Miradas. Días enteros, tardes completas que sin rumores o presentimientos permiten que el sol figure, delicado, tibiamente terso en el ocaso que muere, son como latidos débiles de un niño, como perder un mundial por penales, como la hambuerguesa, como el dolor, como tú.
Dormido, sin preocupaciones y sin apesumbramientos levanto los párpados, siento que ha trascurrudo mucho tiempo; son las cuatro de la tarde y sigo entre sábanas. Buscar y retroceder, notar en qué punto fue donde perdí los papeles es inútil. Creí que eran bromas, patrañas, locos los que decían que de nada vale la marcha hacia atrás. Acostado y ya despierto, necesito una brújula, me he extraviado entre la colcha y el edredón. Mis manos toscas carecen de la fuerza necesaria para deshacerme del enredo. Es grande el hambre, muy largo mi tedio y nula mi sonrisa.
Un halo de luz se filtra entre las cortinas. Cuando pensé que no volvería a ver el sol durante no sé cuánto tiempo más, aparece sin rumor. Será que las cosas bonitas de la vida aparecen sin necesidad de invitación. Me levanto. Sin saber qué hacer, tomo con avidez como por instinto, las zapatillas para correr, ¿Hasta dónde ire? Hasta donde me lleven mis pies. El polo manga corta, las medias gruesas, el capri, las mismas zapatillas, cabeza en su lugar, brazos duros, piernas listas, bajo las escaleras lo antes posible, quiero ir hasta la playa y comprobar que el sol sí salió.
Correr es maravilloso. Todo el que puede hacerlo y no lo hace, no sabe lo que se pierde. La gente me mira mientras tomo algo de velocidad, subo una vereda, casi choco con un poste, me detengo porque un grupo de perros me ha comenzado a seguir. Calle para arriba las casas nuevas, mucha gente en un gimnasio, tiendas de abarrotes, buses de transporte público, taxis, bicicletas, el colegio, nada extraño ni excesivo porque el barrio donde vivo es sumamente tranquilo. Llegar hasta la playa no es muy complicado, son tan solo dos kilómetros, un poco de barro, y una brisa más húmeda a medida que avanzas. El rostro de la gente tiene diversos tamaños, colores, gestos, formas de expresión. De pronto, llego a la avenida larga que me llevará hasta mi destino. Logro divisar a unos pocos corredores que de la misma forma que yo, han encontrado consuelo a sus días tristes en correr hasta la playa; o tal vez ya tenían la costumbre de salir hacia allí. La competencia, las ganas de ser mejor y superior me invaden, quiero rebasar a todos los corredores cercanos; incremento la velocidad mientras ellos se impresionan silenciosamente de mi ímpetu. Siempre con la nariz apuntando diagonalmente hacia el cielo, ese cielo infinito e imponente, acelero mucho más. Voy rápido, miro hacia el frente y por más amplia que sea la avenida, rozo con personas que llegan en sentido contrario. No concibo que vayan contrarios a donde se esconde y despide el sol. La calle empieza a tornarse sinuosa, la brisa marina ha hecho que la cubierta de las veredas no soporten el poder del tiempo. Calle rota. Sigo rebasando corredores escasos, río para mí mismo en el preciso momento en el que siento que mi pie derecho resbala, mi pierna izquierda se dobla, mi rodilla grita, y el cuerpo cae sin suspiros; así como cuando me creí el más afortunado del mundo, no siempre tengo la razón. La hilaridad del deceso no se hizo esperar, corredores sonrientes pasaron por mi lado tanto de ida y de vuelta y ninguno me ayudó. Tal vez necesite poner la cabeza en el congelador.
Ya es tarde. Continúo con mi marcha y el pecho no resiste, la garganta mucho peor. Un espectáculo triste, el sol estaba cubierto por nubes y nunca supe si es que realmente salió por completo. La playa vociferaba ininteligiblemente, el viento replicaba los achaques, duro es el tiempo y más aún la desesperación. Cuando pienso dar media vuelta, el horizonte me llama. Seguir hacia el frente y llegar hasta la orilla de la playa corriendo no tan enérgicamente como la última vez que me despedí, pero la situación ameritaba tal circunstancia; empiezo a trotar pues tan acostumbrado estoy a agilizar las situaciones, que ya olvidé lo qué significa olvidar. La arena gruesa mojada juguetea con la goma de mi zapatilla, se hunde el pie entero y la mirada sincera y extrañada de los vecinos no se ocultan bajo caretas; así soy (pienso), en el preciso momento en el cual suelto una carcajada al sentir que mi pie es tragado por la incalculable cantidad de granito. Río porque recuerdo algo que nunca pasó. Es maravilloso cerrar los ojos e inventar alegrías de donde solo se podría exigir explicación. Los que llegan hasta lo más alto saben que es sabio reconocer dónde dejaron huellas, cuáles son, qué tan arraigadas han quedado sobre la tierra, y qué tan identificado con ese lugar está su corazón. Tal vez no he llegado lejos, pero me gusta mirar este ocaso sin aspavientos; olas, aves, viento, color. De pronto, como por sorpresa, una pequeña explosión me moja el rostro. A caminar. Resignado a volver igual a como vine, el frío me empuja a regresar, y cuando ya perdía de vista la bahía y su olor, el ambiente se calienta. El sol ha hallado un pequeño rincón justo cuando besa la mar. ¿Cómo estás?.
¿Por qué los golpes?. Días enteros, tardes completas que sin rumores o presentimientos permiten que el sol me salude, feliz, tibiamente duro en el ocaso que me hace renovar compromisos, son como latidos débiles de un niño, son como las hormonas efervecentes de un adolescente, como el abrazo tierno de un padre a un hijo, como las graciosas canas de un anciano y como el recuerdo nostálgico del que se fue. Echado en la cama me acaloraba, pasaban las horas y no llegaba a ningún lugar; parado mirando al sol despedirse me enfrío, pero me hace sentirme humano, pues golpes, son como amistades, como goles a los noventa y tres, como pasteles, como catarsis, como tú, como yo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario