Si el humano notara que acostumbra actuar por instinto y azar, descubriría que la mezcla de su razocinio y naturaleza le otorgan ese halo indescriptibe, que sin lugar a dudas pertenece a aquellas condiciones mortales que hacen de la vida un deleite único en su especie.
-Déjame salir más tarde, quiero vivir.
El tiempo transcurre dejando rezagos no siempre agradables, pero para hablar de tal nos vemos exigidos de aportar mucho sentido común y tacto. Hay veces en las cuales nos encontramos implícitos en situaciones poco frecuentes; idealizamos instantes eternos de catarsis o emoción, que por momentáneos que suelen ser, acostumbran dejar huellas en el baúl del pasado. Existen, también, días nefastos en los cuales vemos interpuesto ese "no sé qué" que apretuja nuestro temperamento y estado emocional. Aún me impresiona la rapidez con la cual una persona puede cambiar de estado de ánimo. Somos seres tan complejos y llenos de "engranajes" que vemos dificultada nuestro funcionamiento al "cien por cien", como diría un análisis de rendimiento.
- Déjame en paz, no quiero hablar, no sé qué me pasa.
Y con respecto al hombre y el tiempo se hallan las relaciones interpersonales inherentes a su personalidad.
- Me llegas al pincho.
Y por último, los vicios sociales.
- Quiero chupar.
Y para concluir, suicidios diarios.
- Ya fue, mañana será.
Achaques diarios y contemporáneos. Hallarlos, analizarlos y hacerles frente nos denotará estar un paso adelante ante el reinante relativismo empírico diario.
sábado, 31 de julio de 2010
lunes, 5 de julio de 2010
Como tú, como yo.
Miradas. Días enteros, tardes completas que sin rumores o presentimientos permiten que el sol figure, delicado, tibiamente terso en el ocaso que muere, son como latidos débiles de un niño, como perder un mundial por penales, como la hambuerguesa, como el dolor, como tú.
Dormido, sin preocupaciones y sin apesumbramientos levanto los párpados, siento que ha trascurrudo mucho tiempo; son las cuatro de la tarde y sigo entre sábanas. Buscar y retroceder, notar en qué punto fue donde perdí los papeles es inútil. Creí que eran bromas, patrañas, locos los que decían que de nada vale la marcha hacia atrás. Acostado y ya despierto, necesito una brújula, me he extraviado entre la colcha y el edredón. Mis manos toscas carecen de la fuerza necesaria para deshacerme del enredo. Es grande el hambre, muy largo mi tedio y nula mi sonrisa.
Un halo de luz se filtra entre las cortinas. Cuando pensé que no volvería a ver el sol durante no sé cuánto tiempo más, aparece sin rumor. Será que las cosas bonitas de la vida aparecen sin necesidad de invitación. Me levanto. Sin saber qué hacer, tomo con avidez como por instinto, las zapatillas para correr, ¿Hasta dónde ire? Hasta donde me lleven mis pies. El polo manga corta, las medias gruesas, el capri, las mismas zapatillas, cabeza en su lugar, brazos duros, piernas listas, bajo las escaleras lo antes posible, quiero ir hasta la playa y comprobar que el sol sí salió.
Correr es maravilloso. Todo el que puede hacerlo y no lo hace, no sabe lo que se pierde. La gente me mira mientras tomo algo de velocidad, subo una vereda, casi choco con un poste, me detengo porque un grupo de perros me ha comenzado a seguir. Calle para arriba las casas nuevas, mucha gente en un gimnasio, tiendas de abarrotes, buses de transporte público, taxis, bicicletas, el colegio, nada extraño ni excesivo porque el barrio donde vivo es sumamente tranquilo. Llegar hasta la playa no es muy complicado, son tan solo dos kilómetros, un poco de barro, y una brisa más húmeda a medida que avanzas. El rostro de la gente tiene diversos tamaños, colores, gestos, formas de expresión. De pronto, llego a la avenida larga que me llevará hasta mi destino. Logro divisar a unos pocos corredores que de la misma forma que yo, han encontrado consuelo a sus días tristes en correr hasta la playa; o tal vez ya tenían la costumbre de salir hacia allí. La competencia, las ganas de ser mejor y superior me invaden, quiero rebasar a todos los corredores cercanos; incremento la velocidad mientras ellos se impresionan silenciosamente de mi ímpetu. Siempre con la nariz apuntando diagonalmente hacia el cielo, ese cielo infinito e imponente, acelero mucho más. Voy rápido, miro hacia el frente y por más amplia que sea la avenida, rozo con personas que llegan en sentido contrario. No concibo que vayan contrarios a donde se esconde y despide el sol. La calle empieza a tornarse sinuosa, la brisa marina ha hecho que la cubierta de las veredas no soporten el poder del tiempo. Calle rota. Sigo rebasando corredores escasos, río para mí mismo en el preciso momento en el que siento que mi pie derecho resbala, mi pierna izquierda se dobla, mi rodilla grita, y el cuerpo cae sin suspiros; así como cuando me creí el más afortunado del mundo, no siempre tengo la razón. La hilaridad del deceso no se hizo esperar, corredores sonrientes pasaron por mi lado tanto de ida y de vuelta y ninguno me ayudó. Tal vez necesite poner la cabeza en el congelador.
Ya es tarde. Continúo con mi marcha y el pecho no resiste, la garganta mucho peor. Un espectáculo triste, el sol estaba cubierto por nubes y nunca supe si es que realmente salió por completo. La playa vociferaba ininteligiblemente, el viento replicaba los achaques, duro es el tiempo y más aún la desesperación. Cuando pienso dar media vuelta, el horizonte me llama. Seguir hacia el frente y llegar hasta la orilla de la playa corriendo no tan enérgicamente como la última vez que me despedí, pero la situación ameritaba tal circunstancia; empiezo a trotar pues tan acostumbrado estoy a agilizar las situaciones, que ya olvidé lo qué significa olvidar. La arena gruesa mojada juguetea con la goma de mi zapatilla, se hunde el pie entero y la mirada sincera y extrañada de los vecinos no se ocultan bajo caretas; así soy (pienso), en el preciso momento en el cual suelto una carcajada al sentir que mi pie es tragado por la incalculable cantidad de granito. Río porque recuerdo algo que nunca pasó. Es maravilloso cerrar los ojos e inventar alegrías de donde solo se podría exigir explicación. Los que llegan hasta lo más alto saben que es sabio reconocer dónde dejaron huellas, cuáles son, qué tan arraigadas han quedado sobre la tierra, y qué tan identificado con ese lugar está su corazón. Tal vez no he llegado lejos, pero me gusta mirar este ocaso sin aspavientos; olas, aves, viento, color. De pronto, como por sorpresa, una pequeña explosión me moja el rostro. A caminar. Resignado a volver igual a como vine, el frío me empuja a regresar, y cuando ya perdía de vista la bahía y su olor, el ambiente se calienta. El sol ha hallado un pequeño rincón justo cuando besa la mar. ¿Cómo estás?.
¿Por qué los golpes?. Días enteros, tardes completas que sin rumores o presentimientos permiten que el sol me salude, feliz, tibiamente duro en el ocaso que me hace renovar compromisos, son como latidos débiles de un niño, son como las hormonas efervecentes de un adolescente, como el abrazo tierno de un padre a un hijo, como las graciosas canas de un anciano y como el recuerdo nostálgico del que se fue. Echado en la cama me acaloraba, pasaban las horas y no llegaba a ningún lugar; parado mirando al sol despedirse me enfrío, pero me hace sentirme humano, pues golpes, son como amistades, como goles a los noventa y tres, como pasteles, como catarsis, como tú, como yo.
Dormido, sin preocupaciones y sin apesumbramientos levanto los párpados, siento que ha trascurrudo mucho tiempo; son las cuatro de la tarde y sigo entre sábanas. Buscar y retroceder, notar en qué punto fue donde perdí los papeles es inútil. Creí que eran bromas, patrañas, locos los que decían que de nada vale la marcha hacia atrás. Acostado y ya despierto, necesito una brújula, me he extraviado entre la colcha y el edredón. Mis manos toscas carecen de la fuerza necesaria para deshacerme del enredo. Es grande el hambre, muy largo mi tedio y nula mi sonrisa.
Un halo de luz se filtra entre las cortinas. Cuando pensé que no volvería a ver el sol durante no sé cuánto tiempo más, aparece sin rumor. Será que las cosas bonitas de la vida aparecen sin necesidad de invitación. Me levanto. Sin saber qué hacer, tomo con avidez como por instinto, las zapatillas para correr, ¿Hasta dónde ire? Hasta donde me lleven mis pies. El polo manga corta, las medias gruesas, el capri, las mismas zapatillas, cabeza en su lugar, brazos duros, piernas listas, bajo las escaleras lo antes posible, quiero ir hasta la playa y comprobar que el sol sí salió.
Correr es maravilloso. Todo el que puede hacerlo y no lo hace, no sabe lo que se pierde. La gente me mira mientras tomo algo de velocidad, subo una vereda, casi choco con un poste, me detengo porque un grupo de perros me ha comenzado a seguir. Calle para arriba las casas nuevas, mucha gente en un gimnasio, tiendas de abarrotes, buses de transporte público, taxis, bicicletas, el colegio, nada extraño ni excesivo porque el barrio donde vivo es sumamente tranquilo. Llegar hasta la playa no es muy complicado, son tan solo dos kilómetros, un poco de barro, y una brisa más húmeda a medida que avanzas. El rostro de la gente tiene diversos tamaños, colores, gestos, formas de expresión. De pronto, llego a la avenida larga que me llevará hasta mi destino. Logro divisar a unos pocos corredores que de la misma forma que yo, han encontrado consuelo a sus días tristes en correr hasta la playa; o tal vez ya tenían la costumbre de salir hacia allí. La competencia, las ganas de ser mejor y superior me invaden, quiero rebasar a todos los corredores cercanos; incremento la velocidad mientras ellos se impresionan silenciosamente de mi ímpetu. Siempre con la nariz apuntando diagonalmente hacia el cielo, ese cielo infinito e imponente, acelero mucho más. Voy rápido, miro hacia el frente y por más amplia que sea la avenida, rozo con personas que llegan en sentido contrario. No concibo que vayan contrarios a donde se esconde y despide el sol. La calle empieza a tornarse sinuosa, la brisa marina ha hecho que la cubierta de las veredas no soporten el poder del tiempo. Calle rota. Sigo rebasando corredores escasos, río para mí mismo en el preciso momento en el que siento que mi pie derecho resbala, mi pierna izquierda se dobla, mi rodilla grita, y el cuerpo cae sin suspiros; así como cuando me creí el más afortunado del mundo, no siempre tengo la razón. La hilaridad del deceso no se hizo esperar, corredores sonrientes pasaron por mi lado tanto de ida y de vuelta y ninguno me ayudó. Tal vez necesite poner la cabeza en el congelador.
Ya es tarde. Continúo con mi marcha y el pecho no resiste, la garganta mucho peor. Un espectáculo triste, el sol estaba cubierto por nubes y nunca supe si es que realmente salió por completo. La playa vociferaba ininteligiblemente, el viento replicaba los achaques, duro es el tiempo y más aún la desesperación. Cuando pienso dar media vuelta, el horizonte me llama. Seguir hacia el frente y llegar hasta la orilla de la playa corriendo no tan enérgicamente como la última vez que me despedí, pero la situación ameritaba tal circunstancia; empiezo a trotar pues tan acostumbrado estoy a agilizar las situaciones, que ya olvidé lo qué significa olvidar. La arena gruesa mojada juguetea con la goma de mi zapatilla, se hunde el pie entero y la mirada sincera y extrañada de los vecinos no se ocultan bajo caretas; así soy (pienso), en el preciso momento en el cual suelto una carcajada al sentir que mi pie es tragado por la incalculable cantidad de granito. Río porque recuerdo algo que nunca pasó. Es maravilloso cerrar los ojos e inventar alegrías de donde solo se podría exigir explicación. Los que llegan hasta lo más alto saben que es sabio reconocer dónde dejaron huellas, cuáles son, qué tan arraigadas han quedado sobre la tierra, y qué tan identificado con ese lugar está su corazón. Tal vez no he llegado lejos, pero me gusta mirar este ocaso sin aspavientos; olas, aves, viento, color. De pronto, como por sorpresa, una pequeña explosión me moja el rostro. A caminar. Resignado a volver igual a como vine, el frío me empuja a regresar, y cuando ya perdía de vista la bahía y su olor, el ambiente se calienta. El sol ha hallado un pequeño rincón justo cuando besa la mar. ¿Cómo estás?.
¿Por qué los golpes?. Días enteros, tardes completas que sin rumores o presentimientos permiten que el sol me salude, feliz, tibiamente duro en el ocaso que me hace renovar compromisos, son como latidos débiles de un niño, son como las hormonas efervecentes de un adolescente, como el abrazo tierno de un padre a un hijo, como las graciosas canas de un anciano y como el recuerdo nostálgico del que se fue. Echado en la cama me acaloraba, pasaban las horas y no llegaba a ningún lugar; parado mirando al sol despedirse me enfrío, pero me hace sentirme humano, pues golpes, son como amistades, como goles a los noventa y tres, como pasteles, como catarsis, como tú, como yo.
sábado, 19 de junio de 2010
Víctima 1
Las sábanas saben de rumores, delatan sueños, pasión, esperanza; te dan resguardo cuando más decaído y solo te puedes encuentrar, y en el epílogo, al final de los días fatídicos y del olvido de Dios, los párpados cerrados y la cabeza en cualquier parte, todo bien porque ha llegado la tranquilidad que nos hizo tanta falta.
Me encuentro parado, algo nervioso y muy cansado, todo esto al frente de la puerta de la facultad. La gente entra, algunos son más rápidos que otros y muestran sus carnés de identidad a los vigilantes que resguardan el ingreso, unos tantos con sonrisas despreocupadas, los demás fingen gestos inexpresivos, parece no importarles lo que pasa alrededor; y yo, a diferencia de ellos, estoy estático a pocos metros del víaducto principal con la mirada perdida y los bolsillos vacíos. Me robaron y no sé cómo.
Cielo gris, un pájaro tieso justo en el medio del jardín derecho, muchachos riendo, otros preocupados, todos abrigados mirando con algo de compasión al inafortunado plumífero plateado. Siento frío, tengo las manos asperas, los ojos tristes mientras le explico al guardia que no tengo documentos que mostrar. Me insisten en ir al edificio administrativo, que al menos, esta tarde él no me permitirá pasar. Sin suerte, cruzo la pista sin mirar a los carros, el semáforo, o la gente que pasa cerca de mí.
Ya adentro de tal recinto más vigilantes de rostros apáticos, más profesores y anfitrionas, atención al universitario; un numeroso grupo de chicas ríe en las inmediaciones de la cafetería mientras yo avanzo con avidez, subo las escaleras metálicas color granate que están en el lado izquierdo del edificio; en el patio central se encuentran un grupo de muchachos requiriendo sus boletas de pago -No se las podemos entregar - Yo no quiero imprimir mis recibos vía internet - No tienen otra alternativa. En resgistros académicos pregunto por la señora Robles, la persona que suele dar información en casos confusos como este. Voy hacia su oficina -¿Qué desea?- Perdí mis documentos y no sé cómo- Cómo no va a saber, ya no está en el colegio, señor- Es que estaba viniendo en mi bus y de pronto cuando palpé mi bolsillo ya no tenía mis carnés de ingreso- Le daré un pase, dícteme su código- 2009216878- Tome, válido por hoy- Muchas gracias, se lo debo infinitamente- Tiene que ver cómo duplicar esos papeles, señor...Hernández.
Un halo turbio, recorro el largo y ancho de la esplendorosa muralla de cemento que es mi facultad, las fuerzas centrifugadas y los pies adoloridos, chicas cantando una canción en inglés sentadas en una de seis bancas del primer pabellón, la biblioteca por allí, yo sigo de frente, por donde vine me iré, las máquinas dispensadoras de café y de gaseosa, todo y absolutamente todo al aire libre ya que las aulas se encuentran finalizando este recorrido. En el patio central hay un sinfín de personas, estudiantes intercambiando separatas, se puede notar un gran incremento de la población común de fumadores. A la izquierda se encuentra un grupo de muchachos de uno de mis ex salones, cada uno de ellos me mira con indiferencia y describen el ademán de no haberme notado. No importa.
Perfecto, como si fuera poco, suena el timbre de entrada justo antes de que ingrese a los salones de clase, corro, corro por esos pasillos amenos, la gente sonríe y encuentra gracia en mi desesperación, les agrada el hecho de que me quede sin recibir la cátedra diaria lo cual puede que resulte satisfactorio para mí también. Ingreso. Las aulas grandes, similares, llenas unas y vacías otras. Está por cerrarse la de mi salón, vuelvo a correr con el corazón en la mano, en la puerta del horno se quema el pan pero mi pie impide que se consume el refrán, ojos contra ojos, el profesor y yo, se hace a un lado, ingreso al salón.
Me encuentro parado, algo nervioso y muy cansado, todo esto al frente de la puerta de la facultad. La gente entra, algunos son más rápidos que otros y muestran sus carnés de identidad a los vigilantes que resguardan el ingreso, unos tantos con sonrisas despreocupadas, los demás fingen gestos inexpresivos, parece no importarles lo que pasa alrededor; y yo, a diferencia de ellos, estoy estático a pocos metros del víaducto principal con la mirada perdida y los bolsillos vacíos. Me robaron y no sé cómo.
Cielo gris, un pájaro tieso justo en el medio del jardín derecho, muchachos riendo, otros preocupados, todos abrigados mirando con algo de compasión al inafortunado plumífero plateado. Siento frío, tengo las manos asperas, los ojos tristes mientras le explico al guardia que no tengo documentos que mostrar. Me insisten en ir al edificio administrativo, que al menos, esta tarde él no me permitirá pasar. Sin suerte, cruzo la pista sin mirar a los carros, el semáforo, o la gente que pasa cerca de mí.
Ya adentro de tal recinto más vigilantes de rostros apáticos, más profesores y anfitrionas, atención al universitario; un numeroso grupo de chicas ríe en las inmediaciones de la cafetería mientras yo avanzo con avidez, subo las escaleras metálicas color granate que están en el lado izquierdo del edificio; en el patio central se encuentran un grupo de muchachos requiriendo sus boletas de pago -No se las podemos entregar - Yo no quiero imprimir mis recibos vía internet - No tienen otra alternativa. En resgistros académicos pregunto por la señora Robles, la persona que suele dar información en casos confusos como este. Voy hacia su oficina -¿Qué desea?- Perdí mis documentos y no sé cómo- Cómo no va a saber, ya no está en el colegio, señor- Es que estaba viniendo en mi bus y de pronto cuando palpé mi bolsillo ya no tenía mis carnés de ingreso- Le daré un pase, dícteme su código- 2009216878- Tome, válido por hoy- Muchas gracias, se lo debo infinitamente- Tiene que ver cómo duplicar esos papeles, señor...Hernández.
Un halo turbio, recorro el largo y ancho de la esplendorosa muralla de cemento que es mi facultad, las fuerzas centrifugadas y los pies adoloridos, chicas cantando una canción en inglés sentadas en una de seis bancas del primer pabellón, la biblioteca por allí, yo sigo de frente, por donde vine me iré, las máquinas dispensadoras de café y de gaseosa, todo y absolutamente todo al aire libre ya que las aulas se encuentran finalizando este recorrido. En el patio central hay un sinfín de personas, estudiantes intercambiando separatas, se puede notar un gran incremento de la población común de fumadores. A la izquierda se encuentra un grupo de muchachos de uno de mis ex salones, cada uno de ellos me mira con indiferencia y describen el ademán de no haberme notado. No importa.
Perfecto, como si fuera poco, suena el timbre de entrada justo antes de que ingrese a los salones de clase, corro, corro por esos pasillos amenos, la gente sonríe y encuentra gracia en mi desesperación, les agrada el hecho de que me quede sin recibir la cátedra diaria lo cual puede que resulte satisfactorio para mí también. Ingreso. Las aulas grandes, similares, llenas unas y vacías otras. Está por cerrarse la de mi salón, vuelvo a correr con el corazón en la mano, en la puerta del horno se quema el pan pero mi pie impide que se consume el refrán, ojos contra ojos, el profesor y yo, se hace a un lado, ingreso al salón.
sábado, 5 de junio de 2010
Dícese del furibundo (Conversaciones contigo 2)
A rastras o por voluntad; si te ensusiaste deliberadamente la ropa de etiqueta lavando trastes justo antes de salir al exterior: aún puedes limpiar el traje, tal vez cambiar de ropa e intentar sonreir. Si es que olvidaste en casa algún objeto importante del cual dependías: aún puedes volver, tal vez irte resignado e intentar sonreir. Si es que el cielo anda nublado y se le nota tan tétrica como la impaciente noche, ¿no puedes hacer nada?.
He allí una constante: quedarnos impotentes de la furia porque el día de hoy todo ha resultado mal y no como yo lo planeé, como yo quise que fueran las cosas, como debería todo ser. Pues no, después de una vida de caprichos, reto y refuto la posición del que cree que las cosas deberían únicamente ser como ellos piensan, pues si surge un imprevisto: ¿A quién culparán? ¿A quién?
Tales simples palabras conforman el idealismo de aquel que puede andar tranquilo, ¿y cuándo todo el universo se oponga a ti , o cuando todo salga tan mal, inmejorable, terrible? ¿Qué harás, optimista? ¿Una sonrisa? Pues respondo: sí, sonreir.
¿Y si muriera mi madre y mi hermano en un accidente, y si fuera por culpa de un borracho en su coche que teniendo responsabilidades magnánimas en tal hecho, se da a la fuga, también sonreiré? Pues no, he aquí el punto de quiebre del humano. En primer lugar, exponer ese caso es poco audaz suponiendo que rebalsa cualquier magnitud emotiva en cualquier humano que se considere en sus parámetros, sería un poco extraño querer hallar en la sonrisa las soluciones a los problemas, es aquí efectivamente donde lograremos apreciar el poder de controlar una situación, resulta casi imposible minimizar el dolor en situaciones como esta, la única persona capaz de lograr controlar tales casos e hipótesis como esta es uno mismo. Todo objetivo cumplido tendrá cierto grado de valor, suponiendo desde dónde vino y cuánto esfuerzo se implicó en llegar a la meta. ¿Qué poderes puedo tener yo, tal vez mi único poder sea crear problemas con una facilidad infinita? No lo sé, pensar obsesivamente en negativo denota también cierto aliciente de inmadurez e inestabilidad; no pido que andemos cruzando solo frases optimistas por nuestra mente, pero pensar negativamente, que todo saldrá bien, que vivimos un infierno, debería darnos fuerzas para afrontar las sitaciones antes mencionadas.
¿Qué, no jodas, osea todo está en mí? Pues sí.
(Mi "yo" abandonó la conversación, previamente habiendo descargado una serie de improperios, nada más y nada menos contra mí mismo)
Aún así escribiré. La calma y la confianza pueden ser aliados siempre y cuando trabajen en conjunto. La sonrisa de la cual hablé no es ese gesto mecánico con el cual expresamos conformidad, no es esa mueca recíproca cuando queremos agradar a alguien, para mí, es ese gesto divino de la persona que desea demostrarse cuan alto puede llegar. Es ese afán innato de coraje que solo los más humildes y sencillos pueden realizar. Es ese asesino de los hipócritas, es la biblia del optimista y la luz del liberador. Una sonrisa dice más que "una imagen" y mil palabras.Y es por eso que pienso, aunque con remotas posibilidades, que cuando el cielo ande nublado aún puede haber gente que haciendo un esfuerzo poniendo de sí, quiera alcanzar, ver a través del techo plomo y lograr admirar lo radiante del sol.
Gracias má, gracias pá.
He allí una constante: quedarnos impotentes de la furia porque el día de hoy todo ha resultado mal y no como yo lo planeé, como yo quise que fueran las cosas, como debería todo ser. Pues no, después de una vida de caprichos, reto y refuto la posición del que cree que las cosas deberían únicamente ser como ellos piensan, pues si surge un imprevisto: ¿A quién culparán? ¿A quién?
Tales simples palabras conforman el idealismo de aquel que puede andar tranquilo, ¿y cuándo todo el universo se oponga a ti , o cuando todo salga tan mal, inmejorable, terrible? ¿Qué harás, optimista? ¿Una sonrisa? Pues respondo: sí, sonreir.
¿Y si muriera mi madre y mi hermano en un accidente, y si fuera por culpa de un borracho en su coche que teniendo responsabilidades magnánimas en tal hecho, se da a la fuga, también sonreiré? Pues no, he aquí el punto de quiebre del humano. En primer lugar, exponer ese caso es poco audaz suponiendo que rebalsa cualquier magnitud emotiva en cualquier humano que se considere en sus parámetros, sería un poco extraño querer hallar en la sonrisa las soluciones a los problemas, es aquí efectivamente donde lograremos apreciar el poder de controlar una situación, resulta casi imposible minimizar el dolor en situaciones como esta, la única persona capaz de lograr controlar tales casos e hipótesis como esta es uno mismo. Todo objetivo cumplido tendrá cierto grado de valor, suponiendo desde dónde vino y cuánto esfuerzo se implicó en llegar a la meta. ¿Qué poderes puedo tener yo, tal vez mi único poder sea crear problemas con una facilidad infinita? No lo sé, pensar obsesivamente en negativo denota también cierto aliciente de inmadurez e inestabilidad; no pido que andemos cruzando solo frases optimistas por nuestra mente, pero pensar negativamente, que todo saldrá bien, que vivimos un infierno, debería darnos fuerzas para afrontar las sitaciones antes mencionadas.
¿Qué, no jodas, osea todo está en mí? Pues sí.
(Mi "yo" abandonó la conversación, previamente habiendo descargado una serie de improperios, nada más y nada menos contra mí mismo)
Aún así escribiré. La calma y la confianza pueden ser aliados siempre y cuando trabajen en conjunto. La sonrisa de la cual hablé no es ese gesto mecánico con el cual expresamos conformidad, no es esa mueca recíproca cuando queremos agradar a alguien, para mí, es ese gesto divino de la persona que desea demostrarse cuan alto puede llegar. Es ese afán innato de coraje que solo los más humildes y sencillos pueden realizar. Es ese asesino de los hipócritas, es la biblia del optimista y la luz del liberador. Una sonrisa dice más que "una imagen" y mil palabras.Y es por eso que pienso, aunque con remotas posibilidades, que cuando el cielo ande nublado aún puede haber gente que haciendo un esfuerzo poniendo de sí, quiera alcanzar, ver a través del techo plomo y lograr admirar lo radiante del sol.
Gracias má, gracias pá.
Conversaciones contigo
¿Te nacen ganas de hablar contigo mismo? ¿Resulta inevitable hablar obsesivamente sobre un mismo tema, pero el receptor eres tú mismo? Responde, como dije, tú mismo te estás cuestionando, responde.
Este será mi pequeño itinerario de pensamientos míos y que desearía debatir, Conversaciones contigo.
He logrado llegar a la condicional de que la interacción con nuestro yo es de trascendal importancia cuando de hacer cosas se trata. Planear actos, una estrategia en juego, todo debe ser consensuado. En la universidad, afirman que según la escuela Psicológica de la Comunicación poseemos tres fuentes locales de influencia directa: la cabeza, pensamientos voluntarios y racionales; el corazón, centro y fuente de la emotividad; las vísceras, apenino imprescindible de los deseos íntimos y de las necesidades más inherentes a nuestro yo. Entonces, como diría mi propio yo ¿Y a mi qué chu? En realidad no. Sí me debería importar.
La adolescencia es una etapa de cambios incontrolables. Además de ser el fraccionamiento de la vida por el cual estoy transcurriendo. No me parece fatídico como la tildan, además, creo saber que en este corto periodo eligiré qué seré para siempre. Así que cuestionamos nuestras decisiones, pero poco a poco no nos arriesgasmos al elegir. La preocupación por el futuro es tan poderosa que es como una carga insostenible. Tanto es el miedo a afrontar situaciones que muchas veces preferimos la inhibición. Este es el punto al que quiero llegar. Confiamos demasiado en la interacción que podemos tener con nosotros mismos, que incluso hay veces en las cuales llegamos a pensar que con nosotros sobra y basta, pensamos ser autosuficientes, y dejamos de intentar socializar. Socializar es un proceso constante y al cual se le tiene que tener consideración, podría asemejarse a algo que nos guste, siempre sin abandonarlo pero sin abusar de él. Socializar es un punto clave en la vida de cada adolescente y/o humano ya que según este rubro formará muchas perspectivas personales, además de tener en cuenta de su rol en la sociedad.
¿Y entonces, por qué te alejas? Hay veces en las cuales resulta extremadamente complicado entablar lazos con el entorno. Personas hostiles, barreras altas, grupos muy cerrados, poca confianza, y dicho sea de paso la universidad parece un jungla.
¿Por qué entonces no saldrás hoy? Porque mamá está enojada.
¿Por qué entonces no rompes los candados y te lanzas a la piscina? Porque hay posibilidades de que la piscina no tenga agua.
¿Entonces te quedarás callado para siempre? El proceso requiere de interés ¿cierto? Lo que se debe hacer, y lo digo pensando únicamente en mi caso, es no perder de vista las relaciones con la gente con la cual tienes amistad. Es inevitable muchas veces, pero la familia y los amigos pueden significar de mucho apoyo cuando hace falta una sonrisa ajena.
¿Entonces hablarás? No solo hablaré, seré más atento con todos los aspectos que conciernan la comunicación interpersonal. Jamás se puede saber hasta cuando es necesario la importancia de lazos y relaciones, señores, lazos y relaciones.
Amigos
Este será mi pequeño itinerario de pensamientos míos y que desearía debatir, Conversaciones contigo.
He logrado llegar a la condicional de que la interacción con nuestro yo es de trascendal importancia cuando de hacer cosas se trata. Planear actos, una estrategia en juego, todo debe ser consensuado. En la universidad, afirman que según la escuela Psicológica de la Comunicación poseemos tres fuentes locales de influencia directa: la cabeza, pensamientos voluntarios y racionales; el corazón, centro y fuente de la emotividad; las vísceras, apenino imprescindible de los deseos íntimos y de las necesidades más inherentes a nuestro yo. Entonces, como diría mi propio yo ¿Y a mi qué chu? En realidad no. Sí me debería importar.
La adolescencia es una etapa de cambios incontrolables. Además de ser el fraccionamiento de la vida por el cual estoy transcurriendo. No me parece fatídico como la tildan, además, creo saber que en este corto periodo eligiré qué seré para siempre. Así que cuestionamos nuestras decisiones, pero poco a poco no nos arriesgasmos al elegir. La preocupación por el futuro es tan poderosa que es como una carga insostenible. Tanto es el miedo a afrontar situaciones que muchas veces preferimos la inhibición. Este es el punto al que quiero llegar. Confiamos demasiado en la interacción que podemos tener con nosotros mismos, que incluso hay veces en las cuales llegamos a pensar que con nosotros sobra y basta, pensamos ser autosuficientes, y dejamos de intentar socializar. Socializar es un proceso constante y al cual se le tiene que tener consideración, podría asemejarse a algo que nos guste, siempre sin abandonarlo pero sin abusar de él. Socializar es un punto clave en la vida de cada adolescente y/o humano ya que según este rubro formará muchas perspectivas personales, además de tener en cuenta de su rol en la sociedad.
¿Y entonces, por qué te alejas? Hay veces en las cuales resulta extremadamente complicado entablar lazos con el entorno. Personas hostiles, barreras altas, grupos muy cerrados, poca confianza, y dicho sea de paso la universidad parece un jungla.
¿Por qué entonces no saldrás hoy? Porque mamá está enojada.
¿Por qué entonces no rompes los candados y te lanzas a la piscina? Porque hay posibilidades de que la piscina no tenga agua.
¿Entonces te quedarás callado para siempre? El proceso requiere de interés ¿cierto? Lo que se debe hacer, y lo digo pensando únicamente en mi caso, es no perder de vista las relaciones con la gente con la cual tienes amistad. Es inevitable muchas veces, pero la familia y los amigos pueden significar de mucho apoyo cuando hace falta una sonrisa ajena.
¿Entonces hablarás? No solo hablaré, seré más atento con todos los aspectos que conciernan la comunicación interpersonal. Jamás se puede saber hasta cuando es necesario la importancia de lazos y relaciones, señores, lazos y relaciones.
Amigos
viernes, 21 de mayo de 2010
El rostro de su alma
Sé quien eres y cual es tu misión. Digan lo que digan, me sumo a tu dolor.
En qué momento ocurrió, no lo sé. Tan solo nací y por susurros oscuros sin rostro supe de él. Lo admiré desde pequeño y deposité cada gota roja de admiración en sus bruces. Admito haberlo seguido como tantos otros, pero de a pocos lo abandonaron y he quedado solitario esperando verlo algún día en su lugar correspondido. Es tal vez su sacrificio de mesías inquebrantable, el de luz en las tienieblas, el de mártir luchador, lo que a mí como a muchos nos impresionó. Y reitero con nostalgia, en qué momento ocurrió. Porque un mal día, el cual desconozco y no concebí, lo capturaron entre tantos y no volví a saber de él; lo alejaron de mí, y hoy clamo a voz en cuello y sin temor su restitución. Pues hoy, tanto sus pocos fieles como yo evocamos su presencia lejana y no olvidamos que carga en su lomo las injusticias del terror, porque sus lágrimas secas aún persisten en su rostro gallardo; sus pies descalzos avanzan por monotonía, pero hay rumor de obligación. Sus ojos tristes han presenciado las más terribles barbaridades, muertes, y por ello lo han vendado sin dubitación. En ese cuello, cicatrices; en su estómago, pobreza y dolor. Ha sido puñeteado más de mil y una vez, pero nadie lo defiende, y aunque no lo entienda, ya nadie por él querrá luchar. Han abusado, lo han violado sin piedad, han bebido su esencia, y el mal ha sido atroz. El hermetismo, la hipocresía y la desesperación, han hecho de él un circo sin gracia, ha quedado sordo por los gritos y maniatado desde sus miembros hasta el latir más remoto de su corazón. Mientras que su mirada, aquella mirada vendada, aún percibe las breves intermitencias de los pocos que clamamos justicia por los horrores que sufre, y de inmediato somos silenciados sus defensores; el verdugo, alimentando con ignorancia a las masas, triunfó. Su boca, ha sido rellenada de patadas y le han hecho proferir innumerables veces incoherencias que no son propias de él, ahora es mudo y su contraparte solo celebra esta perdición pues es así como transcurren sus días, una ronda habitual de venas abiertas porque tal vez no tiene médico ni protector, pero hay aún en él un afán liberador. Ríe, no comprenden, y desconocen la existencia de un hijo suyo; su fama es infinita y aunque tenga que luchar, estoy dispuesto a dar mi vida por él, una y mil veces más. No lograrán acabar con el ideal que profesó un día, porque sé que lo lastimarán sin dudar, y chillarán, y crujirán, y dispararán, pero sabrán que desde hoy hasta el final, antes de silenciarlo eternamente el corazón me deben arrancar. Y aunque no sepa cuanto tiempo me tomará su libertad consumar, encontraremos él y yo consuelo en esta pluma que mi papá me enseñó a utilizar, porque mientras alguien escriba todo lo que ve ante la sociedad, el periodismo que tanto amo nunca morirá.
En qué momento ocurrió, no lo sé. Tan solo nací y por susurros oscuros sin rostro supe de él. Lo admiré desde pequeño y deposité cada gota roja de admiración en sus bruces. Admito haberlo seguido como tantos otros, pero de a pocos lo abandonaron y he quedado solitario esperando verlo algún día en su lugar correspondido. Es tal vez su sacrificio de mesías inquebrantable, el de luz en las tienieblas, el de mártir luchador, lo que a mí como a muchos nos impresionó. Y reitero con nostalgia, en qué momento ocurrió. Porque un mal día, el cual desconozco y no concebí, lo capturaron entre tantos y no volví a saber de él; lo alejaron de mí, y hoy clamo a voz en cuello y sin temor su restitución. Pues hoy, tanto sus pocos fieles como yo evocamos su presencia lejana y no olvidamos que carga en su lomo las injusticias del terror, porque sus lágrimas secas aún persisten en su rostro gallardo; sus pies descalzos avanzan por monotonía, pero hay rumor de obligación. Sus ojos tristes han presenciado las más terribles barbaridades, muertes, y por ello lo han vendado sin dubitación. En ese cuello, cicatrices; en su estómago, pobreza y dolor. Ha sido puñeteado más de mil y una vez, pero nadie lo defiende, y aunque no lo entienda, ya nadie por él querrá luchar. Han abusado, lo han violado sin piedad, han bebido su esencia, y el mal ha sido atroz. El hermetismo, la hipocresía y la desesperación, han hecho de él un circo sin gracia, ha quedado sordo por los gritos y maniatado desde sus miembros hasta el latir más remoto de su corazón. Mientras que su mirada, aquella mirada vendada, aún percibe las breves intermitencias de los pocos que clamamos justicia por los horrores que sufre, y de inmediato somos silenciados sus defensores; el verdugo, alimentando con ignorancia a las masas, triunfó. Su boca, ha sido rellenada de patadas y le han hecho proferir innumerables veces incoherencias que no son propias de él, ahora es mudo y su contraparte solo celebra esta perdición pues es así como transcurren sus días, una ronda habitual de venas abiertas porque tal vez no tiene médico ni protector, pero hay aún en él un afán liberador. Ríe, no comprenden, y desconocen la existencia de un hijo suyo; su fama es infinita y aunque tenga que luchar, estoy dispuesto a dar mi vida por él, una y mil veces más. No lograrán acabar con el ideal que profesó un día, porque sé que lo lastimarán sin dudar, y chillarán, y crujirán, y dispararán, pero sabrán que desde hoy hasta el final, antes de silenciarlo eternamente el corazón me deben arrancar. Y aunque no sepa cuanto tiempo me tomará su libertad consumar, encontraremos él y yo consuelo en esta pluma que mi papá me enseñó a utilizar, porque mientras alguien escriba todo lo que ve ante la sociedad, el periodismo que tanto amo nunca morirá.
En silencio, desde el atardecer
Aunque se oculten las respuestas y los obstáculos me hagan padecer, nada ni nadie me prohibirá robar ese tiempo perdido para idealizar, este añorado atardecer.
Casualmente es de noche y no me increpo el hecho de andar a tan altas horas bordeando mi natal Lima. La couster avanza a ritmo moribundo, el frío arrecia contra los lomos más resistentes de la metrópoli, los minutos galopan a paso veloz y mis ojos se cierran sin hallar en mí oposición. Me siento solo porque solo estoy, las excusas abundan, dañan, persisten, me obligan a desertar.
De niño, muy de niño y hasta hace poco tiempo, soñaba con correr por las bandas laterales, ya no sentir las piernas a raíz del cansancio, saltar hasta los puntos más alejados del área enemiga, gambetear en diagonal, dejar que de mi pecho se desprenda el corazón, gritar un gol, celebrar ante el aullido delirante de miles de hinchas catárquicos, cuidar los cuatro palos derramando a chorro limpio el sudor que cueste y sea necesario, dejar el rezago más profundo de mi alma en la cancha, perder para aprender, ganar por ser feliz. Hasta hoy recuerdo la primera vez que entré a un estadio, la gente, el ruido, la emoción en cada rostro. Sabía que quería hacerlo, pero nunca me atreví a enfrentar todo lo implícito ligado al sacrificio. Fichajes, pruebas y calentamiento, mucho miedo y temor a lograr un futuro que si bien no me hubiera hecho feliz, tal vez hubiera justificado las horas con las que pensé alcanzar una estrella, mi estrella. Pasaron los días, la esperanza intacta, y las posibilidades altas. Contra todo pronóstico, arrugué. Jamás encaré a esas pruebas de talento tan afamadas en mis repetitivas pesadillas. No fue una sino incontables veces en las cuales hui, no encaré y perdí; el arrepentimiento caería por su propio peso, supe deducir aún siendo tan solo un niño, que no estaba haciendo lo que me dictaba el corazón. Hoy, con una rodilla lastimada, lo único que puedo hacer es sacarme el ancho para no cagarla cada vez que voy al encuentro del balón. Confieso que junto a la rodilla lastimada, nacieron los pretextos subyugantes que harían agonizar por milésima y última vez, el primer y más grande sueño de mi vida, el de un futbolista campeón. Hallé razones por doquier, que siendo lógicas según el común denominador, esos que se hacen llamar "mayoría de gente", justificaban que esa misma añoranza, mi añoranza!, la tuvieron medio millón de muchachos más. Tales motivos banales y tan superficiales como ellos, terminaron siendo lo que en un inicio supe que eran: pamplinas que ocultan la mediocridad del que planea sin ganas de concretar lo que pensó hacer. Yo sí quise jugar con el balón, no por la fama ni los autógrafos, sino por el inconfundible olor a césped recién podado de la cancha auxiliar de entrenamiento. Quise jugar con el balón, porque hallé en mí la fuerza necesaria que ocasionó estratégicamente quebrar aquella defensa de mis padres: "estudia, que es la única manera de salir adelante". Y aunque mi rodilla no tenga solución, y aunque no seré el centrocampista más afanado por los medios expertos en deportes, y aunque el césped nunca cambie ese inconfundible y recordado olor, no estoy dispuesto a dejar ir otra oportunidad. Jamás, nunca jamás; no viviría para contar cuán cobarde pude ser, cuán cobarde soy.
Porque aunque las respuestas ya pude ubicar, y los obstáculos pudieron más, sigo dormido en la couster tiritando de frío, solo, más solo que nunca y con los ojos cerrados, idealizando que sí pude robarle tiempo al tiempo y que nunca más permitiré estar sentado en esta playa solitaria, llorando junto a las cenizas gruesas de mis sueños muertos, viendo por última vez este conocido y tan familiar, viejo atardecer.
Casualmente es de noche y no me increpo el hecho de andar a tan altas horas bordeando mi natal Lima. La couster avanza a ritmo moribundo, el frío arrecia contra los lomos más resistentes de la metrópoli, los minutos galopan a paso veloz y mis ojos se cierran sin hallar en mí oposición. Me siento solo porque solo estoy, las excusas abundan, dañan, persisten, me obligan a desertar.
De niño, muy de niño y hasta hace poco tiempo, soñaba con correr por las bandas laterales, ya no sentir las piernas a raíz del cansancio, saltar hasta los puntos más alejados del área enemiga, gambetear en diagonal, dejar que de mi pecho se desprenda el corazón, gritar un gol, celebrar ante el aullido delirante de miles de hinchas catárquicos, cuidar los cuatro palos derramando a chorro limpio el sudor que cueste y sea necesario, dejar el rezago más profundo de mi alma en la cancha, perder para aprender, ganar por ser feliz. Hasta hoy recuerdo la primera vez que entré a un estadio, la gente, el ruido, la emoción en cada rostro. Sabía que quería hacerlo, pero nunca me atreví a enfrentar todo lo implícito ligado al sacrificio. Fichajes, pruebas y calentamiento, mucho miedo y temor a lograr un futuro que si bien no me hubiera hecho feliz, tal vez hubiera justificado las horas con las que pensé alcanzar una estrella, mi estrella. Pasaron los días, la esperanza intacta, y las posibilidades altas. Contra todo pronóstico, arrugué. Jamás encaré a esas pruebas de talento tan afamadas en mis repetitivas pesadillas. No fue una sino incontables veces en las cuales hui, no encaré y perdí; el arrepentimiento caería por su propio peso, supe deducir aún siendo tan solo un niño, que no estaba haciendo lo que me dictaba el corazón. Hoy, con una rodilla lastimada, lo único que puedo hacer es sacarme el ancho para no cagarla cada vez que voy al encuentro del balón. Confieso que junto a la rodilla lastimada, nacieron los pretextos subyugantes que harían agonizar por milésima y última vez, el primer y más grande sueño de mi vida, el de un futbolista campeón. Hallé razones por doquier, que siendo lógicas según el común denominador, esos que se hacen llamar "mayoría de gente", justificaban que esa misma añoranza, mi añoranza!, la tuvieron medio millón de muchachos más. Tales motivos banales y tan superficiales como ellos, terminaron siendo lo que en un inicio supe que eran: pamplinas que ocultan la mediocridad del que planea sin ganas de concretar lo que pensó hacer. Yo sí quise jugar con el balón, no por la fama ni los autógrafos, sino por el inconfundible olor a césped recién podado de la cancha auxiliar de entrenamiento. Quise jugar con el balón, porque hallé en mí la fuerza necesaria que ocasionó estratégicamente quebrar aquella defensa de mis padres: "estudia, que es la única manera de salir adelante". Y aunque mi rodilla no tenga solución, y aunque no seré el centrocampista más afanado por los medios expertos en deportes, y aunque el césped nunca cambie ese inconfundible y recordado olor, no estoy dispuesto a dejar ir otra oportunidad. Jamás, nunca jamás; no viviría para contar cuán cobarde pude ser, cuán cobarde soy.
Porque aunque las respuestas ya pude ubicar, y los obstáculos pudieron más, sigo dormido en la couster tiritando de frío, solo, más solo que nunca y con los ojos cerrados, idealizando que sí pude robarle tiempo al tiempo y que nunca más permitiré estar sentado en esta playa solitaria, llorando junto a las cenizas gruesas de mis sueños muertos, viendo por última vez este conocido y tan familiar, viejo atardecer.
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