viernes, 22 de octubre de 2010

Una mañana universitaria

Examen calificado de Técnicas de Periodismo Escrito

Premisa:La Licenciada en Ciencias de la Comunicación xxxxxx xxxxxx xxxxxxxx invita a los alumnos de tercer ciclo a relatar de manera suelta su día Viernes 21 de octubre de 2010. Rescata un momento de tu día. El estilo es libre; el reto es hacerlo.


Aproximadamente a las cinco y media de la mañana el cielo empieza a aclarear, y las primeras quejas existenciales se erigen junto al nuevo día. Tengo la certeza de que el 70% de personas en la ciudad capital sienten algo muy parecido a lo que percibo yo. Sueltas y espontáneas nacen mis primeras palabras, las cuales crecen proporcionalmente al avance voraz del amanecer.

- Putamadre ¿ya amaneció?


*Hora - 6:25

- Media hora no le hace mal a nadie, especialmente a mí.


*Hora - 8:15

- Juro que uno de estos días me mato.


*Hora de levantarse: 8:23am.

*Hora de desayunar: Este inciso no ha sido registrado desde hace 2 meses (la última vez que vino mamá).

*Hora de salir de casa: 8:29 am.

*Hora de tomar el carro rumbo a la universidad: 8:30 am.


-¿No se supone que debo despertar mucho antes que la hora de salir a la calle? ¿Cómo rayos se supone que llegaré al paradero en tan solo un minuto, si queda aproximadamente a un kilómetro de mi hogar? La primera conclusión que hago todas las mañanas de mi vida es: me debo levantar un poco más temprano de hoy en adelante. Y no sé porqué la frase "de hoy en adelante" resume mis días a la perfección. Definitivamente, esto es mera casualidad.


*Hora de renegar por el tránsito: Este inciso ha sido percibido más de 40 veces en pocas horas, especificarlo en momentos precisos ocuparía mucho espacio.
*Hora de pagar pasaje: 9:10 (si tengo el tiempo a mi favor). Este es un momento particularmente doloroso en la vida de todo universitario de a pie que trabaja.
*Hora de entrar a clases: 9:28 (previa competencia contra-reloj frente a uno mismo, el reto es superar las marcas anteriores, y con ello ingresar a clases antes de que los vigilantes cierren con pizarrones gigantes el acceso a los salones de clase).

Increíble lo que se puede ver en el asiento de un microbús. Hoy observé dos jóvenes colegiales patear por turnos a un perro, lo cual no hubiera sido muy extraño si es que el perro no hubiera contrarestado el ataque con incomparable gallardía.

*Hora de escuchar cátedra: 9:30 - ??? Nunca se sabe cuándo los profesores andan de humor como para suprimir su cátedra. Por lo general suelen dar intervalos largos de descanso para aquellos que no andan en igualdad de condiciones intelectuales frente al resto de compañeros de clase, que tampoco son muy agraciados en dicho tema que digamos.

Todo ha marchado extrañamente bien. Como es costumbre mía he participado en clase y he prestado atención a las indicaciones dadas en su momento. Al final de la cátedra noté que me sería provechoso traer, la próxima vez, un cuaderno y lapiceros.

*Hora de comer: 11:00 (La comida de la cafetería de la facultad es insoportablemente mala. Mala, también, es la visión de mercado por parte de los encargados: aún no se percatan de que cinco soles no es el precio justo para tallarines fríos)
*Hora de Vida social :) : Permanente, inciso muy importante para un universitario feliz.
*Hora de volver a clases: 13:00

He caído en cuenta de que desde hace dos ciclos vengo profiriendo las mismas excusas, que mi itinerario no ha cambiado, y que la rutina es un peligro para el bienestar psicológico de cualquier persona. Si tuviera que rescatar algún momento de mi día sería ese que no especifiqué, en el cual voy al pupitre del profesor y le cuento qué es lo que hice el día anterior con mi enamorada. No es por vanagloriarme de hazañas sin sentido, pero no es mi culpa que los profesores de la universidad recuerden con cierta nostalgia y orgullo sus años de máxima gloria.

Roger Hernández - Sótano 03










La vulgaridad no siempre es graciosa.
Calificación: 04 (cuatro)

Puede ver los exámenes de aplazados en el muro de información de la Escuela profesional. Éxitos.

jueves, 21 de octubre de 2010

Si tuviera que elegir

Madre mía, las tres de la madrugada.

No andaré con hipocresías ni con aspavientos ilusos. Este soy yo, aquí estoy, solo espero el insoportable veredicto que dicta la memoria y la consciencia. Esta, muy queridos amigos míos, es una gota al cántaro, un país del mundo, un ápice de la inmensidad, un segundo de la vida, un todo del nada. Puse mis manos al fuego por esto y me quemé. No sé qué significa la tolerancia, tampoco lo quiero saber, nunca me importó. Estoy seguro que todo lo que he hecho ha resultado, no necesariamente como yo quería, pero ha tenido un principio y un fin, y me enorgullezco de eso. Pero hoy, en este momento y en este lugar, he descubierto que me equivoqué. Cuán difícil resulta admitirlo, cuán pesado resulta cargar duras penas y andar cabizbajo ante la adversidad. Estar sentado en la misma banca del parque en la cual pensé en ella incontables veces, en la cual tomé sus manos, nos juramos amor (aunque sea por el resto del día); estar hoy sentado en la misma banca en la cual me dijo que ya no quería nada más, no tiene precio: porque tengo la oportunidad de estar aquí cuantas veces me sea necesario, y porque las bancas del parque son gratuitas. No sobrellevé nuestra relación como debí. Verme derrotado en un territorio ampliamente conocido por mí es caer en cuenta que le despojé atención a quién más lo necesitaba y a quién más lo requería. Estoy triste por amor, quién lo diría, una noche más, una estrella más, una luna más; yo no me contento con haberla perdido. Pero resulté ser un derrotado que se despojó de mucho más que un primer amor: perdí la inocencia, el carisma, la mirada de niño. Me acostumbré a quedar hipnotizado: no estoy muerto, pero tampoco ando vivo.

Esta es una historia sin final, diría mamá.

¿Pero esto, acaso, no había terminado antes? Es cierto. Esto acabó hace mucho: se debilitó, enfermó, marchitó, hirió, perplejó, estancó y ensució. ¿Entonces qué estoy esperando yo? Que las circunstancias cambien a mi favor. Un gol en tiempo suplementario, un atardecer a las 3. Qué ridiculez, digna de análisis psicopático.

Pero soy humano, más que muchos. He tenido el gusto de amar a una mujer bellísima, que no me correspondió al principio y que luego cambió de parecer. No me puedo quejar, Dios: he sido feliz. Talvez temo que el tiempo se lleve los mejores recuerdos que tengo de ella y ella de mí, o que otro y otra reemplacen en su memoria, y la mía, lo que yo hicimos con tanto esfuerzo. Talvez nunca noté que cosas como las que vivimos no se pueden olvidar. Pernocté en sus sueños, di lo que no tuve por ella, puse mis manos al fuego y, reitero, me quemé. Pero qué bien me sienta haberme quemado por y de amor. Desdichados condenados al fracaso aquellos que declinan detalles tan bellos como una nueva oportunidad. Vamos.

Esta vez tengo perdón, pero no por mucho tiempo. Alargar, magullar y manipular algo que ya se consolidó como tal es un pecado que se paga con lágrimas. Si le doy diez minutos más a esta historia, que ya huele a perro muerto (sin exagerar), estaré condenado a la obsesión durante un buen tiempo, mil noches, cienmil estrellas más.

Entonces...

Viviré en su recuerdo: puedo ser un completo desconocido para el mundo, me da igual, pero si me dieran a elegir un refugio, quisiera su recuerdo. Me contentaré: por fin termino con esto. Me convenceré de que una cerveza helada es lo mismo que un whisky on the rocks: no me devolverán ni un segundo de su pelo. Dejaré de romper cosas cuando te recuerde (ahora lo sabes, madre, porque algunos aparatos andan dañados), sonreiré porque nos sienta mejor. Miraré a los ojos, dormiré de noche.

Hay tanto por hacer.

Y madre mía, el reloj se paró; tanto tiempo llevo en esto que el tiempo se cansó de esperar. Si tuviera que elegir, no cambiaría nada. Y yo que creía que no todos merecen una segunda oportunidad.