domingo, 31 de enero de 2010

Hablando sobre las hormigas y el universo

Hablando sobre las hormigas y el universo te pregunté cada una de las cosas que se deberían saber.




Muy al margen de lo inverosímil y hasta irónico que puede significar una mentira piadosa en alguna situación cotidiana, me encantaría hoy, memorar todas las anécdotas no tan usuales de mi vida. Quiero tratar sobre el todo y nada, por más duro, nebuloso y complejo que parezca.


- ...
- ¿Qué ocurre, necesitas algo? Te has puesto a pensar en el buen clima que se está sintiendo y de lo hermoso que... (de lo hermoso que es estar enamorado)
- Roger, sabes que esto...Dijimos que intentaríamos pero, no da para...
- Pero, pero, no digas más, haremos lo que tú desees. Yo sólo quiero verte bien.

(Silencio incómodo, largamente pesumbroso) Y como quien desea romper el témpano que divide ambientes entre él y su "pareja", él dice:

- Eso significa que...Bueno, no hay problema, es una decisión la cual has tomado con meditación y lo único que quiero es...nada.
- Bien...
- Cuidate mucho
- Cuidate más


Y es que jamás pensé que la tarde mas bella podría convertirse en la decadencia de un ser humano que tenía mucho por dar. Un ser humano, si es que asi se lo puede llamar, que se degradó hasta el punto en el cual las personas que lo rodean únicamente podían sentir lástima por él. Y él. Y él, ¿Quién era "él"? Pues no era nadie sin "ella", nadie. Sin embargo no hay mal que dure cien años, solo noventa y nueve. Hoy escribo y describo por primera vez, los orígenes de los rasgos que hoy me caracterizan. Ese "él" ahora soy yo. Nunca se me cruzó la idea de poder amar tanto a esa mujer. Y es que talvez las cosas no se dieron como quisimos, especialmente por mí, porque te hubiera podido dedicar cada canción, cada momento, cada mañana, tarde y noche de mi existencia. Talvez mis labios jamás te pudieron expresar lo mucho que te apreciaba, sin embargo, sí mis ojos. Es cierto, jamás te confesé que siento que aquellos cuatro días de relación fueron lo más feliz que había tenido hasta ese momento en la vida; nada se le comparaba, por más corto que haya sido el tiempo según la gente.


Así fue, ante el romanticismo, por más fugaz y breve que haya hecho mella en uno, nadie logra escapar de él. Y es que el amor suele ser ciego, ya sea porque no distingue los defectos y ensalza a un ser humano triste y caído en cualidades, o porque acepta incondicionalmente sin ninguna objeción. E incluso, podría hacer hincapié en su ceguera, porque el amor desconecta a la persona de todo sistema de medición humano, dejando entrever que nada en la vida importa más que ese momento mágico en el cual una sonrisa tímida, una mirada confundida, o un cotilleo extraño pueden llevar a uno hasta el edén (sin prever que regresaría sin paracaídas).


Y Así fue. Como dije borracho ayer, el primer cocacho suele ser el más doloroso y siempre deja huella, uno no lo olvida aunque así lo quiera porque el resto ni se siente y poco a poco se amengúa el pánico. Creo que con el pasar del tiempo pude darme cuenta que uno le importa poco o casi nada al resto de personas, y obviamente, no hay razones aparentes por las cuales la gente deba velar o tener consideración con uno. Es más, uno llega prácticamente solo al mundo, y tan prácticamente como al principio, también se va. Incluso hay veces que me increpo que tan corto es nuestro paso por la vida , y a la par, suelo también acotar que nos preocupamos mucho por estudiar, trabajar, (permítanme que me ría) hasta nos preocupamos por preocuparnos. Es cierto, depende mucho de cada una de las personas, sus personalidades y su temperamento en ese preciso momento.


Hasta siempre, gracias por estar alli. Desde que terminaste conmigo muchas cosas han cambiado. Pensar que un día te dije al oído: jamás cambiaré. Pero ya no tengo la costumbre de seguir ideas radicales. Si tan sólo me vieras hoy. Te sorprenderías de lo poco que me importa lo que dice el resto. Te sorprenderías también al ver mis metas tan divergentes y diferenciadas en todo aspecto. ¿Mi mirada? Fue lo que más cambio. Aunque, te recuerdo, que siempre querré reemplazar atardeceres por amanecer. Espero que a menudo no te consultes que tan distinto hubiera sido si continuábamos en lo mismo, pues quién sabe, podría habernos ido mejor. Espero que algún día tengas la misma valentía, tanto como para criticar, como también para ser protagonista y dar rienda suelta a tus sueños, pocos, pero presentes. Si te infiero nunca salir, te estaría pidiendo un imposible, pues quisiera que logres evolucionar en todo ámbito. No pelées con tu madre, puesto que nadie pondrá las manos al fuego como ella por ti. Aventúrate a apagar el computador, salir al mundo y espero que no te encuentres con el alma perdida que murió una tarde, sería triste añorar tiempos que jamás volverán. ¿Que si te quise? Si lo hice. Será, de hoy para adelante, muy difícil ubicar a una persona que llene el lugar que dejas, pero ten por seguro que nunca la hallaré, eres irremplazable, como un padre, madre o hermano. No me arrepiento de las risas, los problemas, los chocolates, las tareas no hechas, las escapadas, las fiestas, los escándalos, las escenas y de todo lo demás, porque viví contigo lo que nadie podrá. Es más. Estoy orgulloso de haberte conocido y que tú, aunque tarde, también lo hicieras.


Porque hablando sobre las hormigas y el universo te conocí, te entregué mi corazón y me lo devolviste para mí. Porque mi corazón no valió nada justamente cuando aún era indescriptiblemente inocente y sincero. Pues para las personas vale más quien mejor queda y no quien se esfuerza. Porque nadie nace sabiendo, y mucho menos yo, que en aquellas tardes en la puerta de tu casa, perdería lo único que me importaba, tú. Porque nadie nace sabiendo, y mucho menos yo, que en aquellas tardes debería conocer por primera vez el seco y grotezco rostro del dolor.













.

miércoles, 13 de enero de 2010

Cuando palabras sobran y entendimiento basta

Me encantaría tener una lámpara académica, esas que utilizan los aplicados y los científicos en noche frías, como esta. Hace poco el reloj de pared marcó la medianoche y recordé, con cierta amargura, que la pila estaba fallando. Me encuentro solo en la cocina. El mantel que puso mamá en la tarde estaba manchado de chicha en uno de los extremos, cosa que no despertaba en mí ni repudio ni ganas de lavarlo; hay veces que llego a creer que me simpatiza mucho la simplicidad, o la ociocidad. Predí la radio y traté de localizar la estación juvenil del momento, sin embargo, me vi mermado ya que la música que transmitían en ese momento está de moda, y a mí no me gusta la moda. Si radicalizaba mis decisiones, apagaba la radio y continuaba en mi letargo, pero opté por llevar la señal a una estación de música del recuerdo. Debo admitir que mis gustos musicales son extremadamente variados, puedo escuchar melodías sufridas que sólo los románticos empedernidos soportan, así como cantar un reguee, o tocar, con mi guitarra imaginaria, el bajo de una canción de los Cadillacs. Tuve una discusión con el viejo cuando me pidió revisar el trabajo que me suplicó elaborar la tarde entera. Él iría con mi mamá a una reunión critiana de esas que no soporto. Él, con poca afinidad y tacto en trato y formas, me increpó la baja resolución de una de las imágenes al tríptico. En mi cabeza no cupia el hecho de que yo hiciese tanto esfuerzo por ganarme su aprecio (cosa que sólo podía hacer cada mes, durante dos días) y él no lo valorara. Yo, con escaza paciencia, resolví responderle que cuando quisiera agradecerme por el trabajo hecho, me busque en la sala. Mi rostro se mostró encandescente como cuando uno se enfrenta a situaciones embarazosas o ciertamente, inhóspitas. Me levanté de la silla en la cual estuve sentado, durante más de siete horas haciendo lo que me solicitó. Mi mamá, que expectó el espectáculo con sumo cuidado, quiso minimizar mi actitud, o la de mi padre; en realidad, ya ni sé de quien.

-Yo, tanto como tú papá, hemos aguantado rabietas durante diecisiete años; ¿no podrías explicarle cómo puede hacer la chambita él mismo? Recuerda tu universidad...

Eso fue suficiente. Me dolió mucho. Me enojé de manera inusitada porque, aunque lo negara y quisiera refutarlo, ambas proposiciones eran verdad; estaba en razón cierta, y para mí, en ese momento, eso era totalmente adverso; no lo pude soportar. Me tendió la mano sobre mi hombro derecho, el más tenso y únicamente atiné a retirarla violentamente. Pude notar, durante segundos limitados y tan breves como un pestañeo, la escena tal y como la vería un testigo. Como para no mitigar mi malestar, noté los ojos tristes de mi madre, dulces y perdidos, como de aquel que teme perder algo muy importante, invaluable. Salí del cuarto paternal directamente al baño como de costumbre. Desde niño tuve una cualidad especial que siempre me distinguió de otros niños, siempre atinaba a evaluar mi conducta después de una discusión. Al parecer, perdí el tino y regresioné a una etapa de niño sin compasión, o sólo era la adolescencia. En ese momento, pensaba únicamente, en el por qué mi papá tuvo la discapacidad de notar mi rostro cansado y mi paciencia colmada. Entonces, ante las inexistentes objeciones paternales me consolé arremetiendo contra Dios. Me miré al espejo, con rabia contenida, mordiéndome los labios al punto de lacerarlos, le reclamé a Dios mi altura (insignificante detalle que había significado haberme quedado relegado para un concierto hace dos semanas antes), mi rostro víctima de acné, el dolor intenso de mis meniscos sin tratamiento (lo cual me impedía realizar ejercicios continuamente durante más quince minutos), la ausencia de una persona de confianza a la cual poderle hablar y contarle que la semana pasada tuve que pelear con un cobrador de transporte público por una tarifa injusta, decisión que culminó cuando el prominente tipo me empujó del vehículo cuatro cuadras antes de llegar a mi destino; y en realidad, eso era lo que más necesitaba, siempre quise un hermano mayor, y yo terminé siéndolo, en realidad, siempre lo fui. Continuaba vociferando que la navidad me parecía una celebración estúpida donde el gran común de la gente sólo piensa en consolidar sus deseos, acordándose de Jesús, una vez al año, durante dos minutos y por beneficios empíricos. Blasfemaba y continuaba, no me callé nada, ni si quiera cuando recordé que un indescriptible dolor interno apresaba mi corazón en ese momento, hice memoria e hincapié en que hay heridas que no sanan y que hay veces que sentimos que no lo curarán jamás…


-Hijo, regálame sólo un minuto.
-Ni un minuto, no quiero nada de ti, mamá.

Mi cabeza daba vueltas. Mis lágrimas desencajaban mi semblante y me daba una apariencia de perdido. No sé qué me impulso para abrir la puerta. Cuando lo hice, ella se abalanzó a mi pecho y a gran velocidad (para que no huyera) dijo:

- La vida finge darnos tiempo para enojarnos y para reclamar por lo que creémos justo y fuera de lugar, pero a la vez, te recuerdo que nos da la oportunidad de reflexionar y de dar la cara ante lo desconocido, afrontar mounstros, reir con un chiste cotidiano, o agradecer por estar aquí, justo en ese instante y momento mirándola yo a ella, y ella a mí; yo, a la mujer que muchas veces desencadenaba grandes torrentes de ira por mis venas, y ella, al pequeño niño con el que soñó cuando solamente era una adolescente, aquel hijo suyo que se esforzaba por parecer frío, pero que no podía eliminar de su rostro la mirada tierna de un niño.

Es cuando escribió en la pared utilizando un lapicero que encontró al alcance: "Soy Bueno, siempre trato de ser el mejor, podré con mi mal humor, Roger"

Seguido de tal inscripción, fue cuando colocó una última frase, la cual hizo mella en lo más profundo de mi ser: "Dios me ama, y yo te amo".

-Mami, no te vayas nunca.
-Pero algún día lo tendré que hacer, es más, lo haría con gusto en este momento, pude hacer lo que nunca hizo mamá, mirar hacia al frente.

De pronto, el abrazo prolongado, se transformó en una respuesta. No necesitaba ser más alto, tengo piernas para caminar. Tengo acné, pero aún así puedo levantar mi rostro y sobresalir ante los demás. Mis rodillas gritan, pero puedo consolarlas con descanso. No necesitaba un hermano mayor, con el menor basta, sobra, y nadie me hizo más feliz jamás. No lo tengo todo, pero hace minutos, creí que no tenía nada.

-Mari, ¿por qué sueles ser tan dura con nosotros?
-Eso no te lo respondo hoy porque es algo que tú mismo debes notar. Si no quisiera que crecieras como persona, te facilitaría la vida y llegarías a un punto en el cual necesitarías la existencia de alguien sólo para la resolución de tus problemas, y tú te separaste de mí hace diecisiete años para ser mejor que yo.
-Aún no saco mi título, es más, no pude...
-No me refiero a eso, yo estaré consolidada como madre cuando sepa que tú estarás bien sin la presencia de tu papá, o de mí, porque considero que esa es mi misión, y mi razón de ser.
-Me siento culpable, derrochas tanto esfuerzo que dejas de lado tus sueños...
-Mis sueños siguen allí, intactos. Te aseguro que los voy a alcanzar...
-Gracias mamá...
-Gracias a ti...

-Ahora explícame porque no puedo lamerme el codo...
-Ahora tú explícame porque no te dejas de cojudeces, vas al cuarto y ayudas a papá...

(Risas...)