Hace mucho, inmerso en aquellas épocas antiguas en las cuales aún no se relativizaba hasta a la propia madre, se encontraba un proverbista árabe que en evidente estado de lucidez filosófico e intelectual, pronunció "No llores porque se ha escondido el sol, pues las lágrimas no te permitirán admirar el fulgor de las estrellas". Bello. No obstante, tal personaje nunca sabría que muchos años después de su tan citada frase existiría una capital sudamericana llamada Lima, en la cual no se logra admirar al sol, y con mayor razón aún, ni el más mínimo rumor de una estrella apasionada.
Consecuentemente ya es de noche. Miro directamente hacia el suelo y puedo notar que he crecido. Es obvio, ya pasaron más de seis años desde la última vez que me concentré tanto en notar los detalles del piso. A medida que camino por una calle cercana a mi casa veo los carros pasar, la gente reir, los perros ladrar, mi paso se acelera como por proporcionalidad. Una llamada al celular, es mamá. Me habla del trabajo, de mi papá y hermano, y pregunta por el estado actual de mi casa y del jardín. Respondo nostálgico, se despide y retorno de vuelta a la vida común, cotidiana y real, al lado de personas que no entiendo y que mucho menos todavía, me comprenderán. Otra llamada, un amigo más. Me habla de la incomparable perdición vikinga que está gozando en este preciso momento. No necesito mucho criterio para percatarme de que anda borracho y tristemente drogado. Mientras lo escucho vociferar una canción en inglés por el auricular de mi teléfono celular, maldigo el momento en el cual él decidió fumar hierba junto a nuestro grupo de la universidad en vez de preocuparse por él mismo un poco más. Finalizo la llamada bruscamente y me pongo a llorar.
Cierro los ojos. Ya es tarde. He llegado al parque que se encuentra al frente de mi casa. Transitan dos parejas de enamorados, una de ellas llevan uniforme colegial. Ando perdido en la nubosidad rojinegra de mi mente, me implica concentración. Pienso en diez mil cosas a la vez y a menudo que decodifico uno a uno los factores que me abruman, admiro cada vez más a mis papás. Pienso en lo fácil que es elegir entre una caja de cervezas o un libro de Semiótica. Qué chauchilla resulta dilucidar entre dormir un día entero o despertarme e ir a trabajar. Qué sencillo representa elegir entre si ir a la universidad o comprar bolsas de caramelos y ofertarlas en los buses que ni sabes a donde van. Porque todo aquel que opta por fácil, tampoco sabe a donde mierda va.
Porque en Lima, la ciudad donde yo vivo, el cielo gris me deprime pero no significa más que un aliciente del poco interés que hay por lo que nos pueda pasar. Ese color incierto, tedioso, no es el culpable principal de nuestras depresiones y nostalgias. Porque sabemos mejor que nadie que los vicios sociales, la ignorancia y todas esas sandeces a las cuales accedemos tan gustosamente por agradar a un grupo de idiotas, son simplemente el reflejo de una inmadurez suplible. Porque nos dejamos arrastrar por la corriente y la mayoría, y sin esfuerzo mínimo, aceptamos lo que nos imponen sin contemplación. Porque nos autocensuramos, dejamos de cantar lo que nos dicta el corazón, dejamos de decir lo que creemos y sabemos que es justo, ya que nuestra idea traerá una reprimenda como consecuencia y es preferible preocuparnos por nuestro bienestar en el grupete social. Y todo esto es señal de que hemos perdido la brújula inicial, la sensibilidad por el prójimo, vivimos tan inmersos en nuestro mundo capital preocupadísimos de detalles banales y poco trascendentes, que nuestras familias juegan un rol íntimamente complementario y poco relevante.
Porque yo estudió en una universidad, tengo un plato de comida, un techo en el cual alojarme y una cama para descansar; memoro eso y deseo más. Pero me cuesta dejar de percatarme que en mi país hay personas que comen tierra y que lloran sangre. Qué voy a hacer, qué estoy dispuesto a dar, estoy edificando mi respuesta y ando seguro que puedo eso y mucho más. Esa misma pregunta, me encantaría hacérsela a todo aquel que se encuentra perdido en las tinieblas de una familia desunida, a un extraño que cree no tener suerte en el amor, a todo aquel adolescente que no encuentra la noción de su existir, no con el objetivo de encontrar una respuesta, sino con la motivación de rescatar a un engranaje social; todos tenemos aptitudes y quien está llamado a degustarlas es nuestra propia comunidad.
Abro los ojos. Estoy más que seguro que esto es un pensamiento utópico y desigual. Camino con tranquilidad a través de la gran vereda que me conduce a mi hogar. En mi casa me esperan libros, ropa por lavar y deseos de cambiar. Idealismo, izquierda, política, sueños y quién sabe si más.
Hace poco, un estudiante abordó una unidad de transporte público cualquiera en un lugar que él mismo no conocía. Decía querer vender galletas de chocolate, no por ser presidiario ni padre de familia, sino porque quería conocer la experiencia de pararse en el pasadizo de un bus en movimiento mientras sentía lo gratificante que es ganarse él mismo centavo a centavo una nueva realidad.
sábado, 24 de abril de 2010
miércoles, 7 de abril de 2010
Diez semanas, un camote
Decisiones de ésta vida que enfrentamos sin creer y sin querer; son acciones que, tarde o temprano, nos marginarán con furia si nos conllevan al fracaso, y que carecerán de mérito si nos dirigen al éxito.
Cerré la compuerta sin mayor complicación, sin saber (obviamente), que apurándome en hacer mis obligaciones, estaría evadiendo y provocando un cataclismo antihigiénico. Mamá me apuraba sin motivo, será por su histeria, será por mi mal humor, que no me precipité en razonar, en recordar, en simplemente memorar que un alimento no puede sobrellevar un periodo largo sin antes ser supervisado, revisar su caducidad era mi responsabilidad, y falté severamente ante mi deber.
Un camote excedente del delicioso cevichito de la tibia tarde dominguina, un tubérculo que sería sometido a una terrible metamorfosis de proporciones magníficas, fue el provocador del lamentable incidente casero. Puesto que no podía digerir un solo bocado más, decidí guarecer mi alimento hasta el momento en el que me provocace, en el lugar más lógico: mi refrigerador.
Muchos sucesos ocurrieron en el transcurso de tales diez semanas: el inicio de mis sesiones universitarias, la partida de mi familia hacia provincia, el fin del verano, sábados de diversión en Barranco, y un sin fin de acontecimientos que fueron pasando con la mayor normalidad, mientras yo sin notar, estúpidamente, que el camote de mi refrigerador ya podía tener cabeza, rostro, piernas y brazos, y podría estar lo suficientemente facultado para asaltar un banco.
Me increpaba la cantidad de mosquitos que acarreaban mi cocina con frecuencia, pero poco interés le di, puesto que encontraba más satisfactorio y útil preocuparme por los últimos resultados de la Champions League. Diez semanas, ni un día más, ni un día menos, y sorpresa que me llevé al abrir la compuerta de mi refrigerador, un millar de moscas y un centenar de larvas en proceso de desarrollo habían convertido mi electrodoméstico en su hogar. Mi sorpresa no culminó con el descubrimiento de tal atrosidad, muchos de los integrantes de ese hogar, moscas obviamente, no parecían estar en buenas condiciones físicas. Parecían estar algo empalagadas o indigestadas por tal camote en mal estado, carecían de gracia, y lejos de causar asco o repugnancia, tenían cierto halo de tristeza, Dios sabe por qué. Pude accesiorarme de que las larvas andaban en buen estado, y qué mejor que un camote de diez semanas de descomposición para alimentar a un ejército de invertebrados, que repito, en gran número carecían de gracia. Pensé veloz, contrariando mi actitud a lo largo del proceso: ¿Sería justo expatriar a esa multitud que ya había entablado cierta predominancia numérica en mi refrigerador? Y lo cierto era que no compartían el espacio con más alimentos, ya que hace más de dos meses que no compraba ningún perecible para ser guardado; he allí la magia contrariada de vivir en solitario y de comer insano.
Me mantengo al margen de lo que deba hacer, le tengo mucho temor a ese camote y a sus residentes por más que el territorio que ocupen sea de mi propiedad, legalmente hablando. Me encuentro seriamente afectado por hechos cómo este, que muestran mi ineficacia e irresponsabilidad por mantener bien salvaguardado mi hogar, el bien común familiar. Siento, en noches cómo esta, que efectivamente, no he madurado; y por cierto, escribir éstas líneas me han dado ideas geniales para con mis nuevos inquilinos, un buen destino será el techo de mi vecino o, mejor aún, les daré manzanilla caliente a las mosquitas, para ver si así se recuperan, y de paso yo, ingeriré manzanilla con racumín, para sentirme más vivo, por no decir, enfrentar el cobarde en el cual, tristemente, yo me he convertido.
Cerré la compuerta sin mayor complicación, sin saber (obviamente), que apurándome en hacer mis obligaciones, estaría evadiendo y provocando un cataclismo antihigiénico. Mamá me apuraba sin motivo, será por su histeria, será por mi mal humor, que no me precipité en razonar, en recordar, en simplemente memorar que un alimento no puede sobrellevar un periodo largo sin antes ser supervisado, revisar su caducidad era mi responsabilidad, y falté severamente ante mi deber.
Un camote excedente del delicioso cevichito de la tibia tarde dominguina, un tubérculo que sería sometido a una terrible metamorfosis de proporciones magníficas, fue el provocador del lamentable incidente casero. Puesto que no podía digerir un solo bocado más, decidí guarecer mi alimento hasta el momento en el que me provocace, en el lugar más lógico: mi refrigerador.
Muchos sucesos ocurrieron en el transcurso de tales diez semanas: el inicio de mis sesiones universitarias, la partida de mi familia hacia provincia, el fin del verano, sábados de diversión en Barranco, y un sin fin de acontecimientos que fueron pasando con la mayor normalidad, mientras yo sin notar, estúpidamente, que el camote de mi refrigerador ya podía tener cabeza, rostro, piernas y brazos, y podría estar lo suficientemente facultado para asaltar un banco.
Me increpaba la cantidad de mosquitos que acarreaban mi cocina con frecuencia, pero poco interés le di, puesto que encontraba más satisfactorio y útil preocuparme por los últimos resultados de la Champions League. Diez semanas, ni un día más, ni un día menos, y sorpresa que me llevé al abrir la compuerta de mi refrigerador, un millar de moscas y un centenar de larvas en proceso de desarrollo habían convertido mi electrodoméstico en su hogar. Mi sorpresa no culminó con el descubrimiento de tal atrosidad, muchos de los integrantes de ese hogar, moscas obviamente, no parecían estar en buenas condiciones físicas. Parecían estar algo empalagadas o indigestadas por tal camote en mal estado, carecían de gracia, y lejos de causar asco o repugnancia, tenían cierto halo de tristeza, Dios sabe por qué. Pude accesiorarme de que las larvas andaban en buen estado, y qué mejor que un camote de diez semanas de descomposición para alimentar a un ejército de invertebrados, que repito, en gran número carecían de gracia. Pensé veloz, contrariando mi actitud a lo largo del proceso: ¿Sería justo expatriar a esa multitud que ya había entablado cierta predominancia numérica en mi refrigerador? Y lo cierto era que no compartían el espacio con más alimentos, ya que hace más de dos meses que no compraba ningún perecible para ser guardado; he allí la magia contrariada de vivir en solitario y de comer insano.
Me mantengo al margen de lo que deba hacer, le tengo mucho temor a ese camote y a sus residentes por más que el territorio que ocupen sea de mi propiedad, legalmente hablando. Me encuentro seriamente afectado por hechos cómo este, que muestran mi ineficacia e irresponsabilidad por mantener bien salvaguardado mi hogar, el bien común familiar. Siento, en noches cómo esta, que efectivamente, no he madurado; y por cierto, escribir éstas líneas me han dado ideas geniales para con mis nuevos inquilinos, un buen destino será el techo de mi vecino o, mejor aún, les daré manzanilla caliente a las mosquitas, para ver si así se recuperan, y de paso yo, ingeriré manzanilla con racumín, para sentirme más vivo, por no decir, enfrentar el cobarde en el cual, tristemente, yo me he convertido.
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