno se quema el pan pero mi pie impide que se consume el refrán, ojos contra ojos, el profesor y yo, se hace a un lado, ingreso al salón.
sábado, 5 de junio de 2010
Dícese del furibundo (Conversaciones contigo 2)
A rastras o por voluntad; si te ensusiaste deliberadamente la ropa de etiqueta lavando trastes justo antes de salir al exterior: aún puedes limpiar el traje, tal vez cambiar de ropa e intentar sonreir. Si es que olvidaste en casa algún objeto importante del cual dependías: aún puedes volver, tal vez irte resignado e intentar sonreir. Si es que el cielo anda nublado y se le nota tan tétrica como la impaciente noche, ¿no puedes hacer nada?.
He allí una constante: quedarnos impotentes de la furia porque el día de hoy todo ha resultado mal y no como yo lo planeé, como yo quise que fueran las cosas, como debería todo ser. Pues no, después de una vida de caprichos, reto y refuto la posición del que cree que las cosas deberían únicamente ser como ellos piensan, pues si surge un imprevisto: ¿A quién culparán? ¿A quién?
Tales simples palabras conforman el idealismo de aquel que puede andar tranquilo, ¿y cuándo todo el universo se oponga a ti , o cuando todo salga tan mal, inmejorable, terrible? ¿Qué harás, optimista? ¿Una sonrisa? Pues respondo: sí, sonreir.
¿Y si muriera mi madre y mi hermano en un accidente, y si fuera por culpa de un borracho en su coche que teniendo responsabilidades magnánimas en tal hecho, se da a la fuga, también sonreiré? Pues no, he aquí el punto de quiebre del humano. En primer lugar, exponer ese caso es poco audaz suponiendo que rebalsa cualquier magnitud emotiva en cualquier humano que se considere en sus parámetros, sería un poco extraño querer hallar en la sonrisa las soluciones a los problemas, es aquí efectivamente donde lograremos apreciar el poder de controlar una situación, resulta casi imposible minimizar el dolor en situaciones como esta, la única persona capaz de lograr controlar tales casos e hipótesis como esta es uno mismo. Todo objetivo cumplido tendrá cierto grado de valor, suponiendo desde dónde vino y cuánto esfuerzo se implicó en llegar a la meta. ¿Qué poderes puedo tener yo, tal vez mi único poder sea crear problemas con una facilidad infinita? No lo sé, pensar obsesivamente en negativo denota también cierto aliciente de inmadurez e inestabilidad; no pido que andemos cruzando solo frases optimistas por nuestra mente, pero pensar negativamente, que todo saldrá bien, que vivimos un infierno, debería darnos fuerzas para afrontar las sitaciones antes mencionadas.
¿Qué, no jodas, osea todo está en mí? Pues sí.
(Mi "yo" abandonó la conversación, previamente habiendo descargado una serie de improperios, nada más y nada menos contra mí mismo)
Aún así escribiré. La calma y la confianza pueden ser aliados siempre y cuando trabajen en conjunto. La sonrisa de la cual hablé no es ese gesto mecánico con el cual expresamos conformidad, no es esa mueca recíproca cuando queremos agradar a alguien, para mí, es ese gesto divino de la persona que desea demostrarse cuan alto puede llegar. Es ese afán innato de coraje que solo los más humildes y sencillos pueden realizar. Es ese asesino de los hipócritas, es la biblia del optimista y la luz del liberador. Una sonrisa dice más que "una imagen" y mil palabras.Y es por eso que pienso, aunque con remotas posibilidades, que cuando el cielo ande nublado aún puede haber gente que haciendo un esfuerzo poniendo de sí, quiera alcanzar, ver a través del techo plomo y lograr admirar lo radiante del sol.
Gracias má, gracias pá.
He allí una constante: quedarnos impotentes de la furia porque el día de hoy todo ha resultado mal y no como yo lo planeé, como yo quise que fueran las cosas, como debería todo ser. Pues no, después de una vida de caprichos, reto y refuto la posición del que cree que las cosas deberían únicamente ser como ellos piensan, pues si surge un imprevisto: ¿A quién culparán? ¿A quién?
Tales simples palabras conforman el idealismo de aquel que puede andar tranquilo, ¿y cuándo todo el universo se oponga a ti , o cuando todo salga tan mal, inmejorable, terrible? ¿Qué harás, optimista? ¿Una sonrisa? Pues respondo: sí, sonreir.
¿Y si muriera mi madre y mi hermano en un accidente, y si fuera por culpa de un borracho en su coche que teniendo responsabilidades magnánimas en tal hecho, se da a la fuga, también sonreiré? Pues no, he aquí el punto de quiebre del humano. En primer lugar, exponer ese caso es poco audaz suponiendo que rebalsa cualquier magnitud emotiva en cualquier humano que se considere en sus parámetros, sería un poco extraño querer hallar en la sonrisa las soluciones a los problemas, es aquí efectivamente donde lograremos apreciar el poder de controlar una situación, resulta casi imposible minimizar el dolor en situaciones como esta, la única persona capaz de lograr controlar tales casos e hipótesis como esta es uno mismo. Todo objetivo cumplido tendrá cierto grado de valor, suponiendo desde dónde vino y cuánto esfuerzo se implicó en llegar a la meta. ¿Qué poderes puedo tener yo, tal vez mi único poder sea crear problemas con una facilidad infinita? No lo sé, pensar obsesivamente en negativo denota también cierto aliciente de inmadurez e inestabilidad; no pido que andemos cruzando solo frases optimistas por nuestra mente, pero pensar negativamente, que todo saldrá bien, que vivimos un infierno, debería darnos fuerzas para afrontar las sitaciones antes mencionadas.
¿Qué, no jodas, osea todo está en mí? Pues sí.
(Mi "yo" abandonó la conversación, previamente habiendo descargado una serie de improperios, nada más y nada menos contra mí mismo)
Aún así escribiré. La calma y la confianza pueden ser aliados siempre y cuando trabajen en conjunto. La sonrisa de la cual hablé no es ese gesto mecánico con el cual expresamos conformidad, no es esa mueca recíproca cuando queremos agradar a alguien, para mí, es ese gesto divino de la persona que desea demostrarse cuan alto puede llegar. Es ese afán innato de coraje que solo los más humildes y sencillos pueden realizar. Es ese asesino de los hipócritas, es la biblia del optimista y la luz del liberador. Una sonrisa dice más que "una imagen" y mil palabras.Y es por eso que pienso, aunque con remotas posibilidades, que cuando el cielo ande nublado aún puede haber gente que haciendo un esfuerzo poniendo de sí, quiera alcanzar, ver a través del techo plomo y lograr admirar lo radiante del sol.
Gracias má, gracias pá.
Conversaciones contigo
¿Te nacen ganas de hablar contigo mismo? ¿Resulta inevitable hablar obsesivamente sobre un mismo tema, pero el receptor eres tú mismo? Responde, como dije, tú mismo te estás cuestionando, responde.
Este será mi pequeño itinerario de pensamientos míos y que desearía debatir, Conversaciones contigo.
He logrado llegar a la condicional de que la interacción con nuestro yo es de trascendal importancia cuando de hacer cosas se trata. Planear actos, una estrategia en juego, todo debe ser consensuado. En la universidad, afirman que según la escuela Psicológica de la Comunicación poseemos tres fuentes locales de influencia directa: la cabeza, pensamientos voluntarios y racionales; el corazón, centro y fuente de la emotividad; las vísceras, apenino imprescindible de los deseos íntimos y de las necesidades más inherentes a nuestro yo. Entonces, como diría mi propio yo ¿Y a mi qué chu? En realidad no. Sí me debería importar.
La adolescencia es una etapa de cambios incontrolables. Además de ser el fraccionamiento de la vida por el cual estoy transcurriendo. No me parece fatídico como la tildan, además, creo saber que en este corto periodo eligiré qué seré para siempre. Así que cuestionamos nuestras decisiones, pero poco a poco no nos arriesgasmos al elegir. La preocupación por el futuro es tan poderosa que es como una carga insostenible. Tanto es el miedo a afrontar situaciones que muchas veces preferimos la inhibición. Este es el punto al que quiero llegar. Confiamos demasiado en la interacción que podemos tener con nosotros mismos, que incluso hay veces en las cuales llegamos a pensar que con nosotros sobra y basta, pensamos ser autosuficientes, y dejamos de intentar socializar. Socializar es un proceso constante y al cual se le tiene que tener consideración, podría asemejarse a algo que nos guste, siempre sin abandonarlo pero sin abusar de él. Socializar es un punto clave en la vida de cada adolescente y/o humano ya que según este rubro formará muchas perspectivas personales, además de tener en cuenta de su rol en la sociedad.
¿Y entonces, por qué te alejas? Hay veces en las cuales resulta extremadamente complicado entablar lazos con el entorno. Personas hostiles, barreras altas, grupos muy cerrados, poca confianza, y dicho sea de paso la universidad parece un jungla.
¿Por qué entonces no saldrás hoy? Porque mamá está enojada.
¿Por qué entonces no rompes los candados y te lanzas a la piscina? Porque hay posibilidades de que la piscina no tenga agua.
¿Entonces te quedarás callado para siempre? El proceso requiere de interés ¿cierto? Lo que se debe hacer, y lo digo pensando únicamente en mi caso, es no perder de vista las relaciones con la gente con la cual tienes amistad. Es inevitable muchas veces, pero la familia y los amigos pueden significar de mucho apoyo cuando hace falta una sonrisa ajena.
¿Entonces hablarás? No solo hablaré, seré más atento con todos los aspectos que conciernan la comunicación interpersonal. Jamás se puede saber hasta cuando es necesario la importancia de lazos y relaciones, señores, lazos y relaciones.
Amigos
Este será mi pequeño itinerario de pensamientos míos y que desearía debatir, Conversaciones contigo.
He logrado llegar a la condicional de que la interacción con nuestro yo es de trascendal importancia cuando de hacer cosas se trata. Planear actos, una estrategia en juego, todo debe ser consensuado. En la universidad, afirman que según la escuela Psicológica de la Comunicación poseemos tres fuentes locales de influencia directa: la cabeza, pensamientos voluntarios y racionales; el corazón, centro y fuente de la emotividad; las vísceras, apenino imprescindible de los deseos íntimos y de las necesidades más inherentes a nuestro yo. Entonces, como diría mi propio yo ¿Y a mi qué chu? En realidad no. Sí me debería importar.
La adolescencia es una etapa de cambios incontrolables. Además de ser el fraccionamiento de la vida por el cual estoy transcurriendo. No me parece fatídico como la tildan, además, creo saber que en este corto periodo eligiré qué seré para siempre. Así que cuestionamos nuestras decisiones, pero poco a poco no nos arriesgasmos al elegir. La preocupación por el futuro es tan poderosa que es como una carga insostenible. Tanto es el miedo a afrontar situaciones que muchas veces preferimos la inhibición. Este es el punto al que quiero llegar. Confiamos demasiado en la interacción que podemos tener con nosotros mismos, que incluso hay veces en las cuales llegamos a pensar que con nosotros sobra y basta, pensamos ser autosuficientes, y dejamos de intentar socializar. Socializar es un proceso constante y al cual se le tiene que tener consideración, podría asemejarse a algo que nos guste, siempre sin abandonarlo pero sin abusar de él. Socializar es un punto clave en la vida de cada adolescente y/o humano ya que según este rubro formará muchas perspectivas personales, además de tener en cuenta de su rol en la sociedad.
¿Y entonces, por qué te alejas? Hay veces en las cuales resulta extremadamente complicado entablar lazos con el entorno. Personas hostiles, barreras altas, grupos muy cerrados, poca confianza, y dicho sea de paso la universidad parece un jungla.
¿Por qué entonces no saldrás hoy? Porque mamá está enojada.
¿Por qué entonces no rompes los candados y te lanzas a la piscina? Porque hay posibilidades de que la piscina no tenga agua.
¿Entonces te quedarás callado para siempre? El proceso requiere de interés ¿cierto? Lo que se debe hacer, y lo digo pensando únicamente en mi caso, es no perder de vista las relaciones con la gente con la cual tienes amistad. Es inevitable muchas veces, pero la familia y los amigos pueden significar de mucho apoyo cuando hace falta una sonrisa ajena.
¿Entonces hablarás? No solo hablaré, seré más atento con todos los aspectos que conciernan la comunicación interpersonal. Jamás se puede saber hasta cuando es necesario la importancia de lazos y relaciones, señores, lazos y relaciones.
Amigos
viernes, 21 de mayo de 2010
El rostro de su alma
Sé quien eres y cual es tu misión. Digan lo que digan, me sumo a tu dolor.
En qué momento ocurrió, no lo sé. Tan solo nací y por susurros oscuros sin rostro supe de él. Lo admiré desde pequeño y deposité cada gota roja de admiración en sus bruces. Admito haberlo seguido como tantos otros, pero de a pocos lo abandonaron y he quedado solitario esperando verlo algún día en su lugar correspondido. Es tal vez su sacrificio de mesías inquebrantable, el de luz en las tienieblas, el de mártir luchador, lo que a mí como a muchos nos impresionó. Y reitero con nostalgia, en qué momento ocurrió. Porque un mal día, el cual desconozco y no concebí, lo capturaron entre tantos y no volví a saber de él; lo alejaron de mí, y hoy clamo a voz en cuello y sin temor su restitución. Pues hoy, tanto sus pocos fieles como yo evocamos su presencia lejana y no olvidamos que carga en su lomo las injusticias del terror, porque sus lágrimas secas aún persisten en su rostro gallardo; sus pies descalzos avanzan por monotonía, pero hay rumor de obligación. Sus ojos tristes han presenciado las más terribles barbaridades, muertes, y por ello lo han vendado sin dubitación. En ese cuello, cicatrices; en su estómago, pobreza y dolor. Ha sido puñeteado más de mil y una vez, pero nadie lo defiende, y aunque no lo entienda, ya nadie por él querrá luchar. Han abusado, lo han violado sin piedad, han bebido su esencia, y el mal ha sido atroz. El hermetismo, la hipocresía y la desesperación, han hecho de él un circo sin gracia, ha quedado sordo por los gritos y maniatado desde sus miembros hasta el latir más remoto de su corazón. Mientras que su mirada, aquella mirada vendada, aún percibe las breves intermitencias de los pocos que clamamos justicia por los horrores que sufre, y de inmediato somos silenciados sus defensores; el verdugo, alimentando con ignorancia a las masas, triunfó. Su boca, ha sido rellenada de patadas y le han hecho proferir innumerables veces incoherencias que no son propias de él, ahora es mudo y su contraparte solo celebra esta perdición pues es así como transcurren sus días, una ronda habitual de venas abiertas porque tal vez no tiene médico ni protector, pero hay aún en él un afán liberador. Ríe, no comprenden, y desconocen la existencia de un hijo suyo; su fama es infinita y aunque tenga que luchar, estoy dispuesto a dar mi vida por él, una y mil veces más. No lograrán acabar con el ideal que profesó un día, porque sé que lo lastimarán sin dudar, y chillarán, y crujirán, y dispararán, pero sabrán que desde hoy hasta el final, antes de silenciarlo eternamente el corazón me deben arrancar. Y aunque no sepa cuanto tiempo me tomará su libertad consumar, encontraremos él y yo consuelo en esta pluma que mi papá me enseñó a utilizar, porque mientras alguien escriba todo lo que ve ante la sociedad, el periodismo que tanto amo nunca morirá.
En qué momento ocurrió, no lo sé. Tan solo nací y por susurros oscuros sin rostro supe de él. Lo admiré desde pequeño y deposité cada gota roja de admiración en sus bruces. Admito haberlo seguido como tantos otros, pero de a pocos lo abandonaron y he quedado solitario esperando verlo algún día en su lugar correspondido. Es tal vez su sacrificio de mesías inquebrantable, el de luz en las tienieblas, el de mártir luchador, lo que a mí como a muchos nos impresionó. Y reitero con nostalgia, en qué momento ocurrió. Porque un mal día, el cual desconozco y no concebí, lo capturaron entre tantos y no volví a saber de él; lo alejaron de mí, y hoy clamo a voz en cuello y sin temor su restitución. Pues hoy, tanto sus pocos fieles como yo evocamos su presencia lejana y no olvidamos que carga en su lomo las injusticias del terror, porque sus lágrimas secas aún persisten en su rostro gallardo; sus pies descalzos avanzan por monotonía, pero hay rumor de obligación. Sus ojos tristes han presenciado las más terribles barbaridades, muertes, y por ello lo han vendado sin dubitación. En ese cuello, cicatrices; en su estómago, pobreza y dolor. Ha sido puñeteado más de mil y una vez, pero nadie lo defiende, y aunque no lo entienda, ya nadie por él querrá luchar. Han abusado, lo han violado sin piedad, han bebido su esencia, y el mal ha sido atroz. El hermetismo, la hipocresía y la desesperación, han hecho de él un circo sin gracia, ha quedado sordo por los gritos y maniatado desde sus miembros hasta el latir más remoto de su corazón. Mientras que su mirada, aquella mirada vendada, aún percibe las breves intermitencias de los pocos que clamamos justicia por los horrores que sufre, y de inmediato somos silenciados sus defensores; el verdugo, alimentando con ignorancia a las masas, triunfó. Su boca, ha sido rellenada de patadas y le han hecho proferir innumerables veces incoherencias que no son propias de él, ahora es mudo y su contraparte solo celebra esta perdición pues es así como transcurren sus días, una ronda habitual de venas abiertas porque tal vez no tiene médico ni protector, pero hay aún en él un afán liberador. Ríe, no comprenden, y desconocen la existencia de un hijo suyo; su fama es infinita y aunque tenga que luchar, estoy dispuesto a dar mi vida por él, una y mil veces más. No lograrán acabar con el ideal que profesó un día, porque sé que lo lastimarán sin dudar, y chillarán, y crujirán, y dispararán, pero sabrán que desde hoy hasta el final, antes de silenciarlo eternamente el corazón me deben arrancar. Y aunque no sepa cuanto tiempo me tomará su libertad consumar, encontraremos él y yo consuelo en esta pluma que mi papá me enseñó a utilizar, porque mientras alguien escriba todo lo que ve ante la sociedad, el periodismo que tanto amo nunca morirá.
En silencio, desde el atardecer
Aunque se oculten las respuestas y los obstáculos me hagan padecer, nada ni nadie me prohibirá robar ese tiempo perdido para idealizar, este añorado atardecer.
Casualmente es de noche y no me increpo el hecho de andar a tan altas horas bordeando mi natal Lima. La couster avanza a ritmo moribundo, el frío arrecia contra los lomos más resistentes de la metrópoli, los minutos galopan a paso veloz y mis ojos se cierran sin hallar en mí oposición. Me siento solo porque solo estoy, las excusas abundan, dañan, persisten, me obligan a desertar.
De niño, muy de niño y hasta hace poco tiempo, soñaba con correr por las bandas laterales, ya no sentir las piernas a raíz del cansancio, saltar hasta los puntos más alejados del área enemiga, gambetear en diagonal, dejar que de mi pecho se desprenda el corazón, gritar un gol, celebrar ante el aullido delirante de miles de hinchas catárquicos, cuidar los cuatro palos derramando a chorro limpio el sudor que cueste y sea necesario, dejar el rezago más profundo de mi alma en la cancha, perder para aprender, ganar por ser feliz. Hasta hoy recuerdo la primera vez que entré a un estadio, la gente, el ruido, la emoción en cada rostro. Sabía que quería hacerlo, pero nunca me atreví a enfrentar todo lo implícito ligado al sacrificio. Fichajes, pruebas y calentamiento, mucho miedo y temor a lograr un futuro que si bien no me hubiera hecho feliz, tal vez hubiera justificado las horas con las que pensé alcanzar una estrella, mi estrella. Pasaron los días, la esperanza intacta, y las posibilidades altas. Contra todo pronóstico, arrugué. Jamás encaré a esas pruebas de talento tan afamadas en mis repetitivas pesadillas. No fue una sino incontables veces en las cuales hui, no encaré y perdí; el arrepentimiento caería por su propio peso, supe deducir aún siendo tan solo un niño, que no estaba haciendo lo que me dictaba el corazón. Hoy, con una rodilla lastimada, lo único que puedo hacer es sacarme el ancho para no cagarla cada vez que voy al encuentro del balón. Confieso que junto a la rodilla lastimada, nacieron los pretextos subyugantes que harían agonizar por milésima y última vez, el primer y más grande sueño de mi vida, el de un futbolista campeón. Hallé razones por doquier, que siendo lógicas según el común denominador, esos que se hacen llamar "mayoría de gente", justificaban que esa misma añoranza, mi añoranza!, la tuvieron medio millón de muchachos más. Tales motivos banales y tan superficiales como ellos, terminaron siendo lo que en un inicio supe que eran: pamplinas que ocultan la mediocridad del que planea sin ganas de concretar lo que pensó hacer. Yo sí quise jugar con el balón, no por la fama ni los autógrafos, sino por el inconfundible olor a césped recién podado de la cancha auxiliar de entrenamiento. Quise jugar con el balón, porque hallé en mí la fuerza necesaria que ocasionó estratégicamente quebrar aquella defensa de mis padres: "estudia, que es la única manera de salir adelante". Y aunque mi rodilla no tenga solución, y aunque no seré el centrocampista más afanado por los medios expertos en deportes, y aunque el césped nunca cambie ese inconfundible y recordado olor, no estoy dispuesto a dejar ir otra oportunidad. Jamás, nunca jamás; no viviría para contar cuán cobarde pude ser, cuán cobarde soy.
Porque aunque las respuestas ya pude ubicar, y los obstáculos pudieron más, sigo dormido en la couster tiritando de frío, solo, más solo que nunca y con los ojos cerrados, idealizando que sí pude robarle tiempo al tiempo y que nunca más permitiré estar sentado en esta playa solitaria, llorando junto a las cenizas gruesas de mis sueños muertos, viendo por última vez este conocido y tan familiar, viejo atardecer.
Casualmente es de noche y no me increpo el hecho de andar a tan altas horas bordeando mi natal Lima. La couster avanza a ritmo moribundo, el frío arrecia contra los lomos más resistentes de la metrópoli, los minutos galopan a paso veloz y mis ojos se cierran sin hallar en mí oposición. Me siento solo porque solo estoy, las excusas abundan, dañan, persisten, me obligan a desertar.
De niño, muy de niño y hasta hace poco tiempo, soñaba con correr por las bandas laterales, ya no sentir las piernas a raíz del cansancio, saltar hasta los puntos más alejados del área enemiga, gambetear en diagonal, dejar que de mi pecho se desprenda el corazón, gritar un gol, celebrar ante el aullido delirante de miles de hinchas catárquicos, cuidar los cuatro palos derramando a chorro limpio el sudor que cueste y sea necesario, dejar el rezago más profundo de mi alma en la cancha, perder para aprender, ganar por ser feliz. Hasta hoy recuerdo la primera vez que entré a un estadio, la gente, el ruido, la emoción en cada rostro. Sabía que quería hacerlo, pero nunca me atreví a enfrentar todo lo implícito ligado al sacrificio. Fichajes, pruebas y calentamiento, mucho miedo y temor a lograr un futuro que si bien no me hubiera hecho feliz, tal vez hubiera justificado las horas con las que pensé alcanzar una estrella, mi estrella. Pasaron los días, la esperanza intacta, y las posibilidades altas. Contra todo pronóstico, arrugué. Jamás encaré a esas pruebas de talento tan afamadas en mis repetitivas pesadillas. No fue una sino incontables veces en las cuales hui, no encaré y perdí; el arrepentimiento caería por su propio peso, supe deducir aún siendo tan solo un niño, que no estaba haciendo lo que me dictaba el corazón. Hoy, con una rodilla lastimada, lo único que puedo hacer es sacarme el ancho para no cagarla cada vez que voy al encuentro del balón. Confieso que junto a la rodilla lastimada, nacieron los pretextos subyugantes que harían agonizar por milésima y última vez, el primer y más grande sueño de mi vida, el de un futbolista campeón. Hallé razones por doquier, que siendo lógicas según el común denominador, esos que se hacen llamar "mayoría de gente", justificaban que esa misma añoranza, mi añoranza!, la tuvieron medio millón de muchachos más. Tales motivos banales y tan superficiales como ellos, terminaron siendo lo que en un inicio supe que eran: pamplinas que ocultan la mediocridad del que planea sin ganas de concretar lo que pensó hacer. Yo sí quise jugar con el balón, no por la fama ni los autógrafos, sino por el inconfundible olor a césped recién podado de la cancha auxiliar de entrenamiento. Quise jugar con el balón, porque hallé en mí la fuerza necesaria que ocasionó estratégicamente quebrar aquella defensa de mis padres: "estudia, que es la única manera de salir adelante". Y aunque mi rodilla no tenga solución, y aunque no seré el centrocampista más afanado por los medios expertos en deportes, y aunque el césped nunca cambie ese inconfundible y recordado olor, no estoy dispuesto a dejar ir otra oportunidad. Jamás, nunca jamás; no viviría para contar cuán cobarde pude ser, cuán cobarde soy.
Porque aunque las respuestas ya pude ubicar, y los obstáculos pudieron más, sigo dormido en la couster tiritando de frío, solo, más solo que nunca y con los ojos cerrados, idealizando que sí pude robarle tiempo al tiempo y que nunca más permitiré estar sentado en esta playa solitaria, llorando junto a las cenizas gruesas de mis sueños muertos, viendo por última vez este conocido y tan familiar, viejo atardecer.
sábado, 24 de abril de 2010
Adolescente
Hace mucho, inmerso en aquellas épocas antiguas en las cuales aún no se relativizaba hasta a la propia madre, se encontraba un proverbista árabe que en evidente estado de lucidez filosófico e intelectual, pronunció "No llores porque se ha escondido el sol, pues las lágrimas no te permitirán admirar el fulgor de las estrellas". Bello. No obstante, tal personaje nunca sabría que muchos años después de su tan citada frase existiría una capital sudamericana llamada Lima, en la cual no se logra admirar al sol, y con mayor razón aún, ni el más mínimo rumor de una estrella apasionada.
Consecuentemente ya es de noche. Miro directamente hacia el suelo y puedo notar que he crecido. Es obvio, ya pasaron más de seis años desde la última vez que me concentré tanto en notar los detalles del piso. A medida que camino por una calle cercana a mi casa veo los carros pasar, la gente reir, los perros ladrar, mi paso se acelera como por proporcionalidad. Una llamada al celular, es mamá. Me habla del trabajo, de mi papá y hermano, y pregunta por el estado actual de mi casa y del jardín. Respondo nostálgico, se despide y retorno de vuelta a la vida común, cotidiana y real, al lado de personas que no entiendo y que mucho menos todavía, me comprenderán. Otra llamada, un amigo más. Me habla de la incomparable perdición vikinga que está gozando en este preciso momento. No necesito mucho criterio para percatarme de que anda borracho y tristemente drogado. Mientras lo escucho vociferar una canción en inglés por el auricular de mi teléfono celular, maldigo el momento en el cual él decidió fumar hierba junto a nuestro grupo de la universidad en vez de preocuparse por él mismo un poco más. Finalizo la llamada bruscamente y me pongo a llorar.
Cierro los ojos. Ya es tarde. He llegado al parque que se encuentra al frente de mi casa. Transitan dos parejas de enamorados, una de ellas llevan uniforme colegial. Ando perdido en la nubosidad rojinegra de mi mente, me implica concentración. Pienso en diez mil cosas a la vez y a menudo que decodifico uno a uno los factores que me abruman, admiro cada vez más a mis papás. Pienso en lo fácil que es elegir entre una caja de cervezas o un libro de Semiótica. Qué chauchilla resulta dilucidar entre dormir un día entero o despertarme e ir a trabajar. Qué sencillo representa elegir entre si ir a la universidad o comprar bolsas de caramelos y ofertarlas en los buses que ni sabes a donde van. Porque todo aquel que opta por fácil, tampoco sabe a donde mierda va.
Porque en Lima, la ciudad donde yo vivo, el cielo gris me deprime pero no significa más que un aliciente del poco interés que hay por lo que nos pueda pasar. Ese color incierto, tedioso, no es el culpable principal de nuestras depresiones y nostalgias. Porque sabemos mejor que nadie que los vicios sociales, la ignorancia y todas esas sandeces a las cuales accedemos tan gustosamente por agradar a un grupo de idiotas, son simplemente el reflejo de una inmadurez suplible. Porque nos dejamos arrastrar por la corriente y la mayoría, y sin esfuerzo mínimo, aceptamos lo que nos imponen sin contemplación. Porque nos autocensuramos, dejamos de cantar lo que nos dicta el corazón, dejamos de decir lo que creemos y sabemos que es justo, ya que nuestra idea traerá una reprimenda como consecuencia y es preferible preocuparnos por nuestro bienestar en el grupete social. Y todo esto es señal de que hemos perdido la brújula inicial, la sensibilidad por el prójimo, vivimos tan inmersos en nuestro mundo capital preocupadísimos de detalles banales y poco trascendentes, que nuestras familias juegan un rol íntimamente complementario y poco relevante.
Porque yo estudió en una universidad, tengo un plato de comida, un techo en el cual alojarme y una cama para descansar; memoro eso y deseo más. Pero me cuesta dejar de percatarme que en mi país hay personas que comen tierra y que lloran sangre. Qué voy a hacer, qué estoy dispuesto a dar, estoy edificando mi respuesta y ando seguro que puedo eso y mucho más. Esa misma pregunta, me encantaría hacérsela a todo aquel que se encuentra perdido en las tinieblas de una familia desunida, a un extraño que cree no tener suerte en el amor, a todo aquel adolescente que no encuentra la noción de su existir, no con el objetivo de encontrar una respuesta, sino con la motivación de rescatar a un engranaje social; todos tenemos aptitudes y quien está llamado a degustarlas es nuestra propia comunidad.
Abro los ojos. Estoy más que seguro que esto es un pensamiento utópico y desigual. Camino con tranquilidad a través de la gran vereda que me conduce a mi hogar. En mi casa me esperan libros, ropa por lavar y deseos de cambiar. Idealismo, izquierda, política, sueños y quién sabe si más.
Hace poco, un estudiante abordó una unidad de transporte público cualquiera en un lugar que él mismo no conocía. Decía querer vender galletas de chocolate, no por ser presidiario ni padre de familia, sino porque quería conocer la experiencia de pararse en el pasadizo de un bus en movimiento mientras sentía lo gratificante que es ganarse él mismo centavo a centavo una nueva realidad.
Consecuentemente ya es de noche. Miro directamente hacia el suelo y puedo notar que he crecido. Es obvio, ya pasaron más de seis años desde la última vez que me concentré tanto en notar los detalles del piso. A medida que camino por una calle cercana a mi casa veo los carros pasar, la gente reir, los perros ladrar, mi paso se acelera como por proporcionalidad. Una llamada al celular, es mamá. Me habla del trabajo, de mi papá y hermano, y pregunta por el estado actual de mi casa y del jardín. Respondo nostálgico, se despide y retorno de vuelta a la vida común, cotidiana y real, al lado de personas que no entiendo y que mucho menos todavía, me comprenderán. Otra llamada, un amigo más. Me habla de la incomparable perdición vikinga que está gozando en este preciso momento. No necesito mucho criterio para percatarme de que anda borracho y tristemente drogado. Mientras lo escucho vociferar una canción en inglés por el auricular de mi teléfono celular, maldigo el momento en el cual él decidió fumar hierba junto a nuestro grupo de la universidad en vez de preocuparse por él mismo un poco más. Finalizo la llamada bruscamente y me pongo a llorar.
Cierro los ojos. Ya es tarde. He llegado al parque que se encuentra al frente de mi casa. Transitan dos parejas de enamorados, una de ellas llevan uniforme colegial. Ando perdido en la nubosidad rojinegra de mi mente, me implica concentración. Pienso en diez mil cosas a la vez y a menudo que decodifico uno a uno los factores que me abruman, admiro cada vez más a mis papás. Pienso en lo fácil que es elegir entre una caja de cervezas o un libro de Semiótica. Qué chauchilla resulta dilucidar entre dormir un día entero o despertarme e ir a trabajar. Qué sencillo representa elegir entre si ir a la universidad o comprar bolsas de caramelos y ofertarlas en los buses que ni sabes a donde van. Porque todo aquel que opta por fácil, tampoco sabe a donde mierda va.
Porque en Lima, la ciudad donde yo vivo, el cielo gris me deprime pero no significa más que un aliciente del poco interés que hay por lo que nos pueda pasar. Ese color incierto, tedioso, no es el culpable principal de nuestras depresiones y nostalgias. Porque sabemos mejor que nadie que los vicios sociales, la ignorancia y todas esas sandeces a las cuales accedemos tan gustosamente por agradar a un grupo de idiotas, son simplemente el reflejo de una inmadurez suplible. Porque nos dejamos arrastrar por la corriente y la mayoría, y sin esfuerzo mínimo, aceptamos lo que nos imponen sin contemplación. Porque nos autocensuramos, dejamos de cantar lo que nos dicta el corazón, dejamos de decir lo que creemos y sabemos que es justo, ya que nuestra idea traerá una reprimenda como consecuencia y es preferible preocuparnos por nuestro bienestar en el grupete social. Y todo esto es señal de que hemos perdido la brújula inicial, la sensibilidad por el prójimo, vivimos tan inmersos en nuestro mundo capital preocupadísimos de detalles banales y poco trascendentes, que nuestras familias juegan un rol íntimamente complementario y poco relevante.
Porque yo estudió en una universidad, tengo un plato de comida, un techo en el cual alojarme y una cama para descansar; memoro eso y deseo más. Pero me cuesta dejar de percatarme que en mi país hay personas que comen tierra y que lloran sangre. Qué voy a hacer, qué estoy dispuesto a dar, estoy edificando mi respuesta y ando seguro que puedo eso y mucho más. Esa misma pregunta, me encantaría hacérsela a todo aquel que se encuentra perdido en las tinieblas de una familia desunida, a un extraño que cree no tener suerte en el amor, a todo aquel adolescente que no encuentra la noción de su existir, no con el objetivo de encontrar una respuesta, sino con la motivación de rescatar a un engranaje social; todos tenemos aptitudes y quien está llamado a degustarlas es nuestra propia comunidad.
Abro los ojos. Estoy más que seguro que esto es un pensamiento utópico y desigual. Camino con tranquilidad a través de la gran vereda que me conduce a mi hogar. En mi casa me esperan libros, ropa por lavar y deseos de cambiar. Idealismo, izquierda, política, sueños y quién sabe si más.
Hace poco, un estudiante abordó una unidad de transporte público cualquiera en un lugar que él mismo no conocía. Decía querer vender galletas de chocolate, no por ser presidiario ni padre de familia, sino porque quería conocer la experiencia de pararse en el pasadizo de un bus en movimiento mientras sentía lo gratificante que es ganarse él mismo centavo a centavo una nueva realidad.
miércoles, 7 de abril de 2010
Diez semanas, un camote
Decisiones de ésta vida que enfrentamos sin creer y sin querer; son acciones que, tarde o temprano, nos marginarán con furia si nos conllevan al fracaso, y que carecerán de mérito si nos dirigen al éxito.
Cerré la compuerta sin mayor complicación, sin saber (obviamente), que apurándome en hacer mis obligaciones, estaría evadiendo y provocando un cataclismo antihigiénico. Mamá me apuraba sin motivo, será por su histeria, será por mi mal humor, que no me precipité en razonar, en recordar, en simplemente memorar que un alimento no puede sobrellevar un periodo largo sin antes ser supervisado, revisar su caducidad era mi responsabilidad, y falté severamente ante mi deber.
Un camote excedente del delicioso cevichito de la tibia tarde dominguina, un tubérculo que sería sometido a una terrible metamorfosis de proporciones magníficas, fue el provocador del lamentable incidente casero. Puesto que no podía digerir un solo bocado más, decidí guarecer mi alimento hasta el momento en el que me provocace, en el lugar más lógico: mi refrigerador.
Muchos sucesos ocurrieron en el transcurso de tales diez semanas: el inicio de mis sesiones universitarias, la partida de mi familia hacia provincia, el fin del verano, sábados de diversión en Barranco, y un sin fin de acontecimientos que fueron pasando con la mayor normalidad, mientras yo sin notar, estúpidamente, que el camote de mi refrigerador ya podía tener cabeza, rostro, piernas y brazos, y podría estar lo suficientemente facultado para asaltar un banco.
Me increpaba la cantidad de mosquitos que acarreaban mi cocina con frecuencia, pero poco interés le di, puesto que encontraba más satisfactorio y útil preocuparme por los últimos resultados de la Champions League. Diez semanas, ni un día más, ni un día menos, y sorpresa que me llevé al abrir la compuerta de mi refrigerador, un millar de moscas y un centenar de larvas en proceso de desarrollo habían convertido mi electrodoméstico en su hogar. Mi sorpresa no culminó con el descubrimiento de tal atrosidad, muchos de los integrantes de ese hogar, moscas obviamente, no parecían estar en buenas condiciones físicas. Parecían estar algo empalagadas o indigestadas por tal camote en mal estado, carecían de gracia, y lejos de causar asco o repugnancia, tenían cierto halo de tristeza, Dios sabe por qué. Pude accesiorarme de que las larvas andaban en buen estado, y qué mejor que un camote de diez semanas de descomposición para alimentar a un ejército de invertebrados, que repito, en gran número carecían de gracia. Pensé veloz, contrariando mi actitud a lo largo del proceso: ¿Sería justo expatriar a esa multitud que ya había entablado cierta predominancia numérica en mi refrigerador? Y lo cierto era que no compartían el espacio con más alimentos, ya que hace más de dos meses que no compraba ningún perecible para ser guardado; he allí la magia contrariada de vivir en solitario y de comer insano.
Me mantengo al margen de lo que deba hacer, le tengo mucho temor a ese camote y a sus residentes por más que el territorio que ocupen sea de mi propiedad, legalmente hablando. Me encuentro seriamente afectado por hechos cómo este, que muestran mi ineficacia e irresponsabilidad por mantener bien salvaguardado mi hogar, el bien común familiar. Siento, en noches cómo esta, que efectivamente, no he madurado; y por cierto, escribir éstas líneas me han dado ideas geniales para con mis nuevos inquilinos, un buen destino será el techo de mi vecino o, mejor aún, les daré manzanilla caliente a las mosquitas, para ver si así se recuperan, y de paso yo, ingeriré manzanilla con racumín, para sentirme más vivo, por no decir, enfrentar el cobarde en el cual, tristemente, yo me he convertido.
Cerré la compuerta sin mayor complicación, sin saber (obviamente), que apurándome en hacer mis obligaciones, estaría evadiendo y provocando un cataclismo antihigiénico. Mamá me apuraba sin motivo, será por su histeria, será por mi mal humor, que no me precipité en razonar, en recordar, en simplemente memorar que un alimento no puede sobrellevar un periodo largo sin antes ser supervisado, revisar su caducidad era mi responsabilidad, y falté severamente ante mi deber.
Un camote excedente del delicioso cevichito de la tibia tarde dominguina, un tubérculo que sería sometido a una terrible metamorfosis de proporciones magníficas, fue el provocador del lamentable incidente casero. Puesto que no podía digerir un solo bocado más, decidí guarecer mi alimento hasta el momento en el que me provocace, en el lugar más lógico: mi refrigerador.
Muchos sucesos ocurrieron en el transcurso de tales diez semanas: el inicio de mis sesiones universitarias, la partida de mi familia hacia provincia, el fin del verano, sábados de diversión en Barranco, y un sin fin de acontecimientos que fueron pasando con la mayor normalidad, mientras yo sin notar, estúpidamente, que el camote de mi refrigerador ya podía tener cabeza, rostro, piernas y brazos, y podría estar lo suficientemente facultado para asaltar un banco.
Me increpaba la cantidad de mosquitos que acarreaban mi cocina con frecuencia, pero poco interés le di, puesto que encontraba más satisfactorio y útil preocuparme por los últimos resultados de la Champions League. Diez semanas, ni un día más, ni un día menos, y sorpresa que me llevé al abrir la compuerta de mi refrigerador, un millar de moscas y un centenar de larvas en proceso de desarrollo habían convertido mi electrodoméstico en su hogar. Mi sorpresa no culminó con el descubrimiento de tal atrosidad, muchos de los integrantes de ese hogar, moscas obviamente, no parecían estar en buenas condiciones físicas. Parecían estar algo empalagadas o indigestadas por tal camote en mal estado, carecían de gracia, y lejos de causar asco o repugnancia, tenían cierto halo de tristeza, Dios sabe por qué. Pude accesiorarme de que las larvas andaban en buen estado, y qué mejor que un camote de diez semanas de descomposición para alimentar a un ejército de invertebrados, que repito, en gran número carecían de gracia. Pensé veloz, contrariando mi actitud a lo largo del proceso: ¿Sería justo expatriar a esa multitud que ya había entablado cierta predominancia numérica en mi refrigerador? Y lo cierto era que no compartían el espacio con más alimentos, ya que hace más de dos meses que no compraba ningún perecible para ser guardado; he allí la magia contrariada de vivir en solitario y de comer insano.
Me mantengo al margen de lo que deba hacer, le tengo mucho temor a ese camote y a sus residentes por más que el territorio que ocupen sea de mi propiedad, legalmente hablando. Me encuentro seriamente afectado por hechos cómo este, que muestran mi ineficacia e irresponsabilidad por mantener bien salvaguardado mi hogar, el bien común familiar. Siento, en noches cómo esta, que efectivamente, no he madurado; y por cierto, escribir éstas líneas me han dado ideas geniales para con mis nuevos inquilinos, un buen destino será el techo de mi vecino o, mejor aún, les daré manzanilla caliente a las mosquitas, para ver si así se recuperan, y de paso yo, ingeriré manzanilla con racumín, para sentirme más vivo, por no decir, enfrentar el cobarde en el cual, tristemente, yo me he convertido.
domingo, 14 de marzo de 2010
Aprendiendo de ti
¿Desde hace cuánto no he tenido la oportunidad de ver el cielo tal y como lo veo hoy? Supongo que no lo recuerdo, simplemente no lo sé, pero pienso que después de mucho, sí que mucho.
Me hace bien y a la mayoría, creo yo, explayar a manera de relato todo lo que en algún momento nos sofoca, sin embargo, existen historias que quedan, únicamente para nosotros, merodeando coquetamente en nuestra memoria, talvez por horas, días, años, toda tu vida.
-Me preocupas. Pasas demasiado tiempo solo, te estás alejando de todo y todos
-Bah...
-Hay veces que pienso que eso te daña tontamente. Tú que fuiste tan hablador, tan tú. El capo de las palabras, me contabas historias maravillosas...
- Fueron las palabras las que me tienen podrido. Las palabras, la gente y tu vieja son los causantes de esto. Los tres juntos pueden tumbarse países, por qué no a mí. ¿No entiendes que acaso no me importa nada?
- Pero no entiendo cómo no te puede interesar nada. Ya ni te bañas...
- Lárgate, me jode estar limpio, además, ya ni me lavan la ropa
- No me puedo ir, de una buena vez quiero verte bien
- Y yo quiero verme muerto
Me hace bien y a la mayoría, creo yo, explayar a manera de relato todo lo que en algún momento nos sofoca, sin embargo, existen historias que quedan, únicamente para nosotros, merodeando coquetamente en nuestra memoria, talvez por horas, días, años, toda tu vida.
-Me preocupas. Pasas demasiado tiempo solo, te estás alejando de todo y todos
-Bah...
-Hay veces que pienso que eso te daña tontamente. Tú que fuiste tan hablador, tan tú. El capo de las palabras, me contabas historias maravillosas...
- Fueron las palabras las que me tienen podrido. Las palabras, la gente y tu vieja son los causantes de esto. Los tres juntos pueden tumbarse países, por qué no a mí. ¿No entiendes que acaso no me importa nada?
- Pero no entiendo cómo no te puede interesar nada. Ya ni te bañas...
- Lárgate, me jode estar limpio, además, ya ni me lavan la ropa
- No me puedo ir, de una buena vez quiero verte bien
- Y yo quiero verme muerto
Memorar diálogos como el anterior, me hace notar lo tan estúpido que puedo llegar a ser. En algún lugar estás y sé que donde sea que te encuentres, eres el mismo que conocí.

viernes, 5 de febrero de 2010
De mi mano, hoy, y en mi corazón, por siempre.
Permíteme redactar, decir todo lo que no puede pronunciar mi boca y entonar mi voz. Deja que mis ojos hablen por sí mismos y que se explayen hasta la eternidad. Que mis manos se endurezcan y que el resto de mi cuerpo se autoconsuma por abandono, como cuando de niño me arruyabas, y únicamente importaba sentir tus mimos. Porque por abandono propio hoy te diré lo que nunca me atreví a decirte. Porque por abandono podemos quedarnos en silencio, tanto así como podemos gritar y bailar y cantar y permitir que nuestro pecho pronuncie al unísono que no habrá mañana, al menos para mí, si no me das confianza para poder volar. No obstante, te comprendo. Entiendo a la perfección tus arrepentimientos. Tienes habilidades poco habituales y fuerza de voluntad lo suficientemente poderosa como para ayudarme a colocar los pies en tierra, por enésima y enésima vez.
No quiero citar parajes incisivamente violentos, ni furtivos ni vehementes; prefiero que me sonrías y continuar ésta vida juntos puesto que talvez las siguientes líneas sean las más sinceras que escribiré jamás.
No sé en qué momento te conocí, o si lo he llegado a hacer; desde siempre he estado seguro de que eres una persona llena de sorpresas, tan poco previsible. Sin lugar a ninguna duda, soy lo que me enseñaste, soy lo que tú eres. Sé que muchas veces se sucitan incógnitas tristes; nuestra relación no siempre fue expléndida ya que ese tipo de idealización sólo existe en nuestra mente, esa mente ilusa que me traiciona cada una de las veces que peleo contra el planeta entero por una sin razón; pero aún así, lucho. Día a día despierto con la única motivación de ser mejor que ayer. Día a día sonrio porque tengo la dicha de saber quién soy y de dónde vengo. Indudablemente me hace feliz el hecho de haber departido durante diecisiete primaveras tantos momentos emotivos y memorables, porque ambos tuvimos la suerte de ser golpeados incontables veces por la vida, y hoy, justamente hoy tenemos la frente en alto, porque si bien es negativo pecar de sobervia, no es malo estar orgullosos de la cantidad de veces que nos hemos levantado del suelo para continuar con la mirada hacia el infinito. Jamás fue fácil, y te lo agradezco a ti.
No sabes cuanto me hubiera gustado ahorrarte riñas sin sentido, pero sabes que para mí fue difícil anhelar ser adulto cuando aún era un niño.
Me diste la más grande dicha cuando me encomendaste otro como yo, para que no me sintiera tan solo ni pequeño en este mundo.
El dinero mueve las industrias, siembra desconfianza, pero no alimenta nuestros corazones. Contigo descubrí que se aprenden de éxitos y no de errores. Y confieso que admiro la performancia con la cual puedes convertir tu mal carácter en un torbellino sin escapatorías.
Te aseguro que en mí no sembraste un abogado de asesinos, un médico fraudulento ni un ingeniero mediocre. Me haré comunicador, cueste lo que me cueste, lo llevo en la sangre, como tú.
No quisiera que te vayas de este mundo sin antes saber que mi vida no hubiera sido la misma sin tu presencia. Sé que si me faltaras podría vivir sin ti, y aunque suene duro, haz cumplido el rol y no solamente eso, sé que lo vivido contigo, bueno o malo, no lo olvidaré.
Porque me procuraste valores y sensibilidad.
Porque luchaste y luchas por ver en mi rostro únicamente alegría.
Porque saliste en mi encuentro cuando me sentí perdido.
Porque educaste mis caprichos hasta volverlos mínimos.
Porque me tomaste de la mano fuertemente cuando esas agujas penetraron en mi piel y dejaron en mi alma, los rezagos más duros del dolor; sufrimiento que quisiste compartir incondicionalmente conmigo cada día - noche en hospital, de lunes a domingo.
Porque he notado que di muchas penas y te arranque muy pocas sonrisas y aún así me sigues amando.
Porque no necesitas utilizar palabras para demostrame que tu cariño es verdadero. Fuiste, eres y serás, la mujer de mi vida, mamá.
No quiero citar parajes incisivamente violentos, ni furtivos ni vehementes; prefiero que me sonrías y continuar ésta vida juntos puesto que talvez las siguientes líneas sean las más sinceras que escribiré jamás.
No sé en qué momento te conocí, o si lo he llegado a hacer; desde siempre he estado seguro de que eres una persona llena de sorpresas, tan poco previsible. Sin lugar a ninguna duda, soy lo que me enseñaste, soy lo que tú eres. Sé que muchas veces se sucitan incógnitas tristes; nuestra relación no siempre fue expléndida ya que ese tipo de idealización sólo existe en nuestra mente, esa mente ilusa que me traiciona cada una de las veces que peleo contra el planeta entero por una sin razón; pero aún así, lucho. Día a día despierto con la única motivación de ser mejor que ayer. Día a día sonrio porque tengo la dicha de saber quién soy y de dónde vengo. Indudablemente me hace feliz el hecho de haber departido durante diecisiete primaveras tantos momentos emotivos y memorables, porque ambos tuvimos la suerte de ser golpeados incontables veces por la vida, y hoy, justamente hoy tenemos la frente en alto, porque si bien es negativo pecar de sobervia, no es malo estar orgullosos de la cantidad de veces que nos hemos levantado del suelo para continuar con la mirada hacia el infinito. Jamás fue fácil, y te lo agradezco a ti.
No sabes cuanto me hubiera gustado ahorrarte riñas sin sentido, pero sabes que para mí fue difícil anhelar ser adulto cuando aún era un niño.
Me diste la más grande dicha cuando me encomendaste otro como yo, para que no me sintiera tan solo ni pequeño en este mundo.
El dinero mueve las industrias, siembra desconfianza, pero no alimenta nuestros corazones. Contigo descubrí que se aprenden de éxitos y no de errores. Y confieso que admiro la performancia con la cual puedes convertir tu mal carácter en un torbellino sin escapatorías.
Te aseguro que en mí no sembraste un abogado de asesinos, un médico fraudulento ni un ingeniero mediocre. Me haré comunicador, cueste lo que me cueste, lo llevo en la sangre, como tú.
No quisiera que te vayas de este mundo sin antes saber que mi vida no hubiera sido la misma sin tu presencia. Sé que si me faltaras podría vivir sin ti, y aunque suene duro, haz cumplido el rol y no solamente eso, sé que lo vivido contigo, bueno o malo, no lo olvidaré.
Porque me procuraste valores y sensibilidad.
Porque luchaste y luchas por ver en mi rostro únicamente alegría.
Porque saliste en mi encuentro cuando me sentí perdido.
Porque educaste mis caprichos hasta volverlos mínimos.
Porque me tomaste de la mano fuertemente cuando esas agujas penetraron en mi piel y dejaron en mi alma, los rezagos más duros del dolor; sufrimiento que quisiste compartir incondicionalmente conmigo cada día - noche en hospital, de lunes a domingo.
Porque he notado que di muchas penas y te arranque muy pocas sonrisas y aún así me sigues amando.
Porque no necesitas utilizar palabras para demostrame que tu cariño es verdadero. Fuiste, eres y serás, la mujer de mi vida, mamá.
domingo, 31 de enero de 2010
Hablando sobre las hormigas y el universo
Hablando sobre las hormigas y el universo te pregunté cada una de las cosas que se deberían saber.
Muy al margen de lo inverosímil y hasta irónico que puede significar una mentira piadosa en alguna situación cotidiana, me encantaría hoy, memorar todas las anécdotas no tan usuales de mi vida. Quiero tratar sobre el todo y nada, por más duro, nebuloso y complejo que parezca.
- ...
- ¿Qué ocurre, necesitas algo? Te has puesto a pensar en el buen clima que se está sintiendo y de lo hermoso que... (de lo hermoso que es estar enamorado)
- Roger, sabes que esto...Dijimos que intentaríamos pero, no da para...
- Pero, pero, no digas más, haremos lo que tú desees. Yo sólo quiero verte bien.
(Silencio incómodo, largamente pesumbroso) Y como quien desea romper el témpano que divide ambientes entre él y su "pareja", él dice:
- Eso significa que...Bueno, no hay problema, es una decisión la cual has tomado con meditación y lo único que quiero es...nada.
- Bien...
- Cuidate mucho
- Cuidate más
Y es que jamás pensé que la tarde mas bella podría convertirse en la decadencia de un ser humano que tenía mucho por dar. Un ser humano, si es que asi se lo puede llamar, que se degradó hasta el punto en el cual las personas que lo rodean únicamente podían sentir lástima por él. Y él. Y él, ¿Quién era "él"? Pues no era nadie sin "ella", nadie. Sin embargo no hay mal que dure cien años, solo noventa y nueve. Hoy escribo y describo por primera vez, los orígenes de los rasgos que hoy me caracterizan. Ese "él" ahora soy yo. Nunca se me cruzó la idea de poder amar tanto a esa mujer. Y es que talvez las cosas no se dieron como quisimos, especialmente por mí, porque te hubiera podido dedicar cada canción, cada momento, cada mañana, tarde y noche de mi existencia. Talvez mis labios jamás te pudieron expresar lo mucho que te apreciaba, sin embargo, sí mis ojos. Es cierto, jamás te confesé que siento que aquellos cuatro días de relación fueron lo más feliz que había tenido hasta ese momento en la vida; nada se le comparaba, por más corto que haya sido el tiempo según la gente.
Así fue, ante el romanticismo, por más fugaz y breve que haya hecho mella en uno, nadie logra escapar de él. Y es que el amor suele ser ciego, ya sea porque no distingue los defectos y ensalza a un ser humano triste y caído en cualidades, o porque acepta incondicionalmente sin ninguna objeción. E incluso, podría hacer hincapié en su ceguera, porque el amor desconecta a la persona de todo sistema de medición humano, dejando entrever que nada en la vida importa más que ese momento mágico en el cual una sonrisa tímida, una mirada confundida, o un cotilleo extraño pueden llevar a uno hasta el edén (sin prever que regresaría sin paracaídas).
Y Así fue. Como dije borracho ayer, el primer cocacho suele ser el más doloroso y siempre deja huella, uno no lo olvida aunque así lo quiera porque el resto ni se siente y poco a poco se amengúa el pánico. Creo que con el pasar del tiempo pude darme cuenta que uno le importa poco o casi nada al resto de personas, y obviamente, no hay razones aparentes por las cuales la gente deba velar o tener consideración con uno. Es más, uno llega prácticamente solo al mundo, y tan prácticamente como al principio, también se va. Incluso hay veces que me increpo que tan corto es nuestro paso por la vida , y a la par, suelo también acotar que nos preocupamos mucho por estudiar, trabajar, (permítanme que me ría) hasta nos preocupamos por preocuparnos. Es cierto, depende mucho de cada una de las personas, sus personalidades y su temperamento en ese preciso momento.
Hasta siempre, gracias por estar alli. Desde que terminaste conmigo muchas cosas han cambiado. Pensar que un día te dije al oído: jamás cambiaré. Pero ya no tengo la costumbre de seguir ideas radicales. Si tan sólo me vieras hoy. Te sorprenderías de lo poco que me importa lo que dice el resto. Te sorprenderías también al ver mis metas tan divergentes y diferenciadas en todo aspecto. ¿Mi mirada? Fue lo que más cambio. Aunque, te recuerdo, que siempre querré reemplazar atardeceres por amanecer. Espero que a menudo no te consultes que tan distinto hubiera sido si continuábamos en lo mismo, pues quién sabe, podría habernos ido mejor. Espero que algún día tengas la misma valentía, tanto como para criticar, como también para ser protagonista y dar rienda suelta a tus sueños, pocos, pero presentes. Si te infiero nunca salir, te estaría pidiendo un imposible, pues quisiera que logres evolucionar en todo ámbito. No pelées con tu madre, puesto que nadie pondrá las manos al fuego como ella por ti. Aventúrate a apagar el computador, salir al mundo y espero que no te encuentres con el alma perdida que murió una tarde, sería triste añorar tiempos que jamás volverán. ¿Que si te quise? Si lo hice. Será, de hoy para adelante, muy difícil ubicar a una persona que llene el lugar que dejas, pero ten por seguro que nunca la hallaré, eres irremplazable, como un padre, madre o hermano. No me arrepiento de las risas, los problemas, los chocolates, las tareas no hechas, las escapadas, las fiestas, los escándalos, las escenas y de todo lo demás, porque viví contigo lo que nadie podrá. Es más. Estoy orgulloso de haberte conocido y que tú, aunque tarde, también lo hicieras.
Porque hablando sobre las hormigas y el universo te conocí, te entregué mi corazón y me lo devolviste para mí. Porque mi corazón no valió nada justamente cuando aún era indescriptiblemente inocente y sincero. Pues para las personas vale más quien mejor queda y no quien se esfuerza. Porque nadie nace sabiendo, y mucho menos yo, que en aquellas tardes en la puerta de tu casa, perdería lo único que me importaba, tú. Porque nadie nace sabiendo, y mucho menos yo, que en aquellas tardes debería conocer por primera vez el seco y grotezco rostro del dolor.
.
Muy al margen de lo inverosímil y hasta irónico que puede significar una mentira piadosa en alguna situación cotidiana, me encantaría hoy, memorar todas las anécdotas no tan usuales de mi vida. Quiero tratar sobre el todo y nada, por más duro, nebuloso y complejo que parezca.
- ...
- ¿Qué ocurre, necesitas algo? Te has puesto a pensar en el buen clima que se está sintiendo y de lo hermoso que... (de lo hermoso que es estar enamorado)
- Roger, sabes que esto...Dijimos que intentaríamos pero, no da para...
- Pero, pero, no digas más, haremos lo que tú desees. Yo sólo quiero verte bien.
(Silencio incómodo, largamente pesumbroso) Y como quien desea romper el témpano que divide ambientes entre él y su "pareja", él dice:
- Eso significa que...Bueno, no hay problema, es una decisión la cual has tomado con meditación y lo único que quiero es...nada.
- Bien...
- Cuidate mucho
- Cuidate más
Y es que jamás pensé que la tarde mas bella podría convertirse en la decadencia de un ser humano que tenía mucho por dar. Un ser humano, si es que asi se lo puede llamar, que se degradó hasta el punto en el cual las personas que lo rodean únicamente podían sentir lástima por él. Y él. Y él, ¿Quién era "él"? Pues no era nadie sin "ella", nadie. Sin embargo no hay mal que dure cien años, solo noventa y nueve. Hoy escribo y describo por primera vez, los orígenes de los rasgos que hoy me caracterizan. Ese "él" ahora soy yo. Nunca se me cruzó la idea de poder amar tanto a esa mujer. Y es que talvez las cosas no se dieron como quisimos, especialmente por mí, porque te hubiera podido dedicar cada canción, cada momento, cada mañana, tarde y noche de mi existencia. Talvez mis labios jamás te pudieron expresar lo mucho que te apreciaba, sin embargo, sí mis ojos. Es cierto, jamás te confesé que siento que aquellos cuatro días de relación fueron lo más feliz que había tenido hasta ese momento en la vida; nada se le comparaba, por más corto que haya sido el tiempo según la gente.
Así fue, ante el romanticismo, por más fugaz y breve que haya hecho mella en uno, nadie logra escapar de él. Y es que el amor suele ser ciego, ya sea porque no distingue los defectos y ensalza a un ser humano triste y caído en cualidades, o porque acepta incondicionalmente sin ninguna objeción. E incluso, podría hacer hincapié en su ceguera, porque el amor desconecta a la persona de todo sistema de medición humano, dejando entrever que nada en la vida importa más que ese momento mágico en el cual una sonrisa tímida, una mirada confundida, o un cotilleo extraño pueden llevar a uno hasta el edén (sin prever que regresaría sin paracaídas).
Y Así fue. Como dije borracho ayer, el primer cocacho suele ser el más doloroso y siempre deja huella, uno no lo olvida aunque así lo quiera porque el resto ni se siente y poco a poco se amengúa el pánico. Creo que con el pasar del tiempo pude darme cuenta que uno le importa poco o casi nada al resto de personas, y obviamente, no hay razones aparentes por las cuales la gente deba velar o tener consideración con uno. Es más, uno llega prácticamente solo al mundo, y tan prácticamente como al principio, también se va. Incluso hay veces que me increpo que tan corto es nuestro paso por la vida , y a la par, suelo también acotar que nos preocupamos mucho por estudiar, trabajar, (permítanme que me ría) hasta nos preocupamos por preocuparnos. Es cierto, depende mucho de cada una de las personas, sus personalidades y su temperamento en ese preciso momento.
Hasta siempre, gracias por estar alli. Desde que terminaste conmigo muchas cosas han cambiado. Pensar que un día te dije al oído: jamás cambiaré. Pero ya no tengo la costumbre de seguir ideas radicales. Si tan sólo me vieras hoy. Te sorprenderías de lo poco que me importa lo que dice el resto. Te sorprenderías también al ver mis metas tan divergentes y diferenciadas en todo aspecto. ¿Mi mirada? Fue lo que más cambio. Aunque, te recuerdo, que siempre querré reemplazar atardeceres por amanecer. Espero que a menudo no te consultes que tan distinto hubiera sido si continuábamos en lo mismo, pues quién sabe, podría habernos ido mejor. Espero que algún día tengas la misma valentía, tanto como para criticar, como también para ser protagonista y dar rienda suelta a tus sueños, pocos, pero presentes. Si te infiero nunca salir, te estaría pidiendo un imposible, pues quisiera que logres evolucionar en todo ámbito. No pelées con tu madre, puesto que nadie pondrá las manos al fuego como ella por ti. Aventúrate a apagar el computador, salir al mundo y espero que no te encuentres con el alma perdida que murió una tarde, sería triste añorar tiempos que jamás volverán. ¿Que si te quise? Si lo hice. Será, de hoy para adelante, muy difícil ubicar a una persona que llene el lugar que dejas, pero ten por seguro que nunca la hallaré, eres irremplazable, como un padre, madre o hermano. No me arrepiento de las risas, los problemas, los chocolates, las tareas no hechas, las escapadas, las fiestas, los escándalos, las escenas y de todo lo demás, porque viví contigo lo que nadie podrá. Es más. Estoy orgulloso de haberte conocido y que tú, aunque tarde, también lo hicieras.
Porque hablando sobre las hormigas y el universo te conocí, te entregué mi corazón y me lo devolviste para mí. Porque mi corazón no valió nada justamente cuando aún era indescriptiblemente inocente y sincero. Pues para las personas vale más quien mejor queda y no quien se esfuerza. Porque nadie nace sabiendo, y mucho menos yo, que en aquellas tardes en la puerta de tu casa, perdería lo único que me importaba, tú. Porque nadie nace sabiendo, y mucho menos yo, que en aquellas tardes debería conocer por primera vez el seco y grotezco rostro del dolor.
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miércoles, 13 de enero de 2010
Cuando palabras sobran y entendimiento basta
Me encantaría tener una lámpara académica, esas que utilizan los aplicados y los científicos en noche frías, como esta. Hace poco el reloj de pared marcó la medianoche y recordé, con cierta amargura, que la pila estaba fallando. Me encuentro solo en la cocina. El mantel que puso mamá en la tarde estaba manchado de chicha en uno de los extremos, cosa que no despertaba en mí ni repudio ni ganas de lavarlo; hay veces que llego a creer que me simpatiza mucho la simplicidad, o la ociocidad. Predí la radio y traté de localizar la estación juvenil del momento, sin embargo, me vi mermado ya que la música que transmitían en ese momento está de moda, y a mí no me gusta la moda. Si radicalizaba mis decisiones, apagaba la radio y continuaba en mi letargo, pero opté por llevar la señal a una estación de música del recuerdo. Debo admitir que mis gustos musicales son extremadamente variados, puedo escuchar melodías sufridas que sólo los románticos empedernidos soportan, así como cantar un reguee, o tocar, con mi guitarra imaginaria, el bajo de una canción de los Cadillacs. Tuve una discusión con el viejo cuando me pidió revisar el trabajo que me suplicó elaborar la tarde entera. Él iría con mi mamá a una reunión critiana de esas que no soporto. Él, con poca afinidad y tacto en trato y formas, me increpó la baja resolución de una de las imágenes al tríptico. En mi cabeza no cupia el hecho de que yo hiciese tanto esfuerzo por ganarme su aprecio (cosa que sólo podía hacer cada mes, durante dos días) y él no lo valorara. Yo, con escaza paciencia, resolví responderle que cuando quisiera agradecerme por el trabajo hecho, me busque en la sala. Mi rostro se mostró encandescente como cuando uno se enfrenta a situaciones embarazosas o ciertamente, inhóspitas. Me levanté de la silla en la cual estuve sentado, durante más de siete horas haciendo lo que me solicitó. Mi mamá, que expectó el espectáculo con sumo cuidado, quiso minimizar mi actitud, o la de mi padre; en realidad, ya ni sé de quien.
-Yo, tanto como tú papá, hemos aguantado rabietas durante diecisiete años; ¿no podrías explicarle cómo puede hacer la chambita él mismo? Recuerda tu universidad...
Eso fue suficiente. Me dolió mucho. Me enojé de manera inusitada porque, aunque lo negara y quisiera refutarlo, ambas proposiciones eran verdad; estaba en razón cierta, y para mí, en ese momento, eso era totalmente adverso; no lo pude soportar. Me tendió la mano sobre mi hombro derecho, el más tenso y únicamente atiné a retirarla violentamente. Pude notar, durante segundos limitados y tan breves como un pestañeo, la escena tal y como la vería un testigo. Como para no mitigar mi malestar, noté los ojos tristes de mi madre, dulces y perdidos, como de aquel que teme perder algo muy importante, invaluable. Salí del cuarto paternal directamente al baño como de costumbre. Desde niño tuve una cualidad especial que siempre me distinguió de otros niños, siempre atinaba a evaluar mi conducta después de una discusión. Al parecer, perdí el tino y regresioné a una etapa de niño sin compasión, o sólo era la adolescencia. En ese momento, pensaba únicamente, en el por qué mi papá tuvo la discapacidad de notar mi rostro cansado y mi paciencia colmada. Entonces, ante las inexistentes objeciones paternales me consolé arremetiendo contra Dios. Me miré al espejo, con rabia contenida, mordiéndome los labios al punto de lacerarlos, le reclamé a Dios mi altura (insignificante detalle que había significado haberme quedado relegado para un concierto hace dos semanas antes), mi rostro víctima de acné, el dolor intenso de mis meniscos sin tratamiento (lo cual me impedía realizar ejercicios continuamente durante más quince minutos), la ausencia de una persona de confianza a la cual poderle hablar y contarle que la semana pasada tuve que pelear con un cobrador de transporte público por una tarifa injusta, decisión que culminó cuando el prominente tipo me empujó del vehículo cuatro cuadras antes de llegar a mi destino; y en realidad, eso era lo que más necesitaba, siempre quise un hermano mayor, y yo terminé siéndolo, en realidad, siempre lo fui. Continuaba vociferando que la navidad me parecía una celebración estúpida donde el gran común de la gente sólo piensa en consolidar sus deseos, acordándose de Jesús, una vez al año, durante dos minutos y por beneficios empíricos. Blasfemaba y continuaba, no me callé nada, ni si quiera cuando recordé que un indescriptible dolor interno apresaba mi corazón en ese momento, hice memoria e hincapié en que hay heridas que no sanan y que hay veces que sentimos que no lo curarán jamás…
-Hijo, regálame sólo un minuto.
-Ni un minuto, no quiero nada de ti, mamá.
Mi cabeza daba vueltas. Mis lágrimas desencajaban mi semblante y me daba una apariencia de perdido. No sé qué me impulso para abrir la puerta. Cuando lo hice, ella se abalanzó a mi pecho y a gran velocidad (para que no huyera) dijo:
- La vida finge darnos tiempo para enojarnos y para reclamar por lo que creémos justo y fuera de lugar, pero a la vez, te recuerdo que nos da la oportunidad de reflexionar y de dar la cara ante lo desconocido, afrontar mounstros, reir con un chiste cotidiano, o agradecer por estar aquí, justo en ese instante y momento mirándola yo a ella, y ella a mí; yo, a la mujer que muchas veces desencadenaba grandes torrentes de ira por mis venas, y ella, al pequeño niño con el que soñó cuando solamente era una adolescente, aquel hijo suyo que se esforzaba por parecer frío, pero que no podía eliminar de su rostro la mirada tierna de un niño.
Es cuando escribió en la pared utilizando un lapicero que encontró al alcance: "Soy Bueno, siempre trato de ser el mejor, podré con mi mal humor, Roger"
Seguido de tal inscripción, fue cuando colocó una última frase, la cual hizo mella en lo más profundo de mi ser: "Dios me ama, y yo te amo".
-Mami, no te vayas nunca.
-Pero algún día lo tendré que hacer, es más, lo haría con gusto en este momento, pude hacer lo que nunca hizo mamá, mirar hacia al frente.
De pronto, el abrazo prolongado, se transformó en una respuesta. No necesitaba ser más alto, tengo piernas para caminar. Tengo acné, pero aún así puedo levantar mi rostro y sobresalir ante los demás. Mis rodillas gritan, pero puedo consolarlas con descanso. No necesitaba un hermano mayor, con el menor basta, sobra, y nadie me hizo más feliz jamás. No lo tengo todo, pero hace minutos, creí que no tenía nada.
-Mari, ¿por qué sueles ser tan dura con nosotros?
-Eso no te lo respondo hoy porque es algo que tú mismo debes notar. Si no quisiera que crecieras como persona, te facilitaría la vida y llegarías a un punto en el cual necesitarías la existencia de alguien sólo para la resolución de tus problemas, y tú te separaste de mí hace diecisiete años para ser mejor que yo.
-Aún no saco mi título, es más, no pude...
-No me refiero a eso, yo estaré consolidada como madre cuando sepa que tú estarás bien sin la presencia de tu papá, o de mí, porque considero que esa es mi misión, y mi razón de ser.
-Me siento culpable, derrochas tanto esfuerzo que dejas de lado tus sueños...
-Mis sueños siguen allí, intactos. Te aseguro que los voy a alcanzar...
-Gracias mamá...
-Gracias a ti...
-Ahora explícame porque no puedo lamerme el codo...
-Ahora tú explícame porque no te dejas de cojudeces, vas al cuarto y ayudas a papá...
(Risas...)
-Yo, tanto como tú papá, hemos aguantado rabietas durante diecisiete años; ¿no podrías explicarle cómo puede hacer la chambita él mismo? Recuerda tu universidad...
Eso fue suficiente. Me dolió mucho. Me enojé de manera inusitada porque, aunque lo negara y quisiera refutarlo, ambas proposiciones eran verdad; estaba en razón cierta, y para mí, en ese momento, eso era totalmente adverso; no lo pude soportar. Me tendió la mano sobre mi hombro derecho, el más tenso y únicamente atiné a retirarla violentamente. Pude notar, durante segundos limitados y tan breves como un pestañeo, la escena tal y como la vería un testigo. Como para no mitigar mi malestar, noté los ojos tristes de mi madre, dulces y perdidos, como de aquel que teme perder algo muy importante, invaluable. Salí del cuarto paternal directamente al baño como de costumbre. Desde niño tuve una cualidad especial que siempre me distinguió de otros niños, siempre atinaba a evaluar mi conducta después de una discusión. Al parecer, perdí el tino y regresioné a una etapa de niño sin compasión, o sólo era la adolescencia. En ese momento, pensaba únicamente, en el por qué mi papá tuvo la discapacidad de notar mi rostro cansado y mi paciencia colmada. Entonces, ante las inexistentes objeciones paternales me consolé arremetiendo contra Dios. Me miré al espejo, con rabia contenida, mordiéndome los labios al punto de lacerarlos, le reclamé a Dios mi altura (insignificante detalle que había significado haberme quedado relegado para un concierto hace dos semanas antes), mi rostro víctima de acné, el dolor intenso de mis meniscos sin tratamiento (lo cual me impedía realizar ejercicios continuamente durante más quince minutos), la ausencia de una persona de confianza a la cual poderle hablar y contarle que la semana pasada tuve que pelear con un cobrador de transporte público por una tarifa injusta, decisión que culminó cuando el prominente tipo me empujó del vehículo cuatro cuadras antes de llegar a mi destino; y en realidad, eso era lo que más necesitaba, siempre quise un hermano mayor, y yo terminé siéndolo, en realidad, siempre lo fui. Continuaba vociferando que la navidad me parecía una celebración estúpida donde el gran común de la gente sólo piensa en consolidar sus deseos, acordándose de Jesús, una vez al año, durante dos minutos y por beneficios empíricos. Blasfemaba y continuaba, no me callé nada, ni si quiera cuando recordé que un indescriptible dolor interno apresaba mi corazón en ese momento, hice memoria e hincapié en que hay heridas que no sanan y que hay veces que sentimos que no lo curarán jamás…
-Hijo, regálame sólo un minuto.
-Ni un minuto, no quiero nada de ti, mamá.
Mi cabeza daba vueltas. Mis lágrimas desencajaban mi semblante y me daba una apariencia de perdido. No sé qué me impulso para abrir la puerta. Cuando lo hice, ella se abalanzó a mi pecho y a gran velocidad (para que no huyera) dijo:
- La vida finge darnos tiempo para enojarnos y para reclamar por lo que creémos justo y fuera de lugar, pero a la vez, te recuerdo que nos da la oportunidad de reflexionar y de dar la cara ante lo desconocido, afrontar mounstros, reir con un chiste cotidiano, o agradecer por estar aquí, justo en ese instante y momento mirándola yo a ella, y ella a mí; yo, a la mujer que muchas veces desencadenaba grandes torrentes de ira por mis venas, y ella, al pequeño niño con el que soñó cuando solamente era una adolescente, aquel hijo suyo que se esforzaba por parecer frío, pero que no podía eliminar de su rostro la mirada tierna de un niño.
Es cuando escribió en la pared utilizando un lapicero que encontró al alcance: "Soy Bueno, siempre trato de ser el mejor, podré con mi mal humor, Roger"
Seguido de tal inscripción, fue cuando colocó una última frase, la cual hizo mella en lo más profundo de mi ser: "Dios me ama, y yo te amo".
-Mami, no te vayas nunca.
-Pero algún día lo tendré que hacer, es más, lo haría con gusto en este momento, pude hacer lo que nunca hizo mamá, mirar hacia al frente.
De pronto, el abrazo prolongado, se transformó en una respuesta. No necesitaba ser más alto, tengo piernas para caminar. Tengo acné, pero aún así puedo levantar mi rostro y sobresalir ante los demás. Mis rodillas gritan, pero puedo consolarlas con descanso. No necesitaba un hermano mayor, con el menor basta, sobra, y nadie me hizo más feliz jamás. No lo tengo todo, pero hace minutos, creí que no tenía nada.
-Mari, ¿por qué sueles ser tan dura con nosotros?
-Eso no te lo respondo hoy porque es algo que tú mismo debes notar. Si no quisiera que crecieras como persona, te facilitaría la vida y llegarías a un punto en el cual necesitarías la existencia de alguien sólo para la resolución de tus problemas, y tú te separaste de mí hace diecisiete años para ser mejor que yo.
-Aún no saco mi título, es más, no pude...
-No me refiero a eso, yo estaré consolidada como madre cuando sepa que tú estarás bien sin la presencia de tu papá, o de mí, porque considero que esa es mi misión, y mi razón de ser.
-Me siento culpable, derrochas tanto esfuerzo que dejas de lado tus sueños...
-Mis sueños siguen allí, intactos. Te aseguro que los voy a alcanzar...
-Gracias mamá...
-Gracias a ti...
-Ahora explícame porque no puedo lamerme el codo...
-Ahora tú explícame porque no te dejas de cojudeces, vas al cuarto y ayudas a papá...
(Risas...)
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