viernes, 21 de mayo de 2010

En silencio, desde el atardecer

Aunque se oculten las respuestas y los obstáculos me hagan padecer, nada ni nadie me prohibirá robar ese tiempo perdido para idealizar, este añorado atardecer.

Casualmente es de noche y no me increpo el hecho de andar a tan altas horas bordeando mi natal Lima. La couster avanza a ritmo moribundo, el frío arrecia contra los lomos más resistentes de la metrópoli, los minutos galopan a paso veloz y mis ojos se cierran sin hallar en mí oposición. Me siento solo porque solo estoy, las excusas abundan, dañan, persisten, me obligan a desertar.

De niño, muy de niño y hasta hace poco tiempo, soñaba con correr por las bandas laterales, ya no sentir las piernas a raíz del cansancio, saltar hasta los puntos más alejados del área enemiga, gambetear en diagonal, dejar que de mi pecho se desprenda el corazón, gritar un gol, celebrar ante el aullido delirante de miles de hinchas catárquicos, cuidar los cuatro palos derramando a chorro limpio el sudor que cueste y sea necesario, dejar el rezago más profundo de mi alma en la cancha, perder para aprender, ganar por ser feliz. Hasta hoy recuerdo la primera vez que entré a un estadio, la gente, el ruido, la emoción en cada rostro. Sabía que quería hacerlo, pero nunca me atreví a enfrentar todo lo implícito ligado al sacrificio. Fichajes, pruebas y calentamiento, mucho miedo y temor a lograr un futuro que si bien no me hubiera hecho feliz, tal vez hubiera justificado las horas con las que pensé alcanzar una estrella, mi estrella. Pasaron los días, la esperanza intacta, y las posibilidades altas. Contra todo pronóstico, arrugué. Jamás encaré a esas pruebas de talento tan afamadas en mis repetitivas pesadillas. No fue una sino incontables veces en las cuales hui, no encaré y perdí; el arrepentimiento caería por su propio peso, supe deducir aún siendo tan solo un niño, que no estaba haciendo lo que me dictaba el corazón. Hoy, con una rodilla lastimada, lo único que puedo hacer es sacarme el ancho para no cagarla cada vez que voy al encuentro del balón. Confieso que junto a la rodilla lastimada, nacieron los pretextos subyugantes que harían agonizar por milésima y última vez, el primer y más grande sueño de mi vida, el de un futbolista campeón. Hallé razones por doquier, que siendo lógicas según el común denominador, esos que se hacen llamar "mayoría de gente", justificaban que esa misma añoranza, mi añoranza!, la tuvieron medio millón de muchachos más. Tales motivos banales y tan superficiales como ellos, terminaron siendo lo que en un inicio supe que eran: pamplinas que ocultan la mediocridad del que planea sin ganas de concretar lo que pensó hacer. Yo sí quise jugar con el balón, no por la fama ni los autógrafos, sino por el inconfundible olor a césped recién podado de la cancha auxiliar de entrenamiento. Quise jugar con el balón, porque hallé en mí la fuerza necesaria que ocasionó estratégicamente quebrar aquella defensa de mis padres: "estudia, que es la única manera de salir adelante". Y aunque mi rodilla no tenga solución, y aunque no seré el centrocampista más afanado por los medios expertos en deportes, y aunque el césped nunca cambie ese inconfundible y recordado olor, no estoy dispuesto a dejar ir otra oportunidad. Jamás, nunca jamás; no viviría para contar cuán cobarde pude ser, cuán cobarde soy.

Porque aunque las respuestas ya pude ubicar, y los obstáculos pudieron más, sigo dormido en la couster tiritando de frío, solo, más solo que nunca y con los ojos cerrados, idealizando que sí pude robarle tiempo al tiempo y que nunca más permitiré estar sentado en esta playa solitaria, llorando junto a las cenizas gruesas de mis sueños muertos, viendo por última vez este conocido y tan familiar, viejo atardecer.

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