Todos los días, al despertar, juro que voy a cambiar. Todos los días, al almorzar, juro que por fin voy a cambiar. Todos los días, al acostarme, siento que no pude cambiar absolutamente nada. La magia del cambio se halla -supongo- en el sacrificado proceso que denota emprenderlo, y seguir, y continuar, y persistir; y bien por los pacientes, pero vivo a mi manera.
Supongo que mañana me levantaré y -por lo menos- pensaré en cambiar, aunque no sepa qué.
O mejor no me preguntaré nada.
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