viernes, 22 de octubre de 2010

Una mañana universitaria

Examen calificado de Técnicas de Periodismo Escrito

Premisa:La Licenciada en Ciencias de la Comunicación xxxxxx xxxxxx xxxxxxxx invita a los alumnos de tercer ciclo a relatar de manera suelta su día Viernes 21 de octubre de 2010. Rescata un momento de tu día. El estilo es libre; el reto es hacerlo.


Aproximadamente a las cinco y media de la mañana el cielo empieza a aclarear, y las primeras quejas existenciales se erigen junto al nuevo día. Tengo la certeza de que el 70% de personas en la ciudad capital sienten algo muy parecido a lo que percibo yo. Sueltas y espontáneas nacen mis primeras palabras, las cuales crecen proporcionalmente al avance voraz del amanecer.

- Putamadre ¿ya amaneció?


*Hora - 6:25

- Media hora no le hace mal a nadie, especialmente a mí.


*Hora - 8:15

- Juro que uno de estos días me mato.


*Hora de levantarse: 8:23am.

*Hora de desayunar: Este inciso no ha sido registrado desde hace 2 meses (la última vez que vino mamá).

*Hora de salir de casa: 8:29 am.

*Hora de tomar el carro rumbo a la universidad: 8:30 am.


-¿No se supone que debo despertar mucho antes que la hora de salir a la calle? ¿Cómo rayos se supone que llegaré al paradero en tan solo un minuto, si queda aproximadamente a un kilómetro de mi hogar? La primera conclusión que hago todas las mañanas de mi vida es: me debo levantar un poco más temprano de hoy en adelante. Y no sé porqué la frase "de hoy en adelante" resume mis días a la perfección. Definitivamente, esto es mera casualidad.


*Hora de renegar por el tránsito: Este inciso ha sido percibido más de 40 veces en pocas horas, especificarlo en momentos precisos ocuparía mucho espacio.
*Hora de pagar pasaje: 9:10 (si tengo el tiempo a mi favor). Este es un momento particularmente doloroso en la vida de todo universitario de a pie que trabaja.
*Hora de entrar a clases: 9:28 (previa competencia contra-reloj frente a uno mismo, el reto es superar las marcas anteriores, y con ello ingresar a clases antes de que los vigilantes cierren con pizarrones gigantes el acceso a los salones de clase).

Increíble lo que se puede ver en el asiento de un microbús. Hoy observé dos jóvenes colegiales patear por turnos a un perro, lo cual no hubiera sido muy extraño si es que el perro no hubiera contrarestado el ataque con incomparable gallardía.

*Hora de escuchar cátedra: 9:30 - ??? Nunca se sabe cuándo los profesores andan de humor como para suprimir su cátedra. Por lo general suelen dar intervalos largos de descanso para aquellos que no andan en igualdad de condiciones intelectuales frente al resto de compañeros de clase, que tampoco son muy agraciados en dicho tema que digamos.

Todo ha marchado extrañamente bien. Como es costumbre mía he participado en clase y he prestado atención a las indicaciones dadas en su momento. Al final de la cátedra noté que me sería provechoso traer, la próxima vez, un cuaderno y lapiceros.

*Hora de comer: 11:00 (La comida de la cafetería de la facultad es insoportablemente mala. Mala, también, es la visión de mercado por parte de los encargados: aún no se percatan de que cinco soles no es el precio justo para tallarines fríos)
*Hora de Vida social :) : Permanente, inciso muy importante para un universitario feliz.
*Hora de volver a clases: 13:00

He caído en cuenta de que desde hace dos ciclos vengo profiriendo las mismas excusas, que mi itinerario no ha cambiado, y que la rutina es un peligro para el bienestar psicológico de cualquier persona. Si tuviera que rescatar algún momento de mi día sería ese que no especifiqué, en el cual voy al pupitre del profesor y le cuento qué es lo que hice el día anterior con mi enamorada. No es por vanagloriarme de hazañas sin sentido, pero no es mi culpa que los profesores de la universidad recuerden con cierta nostalgia y orgullo sus años de máxima gloria.

Roger Hernández - Sótano 03










La vulgaridad no siempre es graciosa.
Calificación: 04 (cuatro)

Puede ver los exámenes de aplazados en el muro de información de la Escuela profesional. Éxitos.

jueves, 21 de octubre de 2010

Si tuviera que elegir

Madre mía, las tres de la madrugada.

No andaré con hipocresías ni con aspavientos ilusos. Este soy yo, aquí estoy, solo espero el insoportable veredicto que dicta la memoria y la consciencia. Esta, muy queridos amigos míos, es una gota al cántaro, un país del mundo, un ápice de la inmensidad, un segundo de la vida, un todo del nada. Puse mis manos al fuego por esto y me quemé. No sé qué significa la tolerancia, tampoco lo quiero saber, nunca me importó. Estoy seguro que todo lo que he hecho ha resultado, no necesariamente como yo quería, pero ha tenido un principio y un fin, y me enorgullezco de eso. Pero hoy, en este momento y en este lugar, he descubierto que me equivoqué. Cuán difícil resulta admitirlo, cuán pesado resulta cargar duras penas y andar cabizbajo ante la adversidad. Estar sentado en la misma banca del parque en la cual pensé en ella incontables veces, en la cual tomé sus manos, nos juramos amor (aunque sea por el resto del día); estar hoy sentado en la misma banca en la cual me dijo que ya no quería nada más, no tiene precio: porque tengo la oportunidad de estar aquí cuantas veces me sea necesario, y porque las bancas del parque son gratuitas. No sobrellevé nuestra relación como debí. Verme derrotado en un territorio ampliamente conocido por mí es caer en cuenta que le despojé atención a quién más lo necesitaba y a quién más lo requería. Estoy triste por amor, quién lo diría, una noche más, una estrella más, una luna más; yo no me contento con haberla perdido. Pero resulté ser un derrotado que se despojó de mucho más que un primer amor: perdí la inocencia, el carisma, la mirada de niño. Me acostumbré a quedar hipnotizado: no estoy muerto, pero tampoco ando vivo.

Esta es una historia sin final, diría mamá.

¿Pero esto, acaso, no había terminado antes? Es cierto. Esto acabó hace mucho: se debilitó, enfermó, marchitó, hirió, perplejó, estancó y ensució. ¿Entonces qué estoy esperando yo? Que las circunstancias cambien a mi favor. Un gol en tiempo suplementario, un atardecer a las 3. Qué ridiculez, digna de análisis psicopático.

Pero soy humano, más que muchos. He tenido el gusto de amar a una mujer bellísima, que no me correspondió al principio y que luego cambió de parecer. No me puedo quejar, Dios: he sido feliz. Talvez temo que el tiempo se lleve los mejores recuerdos que tengo de ella y ella de mí, o que otro y otra reemplacen en su memoria, y la mía, lo que yo hicimos con tanto esfuerzo. Talvez nunca noté que cosas como las que vivimos no se pueden olvidar. Pernocté en sus sueños, di lo que no tuve por ella, puse mis manos al fuego y, reitero, me quemé. Pero qué bien me sienta haberme quemado por y de amor. Desdichados condenados al fracaso aquellos que declinan detalles tan bellos como una nueva oportunidad. Vamos.

Esta vez tengo perdón, pero no por mucho tiempo. Alargar, magullar y manipular algo que ya se consolidó como tal es un pecado que se paga con lágrimas. Si le doy diez minutos más a esta historia, que ya huele a perro muerto (sin exagerar), estaré condenado a la obsesión durante un buen tiempo, mil noches, cienmil estrellas más.

Entonces...

Viviré en su recuerdo: puedo ser un completo desconocido para el mundo, me da igual, pero si me dieran a elegir un refugio, quisiera su recuerdo. Me contentaré: por fin termino con esto. Me convenceré de que una cerveza helada es lo mismo que un whisky on the rocks: no me devolverán ni un segundo de su pelo. Dejaré de romper cosas cuando te recuerde (ahora lo sabes, madre, porque algunos aparatos andan dañados), sonreiré porque nos sienta mejor. Miraré a los ojos, dormiré de noche.

Hay tanto por hacer.

Y madre mía, el reloj se paró; tanto tiempo llevo en esto que el tiempo se cansó de esperar. Si tuviera que elegir, no cambiaría nada. Y yo que creía que no todos merecen una segunda oportunidad.

sábado, 31 de julio de 2010

Pseudo filosofía contemporánea

Si el humano notara que acostumbra actuar por instinto y azar, descubriría que la mezcla de su razocinio y naturaleza le otorgan ese halo indescriptibe, que sin lugar a dudas pertenece a aquellas condiciones mortales que hacen de la vida un deleite único en su especie.

-Déjame salir más tarde, quiero vivir.

El tiempo transcurre dejando rezagos no siempre agradables, pero para hablar de tal nos vemos exigidos de aportar mucho sentido común y tacto. Hay veces en las cuales nos encontramos implícitos en situaciones poco frecuentes; idealizamos instantes eternos de catarsis o emoción, que por momentáneos que suelen ser, acostumbran dejar huellas en el baúl del pasado. Existen, también, días nefastos en los cuales vemos interpuesto ese "no sé qué" que apretuja nuestro temperamento y estado emocional. Aún me impresiona la rapidez con la cual una persona puede cambiar de estado de ánimo. Somos seres tan complejos y llenos de "engranajes" que vemos dificultada nuestro funcionamiento al "cien por cien", como diría un análisis de rendimiento.

- Déjame en paz, no quiero hablar, no sé qué me pasa.

Y con respecto al hombre y el tiempo se hallan las relaciones interpersonales inherentes a su personalidad.

- Me llegas al pincho.

Y por último, los vicios sociales.

- Quiero chupar.

Y para concluir, suicidios diarios.

- Ya fue, mañana será.

Achaques diarios y contemporáneos. Hallarlos, analizarlos y hacerles frente nos denotará estar un paso adelante ante el reinante relativismo empírico diario.

lunes, 5 de julio de 2010

Como tú, como yo.

Miradas. Días enteros, tardes completas que sin rumores o presentimientos permiten que el sol figure, delicado, tibiamente terso en el ocaso que muere, son como latidos débiles de un niño, como perder un mundial por penales, como la hambuerguesa, como el dolor, como tú.

Dormido, sin preocupaciones y sin apesumbramientos levanto los párpados, siento que ha trascurrudo mucho tiempo; son las cuatro de la tarde y sigo entre sábanas. Buscar y retroceder, notar en qué punto fue donde perdí los papeles es inútil. Creí que eran bromas, patrañas, locos los que decían que de nada vale la marcha hacia atrás. Acostado y ya despierto, necesito una brújula, me he extraviado entre la colcha y el edredón. Mis manos toscas carecen de la fuerza necesaria para deshacerme del enredo. Es grande el hambre, muy largo mi tedio y nula mi sonrisa.

Un halo de luz se filtra entre las cortinas. Cuando pensé que no volvería a ver el sol durante no sé cuánto tiempo más, aparece sin rumor. Será que las cosas bonitas de la vida aparecen sin necesidad de invitación. Me levanto. Sin saber qué hacer, tomo con avidez como por instinto, las zapatillas para correr, ¿Hasta dónde ire? Hasta donde me lleven mis pies. El polo manga corta, las medias gruesas, el capri, las mismas zapatillas, cabeza en su lugar, brazos duros, piernas listas, bajo las escaleras lo antes posible, quiero ir hasta la playa y comprobar que el sol sí salió.

Correr es maravilloso. Todo el que puede hacerlo y no lo hace, no sabe lo que se pierde. La gente me mira mientras tomo algo de velocidad, subo una vereda, casi choco con un poste, me detengo porque un grupo de perros me ha comenzado a seguir. Calle para arriba las casas nuevas, mucha gente en un gimnasio, tiendas de abarrotes, buses de transporte público, taxis, bicicletas, el colegio, nada extraño ni excesivo porque el barrio donde vivo es sumamente tranquilo. Llegar hasta la playa no es muy complicado, son tan solo dos kilómetros, un poco de barro, y una brisa más húmeda a medida que avanzas. El rostro de la gente tiene diversos tamaños, colores, gestos, formas de expresión. De pronto, llego a la avenida larga que me llevará hasta mi destino. Logro divisar a unos pocos corredores que de la misma forma que yo, han encontrado consuelo a sus días tristes en correr hasta la playa; o tal vez ya tenían la costumbre de salir hacia allí. La competencia, las ganas de ser mejor y superior me invaden, quiero rebasar a todos los corredores cercanos; incremento la velocidad mientras ellos se impresionan silenciosamente de mi ímpetu. Siempre con la nariz apuntando diagonalmente hacia el cielo, ese cielo infinito e imponente, acelero mucho más. Voy rápido, miro hacia el frente y por más amplia que sea la avenida, rozo con personas que llegan en sentido contrario. No concibo que vayan contrarios a donde se esconde y despide el sol. La calle empieza a tornarse sinuosa, la brisa marina ha hecho que la cubierta de las veredas no soporten el poder del tiempo. Calle rota. Sigo rebasando corredores escasos, río para mí mismo en el preciso momento en el que siento que mi pie derecho resbala, mi pierna izquierda se dobla, mi rodilla grita, y el cuerpo cae sin suspiros; así como cuando me creí el más afortunado del mundo, no siempre tengo la razón. La hilaridad del deceso no se hizo esperar, corredores sonrientes pasaron por mi lado tanto de ida y de vuelta y ninguno me ayudó. Tal vez necesite poner la cabeza en el congelador.

Ya es tarde. Continúo con mi marcha y el pecho no resiste, la garganta mucho peor. Un espectáculo triste, el sol estaba cubierto por nubes y nunca supe si es que realmente salió por completo. La playa vociferaba ininteligiblemente, el viento replicaba los achaques, duro es el tiempo y más aún la desesperación. Cuando pienso dar media vuelta, el horizonte me llama. Seguir hacia el frente y llegar hasta la orilla de la playa corriendo no tan enérgicamente como la última vez que me despedí, pero la situación ameritaba tal circunstancia; empiezo a trotar pues tan acostumbrado estoy a agilizar las situaciones, que ya olvidé lo qué significa olvidar. La arena gruesa mojada juguetea con la goma de mi zapatilla, se hunde el pie entero y la mirada sincera y extrañada de los vecinos no se ocultan bajo caretas; así soy (pienso), en el preciso momento en el cual suelto una carcajada al sentir que mi pie es tragado por la incalculable cantidad de granito. Río porque recuerdo algo que nunca pasó. Es maravilloso cerrar los ojos e inventar alegrías de donde solo se podría exigir explicación. Los que llegan hasta lo más alto saben que es sabio reconocer dónde dejaron huellas, cuáles son, qué tan arraigadas han quedado sobre la tierra, y qué tan identificado con ese lugar está su corazón. Tal vez no he llegado lejos, pero me gusta mirar este ocaso sin aspavientos; olas, aves, viento, color. De pronto, como por sorpresa, una pequeña explosión me moja el rostro. A caminar. Resignado a volver igual a como vine, el frío me empuja a regresar, y cuando ya perdía de vista la bahía y su olor, el ambiente se calienta. El sol ha hallado un pequeño rincón justo cuando besa la mar. ¿Cómo estás?.

¿Por qué los golpes?. Días enteros, tardes completas que sin rumores o presentimientos permiten que el sol me salude, feliz, tibiamente duro en el ocaso que me hace renovar compromisos, son como latidos débiles de un niño, son como las hormonas efervecentes de un adolescente, como el abrazo tierno de un padre a un hijo, como las graciosas canas de un anciano y como el recuerdo nostálgico del que se fue. Echado en la cama me acaloraba, pasaban las horas y no llegaba a ningún lugar; parado mirando al sol despedirse me enfrío, pero me hace sentirme humano, pues golpes, son como amistades, como goles a los noventa y tres, como pasteles, como catarsis, como tú, como yo.

sábado, 19 de junio de 2010

Víctima 1

Las sábanas saben de rumores, delatan sueños, pasión, esperanza; te dan resguardo cuando más decaído y solo te puedes encuentrar, y en el epílogo, al final de los días fatídicos y del olvido de Dios, los párpados cerrados y la cabeza en cualquier parte, todo bien porque ha llegado la tranquilidad que nos hizo tanta falta.

Me encuentro parado, algo nervioso y muy cansado, todo esto al frente de la puerta de la facultad. La gente entra, algunos son más rápidos que otros y muestran sus carnés de identidad a los vigilantes que resguardan el ingreso, unos tantos con sonrisas despreocupadas, los demás fingen gestos inexpresivos, parece no importarles lo que pasa alrededor; y yo, a diferencia de ellos, estoy estático a pocos metros del víaducto principal con la mirada perdida y los bolsillos vacíos. Me robaron y no sé cómo.

Cielo gris, un pájaro tieso justo en el medio del jardín derecho, muchachos riendo, otros preocupados, todos abrigados mirando con algo de compasión al inafortunado plumífero plateado. Siento frío, tengo las manos asperas, los ojos tristes mientras le explico al guardia que no tengo documentos que mostrar. Me insisten en ir al edificio administrativo, que al menos, esta tarde él no me permitirá pasar. Sin suerte, cruzo la pista sin mirar a los carros, el semáforo, o la gente que pasa cerca de mí.

Ya adentro de tal recinto más vigilantes de rostros apáticos, más profesores y anfitrionas, atención al universitario; un numeroso grupo de chicas ríe en las inmediaciones de la cafetería mientras yo avanzo con avidez, subo las escaleras metálicas color granate que están en el lado izquierdo del edificio; en el patio central se encuentran un grupo de muchachos requiriendo sus boletas de pago -No se las podemos entregar - Yo no quiero imprimir mis recibos vía internet - No tienen otra alternativa. En resgistros académicos pregunto por la señora Robles, la persona que suele dar información en casos confusos como este. Voy hacia su oficina -¿Qué desea?- Perdí mis documentos y no sé cómo- Cómo no va a saber, ya no está en el colegio, señor- Es que estaba viniendo en mi bus y de pronto cuando palpé mi bolsillo ya no tenía mis carnés de ingreso- Le daré un pase, dícteme su código- 2009216878- Tome, válido por hoy- Muchas gracias, se lo debo infinitamente- Tiene que ver cómo duplicar esos papeles, señor...Hernández.

Un halo turbio, recorro el largo y ancho de la esplendorosa muralla de cemento que es mi facultad, las fuerzas centrifugadas y los pies adoloridos, chicas cantando una canción en inglés sentadas en una de seis bancas del primer pabellón, la biblioteca por allí, yo sigo de frente, por donde vine me iré, las máquinas dispensadoras de café y de gaseosa, todo y absolutamente todo al aire libre ya que las aulas se encuentran finalizando este recorrido. En el patio central hay un sinfín de personas, estudiantes intercambiando separatas, se puede notar un gran incremento de la población común de fumadores. A la izquierda se encuentra un grupo de muchachos de uno de mis ex salones, cada uno de ellos me mira con indiferencia y describen el ademán de no haberme notado. No importa.

Perfecto, como si fuera poco, suena el timbre de entrada justo antes de que ingrese a los salones de clase, corro, corro por esos pasillos amenos, la gente sonríe y encuentra gracia en mi desesperación, les agrada el hecho de que me quede sin recibir la cátedra diaria lo cual puede que resulte satisfactorio para mí también. Ingreso. Las aulas grandes, similares, llenas unas y vacías otras. Está por cerrarse la de mi salón, vuelvo a correr con el corazón en la mano, en la puerta del horno se quema el pan pero mi pie impide que se consume el refrán, ojos contra ojos, el profesor y yo, se hace a un lado, ingreso al salón.

sábado, 5 de junio de 2010

Dícese del furibundo (Conversaciones contigo 2)

A rastras o por voluntad; si te ensusiaste deliberadamente la ropa de etiqueta lavando trastes justo antes de salir al exterior: aún puedes limpiar el traje, tal vez cambiar de ropa e intentar sonreir. Si es que olvidaste en casa algún objeto importante del cual dependías: aún puedes volver, tal vez irte resignado e intentar sonreir. Si es que el cielo anda nublado y se le nota tan tétrica como la impaciente noche, ¿no puedes hacer nada?.

He allí una constante: quedarnos impotentes de la furia porque el día de hoy todo ha resultado mal y no como yo lo planeé, como yo quise que fueran las cosas, como debería todo ser. Pues no, después de una vida de caprichos, reto y refuto la posición del que cree que las cosas deberían únicamente ser como ellos piensan, pues si surge un imprevisto: ¿A quién culparán? ¿A quién?

Tales simples palabras conforman el idealismo de aquel que puede andar tranquilo, ¿y cuándo todo el universo se oponga a ti , o cuando todo salga tan mal, inmejorable, terrible? ¿Qué harás, optimista? ¿Una sonrisa? Pues respondo: sí, sonreir.

¿Y si muriera mi madre y mi hermano en un accidente, y si fuera por culpa de un borracho en su coche que teniendo responsabilidades magnánimas en tal hecho, se da a la fuga, también sonreiré? Pues no, he aquí el punto de quiebre del humano. En primer lugar, exponer ese caso es poco audaz suponiendo que rebalsa cualquier magnitud emotiva en cualquier humano que se considere en sus parámetros, sería un poco extraño querer hallar en la sonrisa las soluciones a los problemas, es aquí efectivamente donde lograremos apreciar el poder de controlar una situación, resulta casi imposible minimizar el dolor en situaciones como esta, la única persona capaz de lograr controlar tales casos e hipótesis como esta es uno mismo. Todo objetivo cumplido tendrá cierto grado de valor, suponiendo desde dónde vino y cuánto esfuerzo se implicó en llegar a la meta. ¿Qué poderes puedo tener yo, tal vez mi único poder sea crear problemas con una facilidad infinita? No lo sé, pensar obsesivamente en negativo denota también cierto aliciente de inmadurez e inestabilidad; no pido que andemos cruzando solo frases optimistas por nuestra mente, pero pensar negativamente, que todo saldrá bien, que vivimos un infierno, debería darnos fuerzas para afrontar las sitaciones antes mencionadas.

¿Qué, no jodas, osea todo está en mí? Pues sí.
(Mi "yo" abandonó la conversación, previamente habiendo descargado una serie de improperios, nada más y nada menos contra mí mismo)

Aún así escribiré. La calma y la confianza pueden ser aliados siempre y cuando trabajen en conjunto. La sonrisa de la cual hablé no es ese gesto mecánico con el cual expresamos conformidad, no es esa mueca recíproca cuando queremos agradar a alguien, para mí, es ese gesto divino de la persona que desea demostrarse cuan alto puede llegar. Es ese afán innato de coraje que solo los más humildes y sencillos pueden realizar. Es ese asesino de los hipócritas, es la biblia del optimista y la luz del liberador. Una sonrisa dice más que "una imagen" y mil palabras.Y es por eso que pienso, aunque con remotas posibilidades, que cuando el cielo ande nublado aún puede haber gente que haciendo un esfuerzo poniendo de sí, quiera alcanzar, ver a través del techo plomo y lograr admirar lo radiante del sol.





Gracias má, gracias pá.

Conversaciones contigo

¿Te nacen ganas de hablar contigo mismo? ¿Resulta inevitable hablar obsesivamente sobre un mismo tema, pero el receptor eres tú mismo? Responde, como dije, tú mismo te estás cuestionando, responde.

Este será mi pequeño itinerario de pensamientos míos y que desearía debatir, Conversaciones contigo.

He logrado llegar a la condicional de que la interacción con nuestro yo es de trascendal importancia cuando de hacer cosas se trata. Planear actos, una estrategia en juego, todo debe ser consensuado. En la universidad, afirman que según la escuela Psicológica de la Comunicación poseemos tres fuentes locales de influencia directa: la cabeza, pensamientos voluntarios y racionales; el corazón, centro y fuente de la emotividad; las vísceras, apenino imprescindible de los deseos íntimos y de las necesidades más inherentes a nuestro yo. Entonces, como diría mi propio yo ¿Y a mi qué chu? En realidad no. Sí me debería importar.

La adolescencia es una etapa de cambios incontrolables. Además de ser el fraccionamiento de la vida por el cual estoy transcurriendo. No me parece fatídico como la tildan, además, creo saber que en este corto periodo eligiré qué seré para siempre. Así que cuestionamos nuestras decisiones, pero poco a poco no nos arriesgasmos al elegir. La preocupación por el futuro es tan poderosa que es como una carga insostenible. Tanto es el miedo a afrontar situaciones que muchas veces preferimos la inhibición. Este es el punto al que quiero llegar. Confiamos demasiado en la interacción que podemos tener con nosotros mismos, que incluso hay veces en las cuales llegamos a pensar que con nosotros sobra y basta, pensamos ser autosuficientes, y dejamos de intentar socializar. Socializar es un proceso constante y al cual se le tiene que tener consideración, podría asemejarse a algo que nos guste, siempre sin abandonarlo pero sin abusar de él. Socializar es un punto clave en la vida de cada adolescente y/o humano ya que según este rubro formará muchas perspectivas personales, además de tener en cuenta de su rol en la sociedad.

¿Y entonces, por qué te alejas? Hay veces en las cuales resulta extremadamente complicado entablar lazos con el entorno. Personas hostiles, barreras altas, grupos muy cerrados, poca confianza, y dicho sea de paso la universidad parece un jungla.

¿Por qué entonces no saldrás hoy? Porque mamá está enojada.

¿Por qué entonces no rompes los candados y te lanzas a la piscina? Porque hay posibilidades de que la piscina no tenga agua.

¿Entonces te quedarás callado para siempre? El proceso requiere de interés ¿cierto? Lo que se debe hacer, y lo digo pensando únicamente en mi caso, es no perder de vista las relaciones con la gente con la cual tienes amistad. Es inevitable muchas veces, pero la familia y los amigos pueden significar de mucho apoyo cuando hace falta una sonrisa ajena.

¿Entonces hablarás? No solo hablaré, seré más atento con todos los aspectos que conciernan la comunicación interpersonal. Jamás se puede saber hasta cuando es necesario la importancia de lazos y relaciones, señores, lazos y relaciones.



Amigos