Las sábanas saben de rumores, delatan sueños, pasión, esperanza; te dan resguardo cuando más decaído y solo te puedes encuentrar, y en el epílogo, al final de los días fatídicos y del olvido de Dios, los párpados cerrados y la cabeza en cualquier parte, todo bien porque ha llegado la tranquilidad que nos hizo tanta falta.
Me encuentro parado, algo nervioso y muy cansado, todo esto al frente de la puerta de la facultad. La gente entra, algunos son más rápidos que otros y muestran sus carnés de identidad a los vigilantes que resguardan el ingreso, unos tantos con sonrisas despreocupadas, los demás fingen gestos inexpresivos, parece no importarles lo que pasa alrededor; y yo, a diferencia de ellos, estoy estático a pocos metros del víaducto principal con la mirada perdida y los bolsillos vacíos. Me robaron y no sé cómo.
Cielo gris, un pájaro tieso justo en el medio del jardín derecho, muchachos riendo, otros preocupados, todos abrigados mirando con algo de compasión al inafortunado plumífero plateado. Siento frío, tengo las manos asperas, los ojos tristes mientras le explico al guardia que no tengo documentos que mostrar. Me insisten en ir al edificio administrativo, que al menos, esta tarde él no me permitirá pasar. Sin suerte, cruzo la pista sin mirar a los carros, el semáforo, o la gente que pasa cerca de mí.
Ya adentro de tal recinto más vigilantes de rostros apáticos, más profesores y anfitrionas, atención al universitario; un numeroso grupo de chicas ríe en las inmediaciones de la cafetería mientras yo avanzo con avidez, subo las escaleras metálicas color granate que están en el lado izquierdo del edificio; en el patio central se encuentran un grupo de muchachos requiriendo sus boletas de pago -No se las podemos entregar - Yo no quiero imprimir mis recibos vía internet - No tienen otra alternativa. En resgistros académicos pregunto por la señora Robles, la persona que suele dar información en casos confusos como este. Voy hacia su oficina -¿Qué desea?- Perdí mis documentos y no sé cómo- Cómo no va a saber, ya no está en el colegio, señor- Es que estaba viniendo en mi bus y de pronto cuando palpé mi bolsillo ya no tenía mis carnés de ingreso- Le daré un pase, dícteme su código- 2009216878- Tome, válido por hoy- Muchas gracias, se lo debo infinitamente- Tiene que ver cómo duplicar esos papeles, señor...Hernández.
Un halo turbio, recorro el largo y ancho de la esplendorosa muralla de cemento que es mi facultad, las fuerzas centrifugadas y los pies adoloridos, chicas cantando una canción en inglés sentadas en una de seis bancas del primer pabellón, la biblioteca por allí, yo sigo de frente, por donde vine me iré, las máquinas dispensadoras de café y de gaseosa, todo y absolutamente todo al aire libre ya que las aulas se encuentran finalizando este recorrido. En el patio central hay un sinfín de personas, estudiantes intercambiando separatas, se puede notar un gran incremento de la población común de fumadores. A la izquierda se encuentra un grupo de muchachos de uno de mis ex salones, cada uno de ellos me mira con indiferencia y describen el ademán de no haberme notado. No importa.
Perfecto, como si fuera poco, suena el timbre de entrada justo antes de que ingrese a los salones de clase, corro, corro por esos pasillos amenos, la gente sonríe y encuentra gracia en mi desesperación, les agrada el hecho de que me quede sin recibir la cátedra diaria lo cual puede que resulte satisfactorio para mí también. Ingreso. Las aulas grandes, similares, llenas unas y vacías otras. Está por cerrarse la de mi salón, vuelvo a correr con el corazón en la mano, en la puerta del horno se quema el pan pero mi pie impide que se consume el refrán, ojos contra ojos, el profesor y yo, se hace a un lado, ingreso al salón.
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