miércoles, 13 de enero de 2010

Cuando palabras sobran y entendimiento basta

Me encantaría tener una lámpara académica, esas que utilizan los aplicados y los científicos en noche frías, como esta. Hace poco el reloj de pared marcó la medianoche y recordé, con cierta amargura, que la pila estaba fallando. Me encuentro solo en la cocina. El mantel que puso mamá en la tarde estaba manchado de chicha en uno de los extremos, cosa que no despertaba en mí ni repudio ni ganas de lavarlo; hay veces que llego a creer que me simpatiza mucho la simplicidad, o la ociocidad. Predí la radio y traté de localizar la estación juvenil del momento, sin embargo, me vi mermado ya que la música que transmitían en ese momento está de moda, y a mí no me gusta la moda. Si radicalizaba mis decisiones, apagaba la radio y continuaba en mi letargo, pero opté por llevar la señal a una estación de música del recuerdo. Debo admitir que mis gustos musicales son extremadamente variados, puedo escuchar melodías sufridas que sólo los románticos empedernidos soportan, así como cantar un reguee, o tocar, con mi guitarra imaginaria, el bajo de una canción de los Cadillacs. Tuve una discusión con el viejo cuando me pidió revisar el trabajo que me suplicó elaborar la tarde entera. Él iría con mi mamá a una reunión critiana de esas que no soporto. Él, con poca afinidad y tacto en trato y formas, me increpó la baja resolución de una de las imágenes al tríptico. En mi cabeza no cupia el hecho de que yo hiciese tanto esfuerzo por ganarme su aprecio (cosa que sólo podía hacer cada mes, durante dos días) y él no lo valorara. Yo, con escaza paciencia, resolví responderle que cuando quisiera agradecerme por el trabajo hecho, me busque en la sala. Mi rostro se mostró encandescente como cuando uno se enfrenta a situaciones embarazosas o ciertamente, inhóspitas. Me levanté de la silla en la cual estuve sentado, durante más de siete horas haciendo lo que me solicitó. Mi mamá, que expectó el espectáculo con sumo cuidado, quiso minimizar mi actitud, o la de mi padre; en realidad, ya ni sé de quien.

-Yo, tanto como tú papá, hemos aguantado rabietas durante diecisiete años; ¿no podrías explicarle cómo puede hacer la chambita él mismo? Recuerda tu universidad...

Eso fue suficiente. Me dolió mucho. Me enojé de manera inusitada porque, aunque lo negara y quisiera refutarlo, ambas proposiciones eran verdad; estaba en razón cierta, y para mí, en ese momento, eso era totalmente adverso; no lo pude soportar. Me tendió la mano sobre mi hombro derecho, el más tenso y únicamente atiné a retirarla violentamente. Pude notar, durante segundos limitados y tan breves como un pestañeo, la escena tal y como la vería un testigo. Como para no mitigar mi malestar, noté los ojos tristes de mi madre, dulces y perdidos, como de aquel que teme perder algo muy importante, invaluable. Salí del cuarto paternal directamente al baño como de costumbre. Desde niño tuve una cualidad especial que siempre me distinguió de otros niños, siempre atinaba a evaluar mi conducta después de una discusión. Al parecer, perdí el tino y regresioné a una etapa de niño sin compasión, o sólo era la adolescencia. En ese momento, pensaba únicamente, en el por qué mi papá tuvo la discapacidad de notar mi rostro cansado y mi paciencia colmada. Entonces, ante las inexistentes objeciones paternales me consolé arremetiendo contra Dios. Me miré al espejo, con rabia contenida, mordiéndome los labios al punto de lacerarlos, le reclamé a Dios mi altura (insignificante detalle que había significado haberme quedado relegado para un concierto hace dos semanas antes), mi rostro víctima de acné, el dolor intenso de mis meniscos sin tratamiento (lo cual me impedía realizar ejercicios continuamente durante más quince minutos), la ausencia de una persona de confianza a la cual poderle hablar y contarle que la semana pasada tuve que pelear con un cobrador de transporte público por una tarifa injusta, decisión que culminó cuando el prominente tipo me empujó del vehículo cuatro cuadras antes de llegar a mi destino; y en realidad, eso era lo que más necesitaba, siempre quise un hermano mayor, y yo terminé siéndolo, en realidad, siempre lo fui. Continuaba vociferando que la navidad me parecía una celebración estúpida donde el gran común de la gente sólo piensa en consolidar sus deseos, acordándose de Jesús, una vez al año, durante dos minutos y por beneficios empíricos. Blasfemaba y continuaba, no me callé nada, ni si quiera cuando recordé que un indescriptible dolor interno apresaba mi corazón en ese momento, hice memoria e hincapié en que hay heridas que no sanan y que hay veces que sentimos que no lo curarán jamás…


-Hijo, regálame sólo un minuto.
-Ni un minuto, no quiero nada de ti, mamá.

Mi cabeza daba vueltas. Mis lágrimas desencajaban mi semblante y me daba una apariencia de perdido. No sé qué me impulso para abrir la puerta. Cuando lo hice, ella se abalanzó a mi pecho y a gran velocidad (para que no huyera) dijo:

- La vida finge darnos tiempo para enojarnos y para reclamar por lo que creémos justo y fuera de lugar, pero a la vez, te recuerdo que nos da la oportunidad de reflexionar y de dar la cara ante lo desconocido, afrontar mounstros, reir con un chiste cotidiano, o agradecer por estar aquí, justo en ese instante y momento mirándola yo a ella, y ella a mí; yo, a la mujer que muchas veces desencadenaba grandes torrentes de ira por mis venas, y ella, al pequeño niño con el que soñó cuando solamente era una adolescente, aquel hijo suyo que se esforzaba por parecer frío, pero que no podía eliminar de su rostro la mirada tierna de un niño.

Es cuando escribió en la pared utilizando un lapicero que encontró al alcance: "Soy Bueno, siempre trato de ser el mejor, podré con mi mal humor, Roger"

Seguido de tal inscripción, fue cuando colocó una última frase, la cual hizo mella en lo más profundo de mi ser: "Dios me ama, y yo te amo".

-Mami, no te vayas nunca.
-Pero algún día lo tendré que hacer, es más, lo haría con gusto en este momento, pude hacer lo que nunca hizo mamá, mirar hacia al frente.

De pronto, el abrazo prolongado, se transformó en una respuesta. No necesitaba ser más alto, tengo piernas para caminar. Tengo acné, pero aún así puedo levantar mi rostro y sobresalir ante los demás. Mis rodillas gritan, pero puedo consolarlas con descanso. No necesitaba un hermano mayor, con el menor basta, sobra, y nadie me hizo más feliz jamás. No lo tengo todo, pero hace minutos, creí que no tenía nada.

-Mari, ¿por qué sueles ser tan dura con nosotros?
-Eso no te lo respondo hoy porque es algo que tú mismo debes notar. Si no quisiera que crecieras como persona, te facilitaría la vida y llegarías a un punto en el cual necesitarías la existencia de alguien sólo para la resolución de tus problemas, y tú te separaste de mí hace diecisiete años para ser mejor que yo.
-Aún no saco mi título, es más, no pude...
-No me refiero a eso, yo estaré consolidada como madre cuando sepa que tú estarás bien sin la presencia de tu papá, o de mí, porque considero que esa es mi misión, y mi razón de ser.
-Me siento culpable, derrochas tanto esfuerzo que dejas de lado tus sueños...
-Mis sueños siguen allí, intactos. Te aseguro que los voy a alcanzar...
-Gracias mamá...
-Gracias a ti...

-Ahora explícame porque no puedo lamerme el codo...
-Ahora tú explícame porque no te dejas de cojudeces, vas al cuarto y ayudas a papá...

(Risas...)

3 comentarios:

  1. Una tierna historia (real)
    Con una real solución feliz...
    Cosas de la vida de una U otra manera =)

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  2. Creo que fue bueno tener unas larvitas como inquilinas en tu refri.... ahora sabes que no es bueno seguir siendo indiferente a la limpieza, la organización y limpieza son muy importantes para una buena calidad de vida.
    !TE LO DIJE!
    JAJAJAJA

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  3. Roger:

    Gracias a Dios y a la vida por haberme hecho viajar en en el mismo tren de la vida contigo. Te admiro y creo que ninguna mamá está mas orgullosa de tener un hijo tan bueno y lindo como tu, el viaje hasta ahora ha sido fantástico.
    Sigue escribiendo mi Chuck

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